Reciclar

Yakarta, 12 de mayo

Hace días. Pido una especie de sopa. Esta muy caliente, sobrenadan largos fideos en la superficie; le meto el tenedor, saco algo sólido de aspecto indefinible, duro, le hinco el diente: ¿un hueso?; lo dejo en el borde del plato picado un poco por la curiosidad. Vuelvo a meter el tenedor, pruebo los espaguetis, bueno, pasable... Hurgo por el fondo del tazón: todo restos de pollos a los que le falta la carne. Sí, no cabe la menor duda, han hecho la sopa con los restos de la comida que dejan otros comensales después de zamparse la carne. Obvio: ¿por qué tirar todos esos huesos con sus cachitos de carne a la basura? Mejor reciclarlo. Se me quitó instantáneamente el apetito. Mientras medito con el plato de sopa bajo mis narices, se acerca el chico que me ha servido aquel ágape y levantando expresivamente el dedo pulgar, dice: ¡good! Sí, que venga Dios y lo vea.

Un día andábamos por una ciudad alemana con una bolsa de basura dentro del coche buscando un contenedor, y la verdad es que no había manera de encontrarlo... y aquello olía ya. Al final vimos unos cubos altos y negros al otro lado de calle. Paré el coche, cogí la bolsa, crucé la calle y abrí el cubo: estaba lleno de periódicos; los civilizados alemanes (recordemos Birkenau-Auschwitz no más) ya reciclaban desde tiempo atrás, hacían jabón con los cadáveres de los judios, telas con el cabello... todavía grita la tierra cuando uno atraviesa Polonia para visitar la memoria de aquellos hechos. En nuestro caso de entonces la eficiencia alemana no debía contemplar el caso de unos viajeros con necesidad de deshacerse de la basura. El caso es que paré a un alemán de Alemania para preguntarle y éste como respuesta me miró como desde lo alto de una torre y se encogió de hombros. Como no íbamos a cargar con la basura hasta llegar a la Junquera abrí el cubo alto y negro y coloqué delicadamente la bolsa sobre los periódicos. ¡Joder, qué mirada me echó el alemán! Igualito que si hubiera visto un neanthertal por la calle; salvaje, incivilizado decía el descendiente de aquellos años de gloria germana que asolaron el mundo con millones de muertos. Eran tiempos aquellos en que Els Joglars ponían en escena la obra Ya semos europeos, parodiando nuestra idiosincrasia y nuestra lenta aproximación a sociedades como la germana, recicladora ejemplar hasta sus últimas consecuencias de los años cuarenta, de jabón, aceite y productos de cosmética.
Está bien eso de reciclar, sin embargo hay acontecimientos que no teniendo quizás que ver entre sí, cuando se producen juntos pueden ser indicativos de hasta dónde se manipulan los hechos y las ideas, cómo los argumentos que sirven para avalar el reciclado se meten bajo la mesa cuando tenemos enfrente una guerra tan injusta como la Irak . Un ejemplo; recuerdo muy vivamente cómo en los momentos más críticos de los ataques que se llevaban a cabo contra el pueblo de Irak, las calles de Madrid, la prensa, la televisión se usaban para hacer una campaña masiva en pro de esa cosa tan lógica y civilizada como es el reciclado. Uno oía reiterativamente los argumentos que se usaban para convencer al ciudadano de la necesidad de separar los residuos y a continuación, uno al lado de lo otro, contemplaba atónito en el mismo medio de comunicación cómo ese gobierno tan cuidadoso con sus recursos, tan precavido, apoyaba la destrucción masiva de un pueblo, sus viviendas, su infraestructura, sus recursos; naturalmente con la finalidad de controlar los precios energéticos y mantener un nivel de vida conveniente en Occidente, aunque sea pasando por encima de los cadáveres de otros pueblos. Hay que reciclar pero si se trata del vecino usted puede impunemente destruir cuanto crea conveniente; sus campos, sus ciudades, sus recursos, sus vidas.

Que sí, que está bien eso de reciclar; pero que cabría que ser más coherentes, ¿no?, que no pasa nada porque un día una bolsa de basura se mezcle con los periódicos; que hay que reciclar, pero si lo que está usted provocando son miles de muertos un poco más allá del Mediterráneo, guárdese usted la campaña para otro momento... al menos así no se les verá tanto sus intenciones reales, su indignidad, su inmoralidad; que hay que reciclar, pero, por favor, que no hagan la sopa con el restos de las comidas de otros comensales. Me ahorro el comentario relacionado con los campos de exterminio, en cuyas instalaciones actuales se muestra hasta donde puede llegar la degeneración humana cuando se trata de reciclar.

Experimentar el mundo

Yakarta, 11 de mayo


Advierto que hoy hablo de algunos temas para los que me hubiera gustado esta mejor preparado; pero quizás sea algo que también haya que experimentar, entre otras cosas porque tanto el tiempo como la inteligencia son limitados, y es necesario hablar desde la limitación si es que queremos seguir expresándonos y no vivir como convidados de piedra. Tengo que decir que me deslumbra un tanto José Antonio Marina, aunque sólo en lo que concierne a la cantidad de datos que maneja y a su capacidad de analizarlos y sacar conclusiones “válidas”, no en relación a la experiencia, a un conocimiento que nace de la confrontación con la realidad y su experimentación. Es decir no bastaría razonar sobre la realidad y tener a mano la referencia de otros estudiosos. Cuando Marina usa con especial desenvoltura y abundancia una jerga especializada, creo que es así en algún momento, pienso que su trabajo es productivo, útil, pero encuentro que sobra tanto aval, que existen problemas de traducción en lo que se refiere a la realidad, a un acceso a esa realidad más del lado de la vivencia propiamente dicha, de la cotidianidad de las personas “de carne y hueso”.

La complejidad de los asuntos imponen la necesidad de un lenguaje cada vez más especializado, y ello a la larga aleja el discurso de la propia realidad que pretende analizar, al menos para el no especialista. Creo que es un mal general, y la posibilidad de encontrar autores capaces de acceder a un público general no es grande. El libro que leo aparece densamente subrayado en algunas partes e interrogativamente limpio en otras. Y creo que ello tiene que ver con el esfuerzo que hace el autor o no de traducción a un lenguaje no especialista de la realidad sobre la que pretende escribir.

El asunto puede no afectar al contenido pero sí creo que distancia respecto a su función práctica, a la utilidad que puede sacar el lector de su lectura. Quizás lo que esté pidiendo sea una mejor accesibilidad a contenidos que nos pueden ayudar a interpretar mejor la realidad y a identificar los pensamientos defectuosos que hemos heredado del pasado. Un ejemplo es la cita de ayer de Kant en relación a la mujer que imagino siendo producto de las concepciones de una época (siempre cambiantes) y por tanto mediatizadas por el entorno social y cultural de tal manera de movernos a preguntarnos no sobre la relación que tenía Kant con la concepción del mundo, sino la relación que tenía él con su propio mundo personal, con sus pulsiones particulares, con su intimidad. El laboratorio en donde trabaja Kant obviamente condicionaba sus apreciaciones; en este caso concreto, sobre la mujer, que es claro que no es un adorno del hombre y sí capaz de tener los mismos principio que éste.

Creo que es conveniente poner en tela de juicio la tradición, porque en general la tradición tienden a la supervivencia de lo social asentada sobre los valores establecidos, valores que se deben tamizar porque entre otras cosas son las herramientas de poder de que se vale una parte de la sociedad para imponer a la otra sus propias conveniencias y puntos de vista. Si las mujeres hubieran hecho caso a Kant hoy su labor principal consistiría en hacer calceta y servir de adorno a la vida de sus maridos. Probablemente Kant hacía una vida acorde con la filosofía que expresaba. Un hombre que parece que no se movió de su ciudad natal durante toda su vida... Basta, creo que es suficiente introducción.

Me despertaron las voces de otros viajeros al fondo del pasillo, y ya no me pude volver a dormir. Me había acostado muy tarde anoche. Había salido a cenar algo y después volví de nuevo a la calle para buscar el postre, un helado o algo así. En uno de los establecimientos, una mujer joven, algo regordeta, de mirada vivaz y con una agradable sonrisa en el rostro, no muy guapa aunque sí atractiva, se ofreció a acompañarme al lugar apropiado. Terminamos sentándonos en una terraza a tomar un té frío con limón. Hablamos dos horas largas hasta que cerraron el establecimiento. Lo que me contaba tanto podía ser verdad como no, pero me encontraba bien. Le empezó a entrar la curiosidad cuando me preguntó por algunos detalles de mi vida familiar, y tirando por ahí terminé contándole algunas cosas. Era agradable la noche y podía hablarse interminablemente en el fresco ambiente que había dejado el acostumbrado diluvio de la tarde. Debió entender en seguida que mis prejuicios no eran muchos y entonces con una sonrisa encantadora no exenta de timidez me propuso que aliviáramos esa noche en su casa juntos nuestra mutua soledad. Confieso que la idea era atractiva y que se me calentó el cuerpo lo suficiente como para haber accedido a su propuesta, pero... mi sistema de alarma estaba encendido ya desde hacía tiempo. Cuando caigo en una gran ciudad me gusta recalar en las zonas bohemias, lugares en los que en los que la actividad no tiene hora de sueño, chiringuitos, cafés, discos, la música siempre en el aire; también los lugares más inseguros donde siempre hay que andar ojo avizor, pero donde se pueden tener con mayor probabilidad encuentros con otra gente. Tuve que decir amablemente que no, y explicarle además las razones. No, no pasa nada, dijo. Cuando cerraron, anduvimos todavía un rato juntos; nos despedimos en la bocacalle de mi hotel. Good night.

El otro día en uno de mis correos utilizaba la expresión “experimentar el mundo”; me refería a las posibilidades de experimentarse uno a sí mismo, a experimentar con la realidad y sus componentes; abogaba por prescindir de las ataduras que los condicionamientos del área cultural imponen y defendía la necesidad de bucear en nuestro interior a la búsqueda de esas parcelas propias todavía sin descubrir entre otras cosas porque viven mediatizadas por una profundidad marina a donde es difícil que llegue la luz, porque una parte importante de nuestro ser vive colapsado por concepciones asiomáticas heredadas de las que es difícil deshacerse. Y es que cada vez tengo más la impresión de que sabemos poco de ese mundo nuestro personal, pese a tantos libros, a tanta filosofía. Experimentarnos a nosotros mismos y a nuestros cuerpos. La educación, el ámbito cultural en que vivimos limita el campo de nuestra experimentación, es decir, ver hasta dónde podemos llegar, qué parajes visitar, cómo comportarnos aquí o allá, comprobar cómo nuestra creatividad se diversifica y entra a explorar y poner en cuestión entre otros el campo de la moral, al que tan fuertemente se encuentra constreñida nuestra conciencia.

Cito a Marina: “¿Entonces el hombre no es lo que es? Según y cómo. Somos nuestras propiedades reales y el impredecible despliegue de nuestras posibilidades” Y continúa: “Conjugar la realidad y la posibilidad es el gran arte de la invención”. Si esto no fuera así viviríamos todavía en el Paleolítico.

Experimentar el mundo. Desde hace casi un año gozo la dicha de no tener que acudir a ninguna oficina o colegio cada día. Antes acostumbraba a saltar temprano de la cama y dedicar media hora a correr por los alrededores de mi casa; pero desde que me liberé saltar inmediatamente de la cama es algo que cada día se me hace más difícil, y no se trata precisamente de indolencia o algo parecido; simplemente sucede que las primeras horas de la mañana, mientras me decido a levantarme o no, en general son las horas más productivas del día esté donde esté. Y quizás ahora viajando incluso más, porque cuando abro los ojos tengo que hacer un cierto ejercicio de tomar tierra, dado que cada día duermo en un lugar diferente, una ciudad, una isla, una selva, un barco; lo que por una razón u otra estimula mi percepción y la pone en conexión con realidades diferentes, que a su vez se traduce en un deseo de interpelar la realidad, analizarla, hablar con los elementos que la componen; cuando no yazgo simplemente contemplando la vida, eso que en Oriente llaman meditar. Hoy, por ejemplo, en este espacio de tiempo que media entre el despertarme y el momento del aseo, decidí que echaba de menos la India y que no podía volver a Madrid sin pasar allí una temporada, con lo cual acorto mi viaje hacia el este y en vez de visitar las Célebes (Sulawesi), las Molucas y Nueva Guinea, llegaré hasta el extremo de la isla de Java y desde allí volveré a la península de Malaca, para llegar a Bangkok y volar después a Sri Lanka y a la India; después tuve un bellísimo encuentro conmigo mismo; más tarde empecé una carta cuyo destino es la localidad de Parla, y a continuación empecé a darle vueltas a estas líneas a raíz de la lectura de la tarde anterior y de mi encuentro de la noche última. De manera que es la una del mediodía y todavía no me he levantado; ni siquiera he tenido tiempo de tomarme el café con leche y las pastas que me esperan sobre la mesilla de noche; que tendrán que esperar hasta que termine por lo menos estas líneas.

Experimentar el mundo y la realidad. Es muy corta nuestra vida para que tengamos que vivir bajo la tutela de un reglamento de régimen interno. ¿Cómo vamos a saber de nuestras posibilidades personales si no las experimentamos? “Cada oficio, cada estado, cada actividad tiene su perfección correspondiente. ¿No podría ser que la vida del hombre tuviera su correspondiente perfección” en el hecho de realizar lo que su inteligencia, su intuición, sus ganas de vivir van diseñando?


Mi prima la taxista

Yakarta, 10 de mayo

He tenido que litigar con tantos taxistas en este mes y medio que va de viaje que por fuerza en algún momento tenía que acordarme de mi prima Carmen, de profesión naturalmente taxista. Una prima marchosa que tengo, que un buen día, cuando el gremio del taxi era todavía exclusividad de los varones, decidió que a ella lo que le gustaba era parlotear con la gente y llevar a los pasajeros de una punta de Madrid a otra. Me acuerdo de ella de vez en cuando, uno de estos días atrás, por ejemplo, que llegué a una ciudad casi de madrugada y una taxista-motera me solucionó la dormida llevándome de un lado a otro de la ciudad, cinco o seis hoteles, hasta dar con algo que se adecuaba a mi presupuesto y expectativas. No hablaba inglés, pero esta mujer se habría entendido con un extraterrestre, y es que tenía una pinta de avispada, una mirada tan inteligente y decidida, que en otras condiciones seguro que no me habría importado hacerme a la idea de un romance. Una mujer madura de pelo suelto y mirada dura a la que vez servicial, que destacaba en un mundo de velos en donde quizás nuestra educación occidental se mueve como envarada por la distancia cultural.
¿Sabes lo que pasa, Carmen?, que algunos hombres todavía somos un poco paletos, y aun gustándonos las mujeres a rabiar miramos a esta parte secuestrada de la humanidad en países islámicos como si fueran tapú (con p, un concepto que desarrollaba Stevenson y del que hablaba aquí hace algunas semanas, y que no se corresponde con exactitud a nuestro tabú. Un tapú puede imponerse, decretarse, lo establece el que tiene poder para ello, y los otros tienen que respetarlo; no es como el tabú que vive enquistado en el cerebro, nos oprime, nos esclaviza desde dentro, incapacitándonos para ejercer nuestra libertad); en cualquier parte del mundo puedo acercarme a una mujer y pedirla permiso para hacerla una foto, pero nunca se me ocurrió pedírselo a una mujer cuyo rostro ovalado asomara por el borde de su atavío islámico, de su shador. Quizás aprendí a tener cuidado hace unos años cuando en un mercado del desierto argelino hice una foto a un grupo de mujeres y casi tuve que poner los pies en polvorosa porque me querían comer vivo. Si ya las mujeres imponen en principio cierta distancia a algunos hombres (y no voy a volver a hablar por supuesto de la timidez), con más razón se da cuando éstas miran a través de su cuerpo escamoteado a la curiosidad de los varones. Mirar a estas mujeres es como entrar en una mezquita o en un templo budista, hay que quitarse las sandalias y adoptar una actitud de conveniente seriedad y respeto. Allá donde fueres haz lo que vieres, dice el refrán; las mujeres ni mirarlas, como me decían los curas de niño en los Salesianos (¿te acuerdas, Carmen, cómo os aleccionaba yo de pequeño, a ti y a mi hermana, sobre la monjil moral que nos enseñaban entonces a golpe de misas y viacrucis?); ni mirarlas, no vayamos a caer en malas tentaciones. Y que luego pueden suceder, por demás, cosas muy curiosas, como las que ocurrían bajo el balcón de nuestro hotel en una concurrida plaza de Rawalpindi hace años. En dos semanas de viajar por el norte de Pakistán podríamos haber contado con los dedos de las manos las mujeres que vimos; quizás por ello, en aquella plaza y en las calles de Rawalpindi nos llamaba tanto la atención cruzarnos con tantos hombres que caminaba agarrados de la manos o se hacían suaves caricias en la vía pública.
De todos modos hay matices, siempre hay matices para todo. Y de la mima manera que en España en una visita que hicimos a las Hurdes en el año setenta y tantos, nos apedrearon cuando entramos en El Gasco (brutos de los tiempos de la Edad de la Piedra, como en la película de Buñuel conviviendo con la modernidad más avanzada), aquí puede suceder algo parecido; y de hecho hay no menos de medio siglo de diferencia entre los pueblecitos que rodean Pekanburu, la primera localidad de Sumatra que visité, y la moderna Yakarta, en una de cuyas terrazas escribo esta noche mientras oigo la misma música que podía escuchar en cualquier discoteca de Madrid. De hecho en cualquier país pueden convivir representantes del Neanthertal con individuos de una refinada cultura; cuanto mayor es el índice de analfabetismo más fácil es encontrarse con taxistas que te quieren cobrar tres o cuatro veces la tarifa establecida, más fácil es que las mujeres permanezcan alejadas de puestos de responsabilidad, más complicado acceder a ellas, más difícil admirar lo que está hecho para ser contemplado y admirado (¿o no?).
De todos modos por mucho que se avance, el mundo islámico nunca será una panacea para la mujer. Cuando despegábamos hace años en el aeropuerto de Teherán, observamos un hecho significativo que ilustra algo la situación, despegar y que desaparecieran muchos de los shadores y los velos fue todo uno. Abandonada la tierra de la prohibición las mujeres se convertían en mujeres. Un largo camino todavía por recorrer el que necesita una parte importante del mundo, especialmente en esta parte del planeta, para que la mujer adquiera un status de igualdad con el hombre, aunque el que lleven la cabeza cubierta no sea ni mucho menos señal de esa desigualdad; y es que el hueso es duro de roer con los precedentes que lo avalan desde antiguo, empezando por San Pablo y siguiendo por una joya que encontré estos días entre mis lecturas y que pertenece ni más ni menos que a Kant. Dice así: “La virtud de la mujer es una virtud bella. La del sexo masculino debe ser una virtud noble. Las mujeres evitarán el mal no por injusto, sino por feo.” Y concluye: “Me parece difícil que el bello sexo sea capaz de principios.” Hasta Stevenson estimaba que la esposa de un misionero de la Polinesia debía ser primero de todo un bello adorno para el representante de la misión.
En fin, Carmen, ya sabes, que espero, como te decía en mi última carta, que si algún día de esto aparcas el taxi y quieres darte una vuelta con un servidor por la isla de Java, estás invitada. Podremos cambiar aquel paseo pendiente por la sierra de Guadarrama del pasado año por la ascensión a alguno de los volcanes de la zona, uno de ellos todavía vivito y coleando, con la lava saliéndole por las fauces como a un dragón.
Hasta otra. Un beso.

Alrededor del volcan

Bukittinggi, 8 de mayo


Tumbado a oscuras en la habitación del hotel, bajo la manta curiosamente, porque hace un buen rato descargó el aguacero habitual y dejó una agradable temperatura en el ambiente, miro transitar por la pared como en un calidoscopio las luces que el tráfico callejero proyectan sobre la ventana; las luces, proveniente de un concurrido cruce, se levantan despacio a través del alféizar, suben lentas por la pared como una salamanquesa, y cuando los vehículos giran, el área de luz, cruzado por el dibujo de los barrotes de la reja, da un brusco respingo, se eleva por la pared siguiente bajo la línea del techo, se desplaza con la suavidad de una bola de billar por la pared frontal y termina desapareciendo bruscamente en el diedro junto a la puerta; varían en intensidad, altura, rapidez; el semáforo próximo impone un cierto ritmo dentro de este juego. Debía de llevar un buen rato hipnotizado por el seguimiento de estos haces luces que se hacían y se deshacían en la oscuridad. Algo similar me sucede en invierno con el fuego de la chimenea; el tiempo pasa sin darme cuenta frente a las llamas que suben y bajan, y cuando quiero echar la mano al libro que esperaba su turno en una mesita lateral me encuentro que ya es la hora de dormir.
Antes de que se encendiera este juego calidoscópico sobre la oscura mesa de billar de mi habitación, estuve repasando el recorrido de hoy, que fue un largo viaje en moto por las aldeas de los alrededores hasta alcanzar el pintoresco y hermoso lago Maninjau, que ocupa la boca de un volcán cuyo perímetro sobrepasa los noventa kilómetros. A la vuelta la moto pinchó y preferí tomar uno de los muchos minibuses que hacen el recorrido entre el pueblo de Manijau y Bukittinggi; no le hizo gracia al conductor de la moto, que veía desaparecer así la propina, pero qué le vamos a hacer.
Y antes todavía pasé un largo tiempo considerando las desdichas a las que nos llevan con frecuencia las relaciones afectivas. El dolor que engendra, el desasosiego, el rastro amargo y acre que deja en el cuerpo. Me adormecí varias veces caminando sin rumbo fijo por estos parajes, pero me despertaba y de nuevo volvía a tener frente a mí el punzón sobre la carne. Es inútil intentar poner orden en estas cosas, pero sin embargo no cabe otra solución que seguir y seguir dándole vueltas, mirar a los ojos al problema, fijamente, no perder la oportunidad de bañarse en él. ¿Cómo voy a cortar el flujo de mis recuerdos, de mi dolor; sí, por qué he de huir del dolor, si es mío, si forma parte de mí, si soy yo? Hay asuntos a los que es difícil llegar a un acuerdo, y éste es uno de ellos. Cuando uno se sume en una estado de tristeza parece que lo procedente sea evitarla, huir, distraerse con otra cosa; y con el dolor, ese dolor que se desprende a veces del trato con las personas que queremos, sucede algo similar. Si estuviera discutiendo con mi amiga Raquel ya la tendríamos armada, me diría que me dejase de pamplinas y que tratara de ser feliz que es a lo que debemos tender. Y volveríamos a discutir interminablemente sobre la felicidad sin llegar a ponernos de acuerdo. Mi argumento favorito para defender el derecho a la vida de la tristeza y el dolor es que en esos estados con frecuencia nuestro organismo adquiere la calidad de una esponja, uno se siente vivo, se siente a sí mismo con una plasticidad, una profundidad que en otros estados más livianos no somos capaces de experimentar. Cuando la tristeza baña nuestro cuerpo, una delicada gama de matices y tonalidades acompañan la tarde, se intensifica nuestra percepción, se ahonda nuestro sentir, pasamos a formar parte de la lluvia y del suelo empapado, somos niebla, somos agua, somos el espíritu del bosque, la magia interpelativa de la noche. Si aquel emperador se bañaba en leche de burra, por qué no entender que uno también se puede bañar en el dolor y la tristeza.
La temporada más intensa que recuerdo de mi vida fueron los meses que precedieron a la muerte de mi madre, un cáncer cerebral que terminó con ella en unas pocas semanas. Y creo que es el caso de mis hijos y de mi pareja. No hablo de buscar el dolor, claro, sino de vivirlo; aprecio cuando oigo a Victoria decir que ella quiso sentir nacer a nuestros hijos, o cuando hablamos de la muerte y decimos que querríamos morirnos viendo, sintiendo cómo nos morimos. No son especulaciones, es la necesidad de vivir la que lleva a uno a expresar estas cosas, de la misma manera que cuando escalaba paredes de alta dificultad, cuando la vida llega a correr por ese cortante filo entre la vida y la muerte es cuando aquélla goza de la autoconciencia de su propia existencia intensa. El filósofo francés Edgar Morin cita a Hegel con unos párrafos hermosísimos, en un momento en que éste hace apología de una vida significativa y vibrante a través de su confrontación con los retos, con los peligros, con la cercanía de la muerte, todos aquellos instantes en que el individuo por una razón u otra se encuentra frente a sí en la plenitud del existir. Durante una época llegué a aprenderme alguno de memoria. No me pegaba aquel arranque de vitalismo en un escritor que uno imagina ceñudo y como perteneciente a un mundo de abstracciones en donde o me pierdo o no estoy preparado para afrontar.
Claro, que habría que definir qué sea eso de vivir intensamente. No todo el mundo está dispuesto a jugarse el tipo escalando montañas, ni todo el mundo tiene las mismas ideas sobre el bienestar o la felicidad, o siente que la necesidad de crear o realizar actividades empeñativas sea importante para su existencia. Hay quien dice ser feliz teniendo mucho dinero simplemente, gente que no necesita moverse de su pueblo, o aquellos que les basta ir reuniendo el dinero necesario para comprarse el coche, la casa y pagarse unas vacaciones de quince días en la costa. Nuestra capacidad para comprender es a veces limitada; a mí, por ejemplo, el otro día, en Johor Barhu, me fue imposible comprender que un hombre pueda prestar su cuerpo para que hagan las barbaridades que le hacían metiéndoles todos aquellos hierros en el cuerpo, por muchos dioses que haya alrededor, Shiva, Khrisna o quien sea. Me es imposible, y entonces me sale llamarles salvajes o hijos de la barbarie o la superstición. De la misma manera me es difícil comprender que haya que supeditar la vida a la seguridad, que ejerzamos continuamente de Gulliver en el país de los liliputiense, hipotecando día a día nuestros movimientos, nuestra libertad, nuestro tiempo con los múltiples y delgados hilos de las deudas o las obligaciones. Quizás sea una de las razones del viajar esa de tratar de comprender; cita José Antonio Marina a Habermas, para quien de los tres intereses fundamentales en el hombre, dominar y comprender la realidad es el fundamental.
Sin embargo, se tire por donde se tire en la interpretación de la realidad, como no hay vara de medir que se adecue a todo el mundo, ni verdad absoluta a la que echar mano, evidentemente todo lo que digamos será sólo un intento de aproximación a esas pequeñas verdades que a cada uno se le van revelando a lo largo de toda la vida, y que para unos es de una manera y para otros de otra. Quizás por ello, y mientras mi experiencia no me diga lo contrario, tenga que seguir apencando con esos tramos de dolor o tristeza que de vez en cuando me deparan los días. Kalil Gibram u Osho dirían de todos modos que alegría-tristeza, dolor-placer son extremos de la misma cosa. Y, además, después de todo bendita la acidia de Chopin que hizo posible su música o bienvenidos los malos días de Mozart que alumbraron el Requiem.Se hizo tarde, creo que es hora de darme una vuelta a ver si encuentro algo para cenar antes de irme a la cama. Tengo que madrugar, espero estar en Yakarta al mediodía.

Tiempo para quererse

Bukittingi (Sumatra, Indonesia), 7 de mayo

Tiempo para quererse, esponja bajo la lluvia, luna llena río arriba. El caso es que a veces de unas pocas palabras arranca un poema, pero no es el caso últimamente, que los versos son seres extraños que sólo aparecen cuando les da la vena; temporadas en que los versos sobrevuelan sobre la cabeza como mariposas prontas a convertirse en un ramo de palabras con que adornar la tarde, y a las que luego pueden seguir largos meses de ayuno en que las palabras se organizan de otra manera, ocasiones en que tienen necesidad de atravesar la pantalla del ordenador de punta a punta como un largo reguero de hormigas camino de un argumento, urgidas por las razones, necesitadas de alumbrar una idea o reforzar una ilusión a punto de perderse; no son ya esa elisión, o esas vagas y lábiles sensaciones que a mitad de renglón, como quien deja en suspenso algo y salta precipitadamente a otra cosa, busca el comienzo de otra línea, elige un color, somete a las palabras a encuentros y desencuentros, las organiza como si fueran elementos de un cuadro, escucha el sonido que sale de ellas, estudia su cadencia, su ritmo; trabajo a caballo entre la literatura, la pintura y la música y que cuando se resuelve deja en el cuerpo un suave aroma de plenitud y bienestar. Eso a los pobres diablos que de tanto en tanto les cabe la suerte de tener estos encuentros, que como tantas cosas no cabe encontrar buscando.
El trajín de andar de un lado para otro no siempre es situación idónea para recibir determinadas visitas, esos breves momento de gracia en que tras un prolongado descanso, un apacible dolce far niente, un esperar a que el cuerpo por sí mismo, aventurado por la tarde como un paseante sin propósitos encuentra sin quererlo un pedazo de ternura que echarse a la boca. Ternura propia, sujeto paciente y agente a la vez, autofagia; tener tiempo para quererse. Y que puede no ser otra cosa que gandulear por el universo de la propia autoconciencia, de la propia piel, mirar al techo, sentirse vivo, asociar la música que entra por la ventana con la música interior de uno: música de Vivaldi, festiva, alegre; ritmos de Bocherini, algún pasaje de Mi patria sobre el río Moldava de Smetana; y junto a ello el pedorreo de las motocicletas esperando a que el semáforo próximo cambie a verde.
No siempre, por ello hay que pararse lo suficiente, que se enfríe el motor, que dé tiempo a mirar hacia los lados, a deambular por el mercado, a posar la vista sobre el óvalo de las caras de las mozas dibujadas bajo sus velos; a recordar rostros, nubes, arrozales o los ojos pasmados de un niño que fotografié ayer. Después de ese tipo de espera es cuando en ocasiones nace la poesía, el placer del propio encuentro, el descubrimiento de que con nosotros viaja ese otro individuo a través de cuyos ojos miramos el mundo. Hay a veces un estar solos que es a la vez un descubrimiento y una grata compañía. Me llegó hace días una carta de una mujer que accidentalmente se había tropezado con mi blog y que hablaba precisamente de estas cosas, de esas sensaciones que sólo, decía ella, quienes saben estar solos pueden padecer y disfrutar. Era significativo que su afirmación incluyera el verbo padecer. Il n’y a pas rose sin epines.
Tarde avanzada en una habitación con una amplia ventana que da a la calle principal de Bukittingi. Hace unos momentos, entre el ruido ensordecedor del tráfico comenzó a oírse la voz del mohacín salmodiando su plegaria de la tarde, uno de los cuatro o cinco momentos del día en que el mundo islámico entona sus oraciones mirando a la Meca. Junto al ruido de coches y bocinas se escucha el alegre cascabeleo de los caballos, una especie de landó muy popular en la ciudad que haces las veces del taxi. El agradable ritmo de los cascos sube hasta mi ventana.
Tiempo para hacer versos y tiempo para quererse, tiempo para contemplar la luna río arriba con el runrún de los motores atravesando la selva. También para hacer música y escucharla. Tiempo.
En dos correos de hoy, de mis hijos, aparecía la palabra te quiero, os quiero. Tiempo para quererse uno a sí mismo y tiempo para quererse tú y yo, nosotros, todos, incluida mi exnovia, perdida ya entre riscos y nieblas otoñales. Muchas veces me tuve que disculpar por ser tan parco en mis expresiones de afecto. Hubo momentos en la vida, incluso, en que lo demoré tanto que cuando quise hacerlo ya no era posible subsanar la omisión, la lluvia mojaba bajo la tierra los restos de la persona querida. Y es que sucede, además, que muchas veces no sabemos lo que queremos a alguien hasta que deja de estar a nuestro lado. De todos modos a mi me admira la facilidad con que mis hijos (no sólo mis hijos, claro), utilizan esta palabra, y que con tanto gusto veo aparecer al final de los correos. Hoy, tras la comida, pude recuperar uno de esos momentos que en mi cabaña, en el prolongado balanceo de la hamaca, terminan convirtiéndose en instantes de gracia, aunque no de versos hoy, aunque bien que lo intenté. En algún instante de mi prolongado ocio intuí que, como hago de tarde en tarde, debería decir lo que siento pero no suelo decir.
Desde aquí, desde esta lejana tierra a las que las lecturas infantiles de los libros de Salgari me han traído, lo digo ahora: os quiero.