Ventanas

Taman Najara National Park, 26 de mayo

Mi habitación tiene un gran ventanal que da efectivamente a la selva; y en la pared de la derecha una ventana más reducida que se asoma al río que nos separa del parque. Me desperté y no tardé en darme cuenta de que hoy iba a ser uno de esos días en que es necesario pararse del todo. ¡Cuánto echo de menos esos días, esas horas, en que, resistiendo la inercia de salir corriendo para ver mundo me quedo quieto, despatarrao sobre la cama contemplando el tránsito de las nubes! Ver el movimiento de las nubes, mirar lo que tenga la gracia de atravesar frente a mi esa mañana; pensamientos livianos, recuerdos como hortalizas brotando en la perezosa calina matinal de la hora; nada que hacer, mirar el balanceo de las elegantes ramas de las palmeras que crecen frente a mi ventana. Una ventana, no muy diferente a aquella junto a la que suelo despertarme en mi casa, siempre el campo tendido frente a ella, más allá de los árboles, la superficie dorada en esta época de la cebada, quizás balanceándose como las olas del mar con la brisa mañanera. Ventanas para ver y mirar, ventanas para contemplar la vida y los pájaros, un poco antes de venirme un petirrojo que venía cada mañana a darme los buenos días y a agradecerme el pienso que yo ponía en un platito para él; ventanas, una realidad y una metáfora; ese cuento de Tagore en donde un niño pasa sus días asomado a ella, esa por la que mira un viejo de muchos años las aguas del río que van a la mar, esa por la que desde el tren vemos transcurrir los arrozales o desfilar la tormenta de brillantes relámpagos; el otro día, desde el avión, la pequeñez del hombre allá abajo, hoy, lo grande de nuestro espacio vital, la maravillosa complejidad de un ser vivo pensante, el excelente panorama que esta complejidad pone frente a nuestras expectativas y nuestro gozo.

Pero también es una experiencia una habitación sin ventana, opresiva en un principio, pero incitadora después; ¿no era Castilla del Pino quien pasaba algunos fines de semana confinado en un sótano (al modo de Harry Landom en aquella película de los años veinte (ah, mi memoria...) donde éste, aislado con su libro, revive su sueño amoroso), el señor Del Pino dando forma a sus intuiciones, buscando el silencio amigo para encontrar en él alguna verdad entreverada en los estratos del pensamiento? En Kuala Lumpur pedí la primera habitación que quedara libre con ventana, pero después dejé pasar el asunto, descubrí que aquel paralepípedo de paredes blancas, austero como una celda de monasterio, favorecía mi capacidad de concentración; nada podía distraer mi atención, el ronroneo suave del aire acondicionado era la única presencia notoria en el entorno; lo que significa que mi propia película era con mucho el único sujeto de aquella estancia. Vivir la propia película tiene cierta semejanza con esas mañanas en que mi cuerpo se convierte en deliciosa y estimulante compañía, cuando aislados ambos nos dedicamos el uno al otro como dos amantes que no tuvieran prisas y demoraran interminablemente el uno junto al otro entrañablemente activos, amorosamente encontrados. Y viene al caso citar a Rof Carballo aunque sea trayéndole a contrapelo, porque le leí el otro día y hacía una observación interesante que conviene recordar (constantemente hay que recordarse las cosas uno... constantemente); la cita es de un libro titulado Violencia y Ternura. Dice en él que la prisa se opone a la ternura. No hay ternura apresurada. La ternura entrega el control del tiempo a la propia manifestación del sentimiento. Yo diría mejor que la ternura lo que hace es disolver el tiempo, pararlo, el tiempo no existe. Amaneció, ronronea el ventilador, se mueven las hojas de las palmeras, el cielo ahora es débilmente azul, la naturaleza se manifiesta, pero no hay tránsito, el instante es el mismo, el de hace un rato cuando imaginaba mis manos y mis labios ocupados en los rezos matinales, en algún paisaje de dunas temblorosas llenas de sueño.
Y sigo. Con o son ventanas, la demora, la desnudez del campo y la mía, el piar de los pájaros, el chirrido continuo de la selva. Parar, no moverse, aprovechar el instante, prolongarlo, sentarse en el centro de uno mismo y mirar. Intensamente. Mirar. Oír. El tiempo no existe. Cuando mi cuerpo sea asaltado por otra necesidad más imperiosa, desayunar por ejemplo, ya se alzará, buscará esa mezcla en polvo de tres en uno, café, leche y azúcar, lo verterá en un vaso con agua, lo agitará, sacará unas pastas y se las desayunará. Mientras tanto pura meditación zen, asomarme al hueco de la ventana, cruzarme de brazos, poner mi cuerpo en situación de recibir aquello que ha de venir; solo, sin ser forzado, con la misma aleatoriedad con que cruza de un extremo a otro de mi ventana unas nubes blancas.
Y mañana será otro día. Mañana habré de atenerme al dicho kurdo: “If waters stands motionless in a pool it grows stale and muddy, but when it moves and flows it becomes clear”. Tampoco es conveniente que se estanque el agua, el agua se hace clara con el movimiento; también eso es verdad. Por eso mañana tendré que mover el culo y ponerme en movimiento. Como en la música que decía ayer de Rubistein, sonido y silencio, pausas en el camino. Leí una vez que en Ram, la película de Akira Kurosawa, el elemento central de la banda sonora era el silencio. Todavía estoy esperando verla por segunda vez para conocer en qué consiste eso, porque no lo entiendo, aunque la idea me resulta muy sugerente: la quietud dentro del movimiento, el silencio dentro de la música, la luz que llega a uno en el interior de una habitación sin ventanas...

Mi amiga con nombre de flor

Taman Negara National Park, 26 de mayo

Es relativo eso de que para viajar necesite uno desplazarse de un lado para otro; quizás el viaje no sea en ocasiones más que una disculpa, un medio para hacer otros viajes quizás más interesantes. En mi caso particular así es; el viaje me provoca, me sugiere, me estimula, y mi organismo, ahí en medio, reacciona de modos diferentes, convierte los kilómetros en interrogantes y sugerencias que a su vez se transforman en destinos y trayectos inesperados. El caso de última hora es significativo, y como consecuencia de él puede resultar otra manera añadida de entender el hecho de viajar.
Si uno se abandona en los brazos de su propio organismo y deja trajinar a éste con lo que le venga de la inspiración del momento, puede obtener como resultado gratas sorpresas. Así, de momento, como consecuencia de un encuentro totalmente casual en el ciberespacio, conocí hace unas semanas a una mujer que no tardó mucho en convertirse en autora de un intenso e interesante intercambio epistolar sobre el puñado de inquietudes que afloran por aquí y por allá en este blog. Ella tiene el nombre de la flor a la que los enamorados arrancan sus pétalos, como si de un oráculo a Cupido se tratara, salmodiando mientras lo hacen aquello de: elle m’aime, elle ne m’aime pas, elle m’aime, elle ne m’aime pas. Tiene nombre de flor y una capacidad de determinación que ya la quisiera yo para mí. Sin comerlo ni beberlo, de un día para otro, sin una palabra de inglés en su haber y cargada de compromisos laborales, después de que le hiciera una invitación genérica de pasar unos días juntos en la India, decide que sí, que deja todo y se viene un mes a hacer compañía a un desconocido viajero del que sólo sabe conoce algo a través de las breves parrafadas de un blog. Chapeau por mi nueva amiga y por un servidor que va a gozar la compañía de una mujer interesante y decidida durante el próximo mes de junio. No se decide todos los días un viaje alrededor de medio mundo (Madrid, Londres, Bombay, Colombo) para encontrarse uno en la tierra de nadie de un conocimiento por venir.
Vaya, y por ahí iba el tema de hoy, que vamos a pasar del viaje cibernético al viaje físico y fáctico; y más todavía, a la aventura del encuentro, otro viaje más. A este viajero que lleva más de dos meses de camino solitario le va a venir de perlas la nueva compañía femenina; espero que sea el mismo caso de ella. Además, una ventaja añadida, es médico, lo cual no está mal para un caso de emergencia. Me prometo hacer buenas migas con ella y compartir los azares siempre inciertos de las calles de la India (mi India, la que desde muy joven aprendí a amar, la que recorrí hace más de un cuarto de siglo con la emoción desbordándome todos los sentidos. Entonces, cuando hube de guardar mi cámara durante una semana porque lo que veía no cabía en aquel cuerpo negro que yo llevaba colgado del cuello como un viajero de postín, porque me sentía incapaz de disparar contra aquella realidad que me golpeaba hasta lo más hondo). De momento lo único que la he pedido es que mantengamos a raya las expectativas y que, el viaje nuevo que vamos a comenzar -conocer a una persona es siempre por fuerza la posibilidad de un viaje significativo-, en el que vamos a compartir techo, conversación y largos días de ir de aquí para allá, lo hagamos paso a paso, con sosiego.
Ahora será un viaje más dentro del viaje; más instrumentos para la partitura, mayores posibilidades de armonías. Ella hablaba el otro día de Rubinstein a quien a la pregunta de en qué se diferenciaba su música de la de otros músicos, contestaba que su música era igual que la de ellos, que en lo único en lo que se diferenciaba realmente era en las pausas; ah, las pausas, decía. Blanco y negro, luces y sombras (la esposa de Elías Canetti, preguntada sobre la personalidad de su marido, decía precisamente de él que donde hay mucha luz necesariamente tiene que haber muchas sombras), música y silencio; por ahí empiezo a ver yo esta nueva fase del viaje cuando me encuentre el dos de junio con mi nueva amiga en el aeropuerto de Colombo, en Sri Lanka. Leí casi todo Canetti hace más de veinte años, me gustaba de él la sobriedad y la capacidad para analizar y alumbrar sentimientos sutiles; tenía aspecto de patriarca, un judío de la vera del Danubio que era capaz de moverse por una veintena de lenguas diferentes. Sin embargo no habría sido capaz de convivir con él; y la afirmación de su esposa ya lo pone sobre aviso. Me fascina el mundo íntimo de la construcción de una convivencia.
¿No produce cierto asombro estas posibilidades que puede dispensar el ciberespacio? El otro día me dejó un comentario en el blog una mujer que parece tiene mermada la capacidad de movimiento. Entendí que ella utilizaba en consecuencia otros recursos para pasearse por el mundo; en su caso el ordenador; elogiaba mis fotografías; se lo agradecí. Por fuerza Internet tiene que introducir variables importantes en el modo en cómo se producen y llevan a cabo las relaciones, valga decir en los viajes nuevos que podemos emprender; si se quiere y entendido estos como un modo nuevo de conocer otras realidades y personas. Yo a veces pienso que una de las razones por las que me va a dar pena morirme va a ser por esa cantidad tan grande de nuevas posibilidades que voy a dejar de experimentar. Aspiro a morirme sin temor, apaciblemente, lo cual me parecería uno de los mayores éxitos de la vida, pero mientras tanto, dichoso si puedo seguir teniendo acceso a este tipo de viajes, de inquietudes, a esta música vital en donde tanto han de caber los silencios como un trepidante andamiaje de semifusas.

Ideas y creencias

Kuala Lumpur – Taman Negara National Park, 25 de mayo

Mi trabajo de viajero ayer durante todo el día, fue patear el centro de Kuala Lumpur de un lado para otro: una frustrada vista a la National Art Gallery, que se encontraba cerrada por reforma, una visita al entorno de las Petronas Towers -los edificios más altos del mundo-, un paseo al final de la tarde por la siempre atractiva y colorista Chinatown (no, no parece faltar el Barrio Chino en ninguna gran ciudad de Oriente). Me había metido en un cíber y, cuando salí una hora después, me sorprendió el bullicio, la actividad, las luces; un gentío había tomado las calles produciendo una agradable sensación de fiesta; la impresión de que toda la población se había echado a la vía pública para disfrutar de la suavidad de la temperatura tras un día abrasador. De entre los farolillos y escaparates y anuncios iluminados, sobre los tejados, destacaban las líneas atrevidas de los rascacielos y la torre de la televisión. Aproveché para hacer una larga serie de tomas nocturnas. Sentado en un banco de piedra, junto a un jardín, volví a revivir la imagen de mis impresiones bajo las Petronas Towers. Viendo aquella inmensidad desde abajo, el pensamiento recurrente que me ocupaba era aquellas escenas escalofriantes de hombres y mujeres tirándose al vacío desde las Torres Gemelas de Nueva York, aquel famoso día once. De golpe, en un día corriente de tu vida tener que decidir de inmediato entre morir calcinado o hacer un vuelo mortal de cientos de metros. Un día cualquiera en que inesperadamente te encuentras delante esas dos únicas opciones. Esto se acabó. Ciao! Escalofriante; aunque debería no serlo, cientos de personas se mueren cada minuto, cientos nacen... y la vida continúa. Sin embargo... ¿No sirven esta clase de reflexiones para ajustar un poco más nuestras percepciones?

¿Y quien tiene razón, mi amigo, al que me refería en mi último post, y que aspiraba a una vida con perfiles de fiesta y al que, según decía, no aportaba absolutamente nada las contrariedades de la vida, o yo, que abogaba por lo contrario? ¿Cuáles son las evidencias sobre las que él y yo construimos nuestras intuiciones sobre lo que debe o no debe de ser la vida? Si la vida ha de consistir en pasárselo bien, en reír a pierna suelta, en alcanzar el Paraíso, o caso en.... etc., etc.?

Su evidencia y la mía tienen que habérselas con la realidad, con lo que en el fondo nos importa más, para poder afirmar la bondad o no del argumento. Construimos nuestras vidas sobre esto o lo otro. ¿Cómo sabremos que lo estamos haciendo medianamente bien, que no nos están vendiendo la moto, el Paraíso católico, el kharma hindú, el consumo como una herramienta útil pero a la vez una trampa que convierte la vida en un laborar sin límites? ¿No se presenta en “los momentos de la verdad” (fallecimientos, enfermedades, momentos críticos, días de iluminación personal, de gracia, algún tipo de evidencia en nosotros que nos habla no ya de las coplas de Jorge Manrique sino de la necesidad de valorar más adecuadamente en qué empleamos nuestras fuerzas, a qué santos encomendamos nuestros rezos? ¿Cuál es nuestra moral? ¿Cómo se forjaron nuestras creencias y nuestras convenciones más corrientes?
Nuestras “oraciones” se dirigen a dioses diferentes en función del área cultural en que hemos nacido; aunque la globalización vaya minimizando estas cosas es obvio que construimos una moral, una teología, un carrasposo chovinismo, una xenofobia, en función de la carga que nuestro organismo ha soportado desde la infancia (esa tan frecuente mala educación recibida, que decía un corresponsal el otro día). Un niño de preescolar que desayuna frente al televisor durante años, termina inoculando los mensajes que éste le dicta directa o subliminalmente; y de modo parecido sucede con toda esa enorme carga que después llamaremos creencias, moral, deberes, filosofía de la vida. La hija de mi amigo cumplió dieciocho años y no tiene especial interés por ningún trabajo o materia de estudio, lo que ella quiere es ganar mucho dinero, esa son sus palabras. ¿Qué trayecto ha hecho esa idea para llegar a donde está? Sería interesante seguirle la pista y comprobar de qué está hecho ese deseo. ¿Qué estímulos acumulados han hecho posible que una adolescente llegue a esas conclusiones, tan distintas por otra parte de la de otros jóvenes que aspiran, por ejemplo, a partirse el espinazo acaso en alguna lejana ONG?

Quien dice un área cultural dice una familia, un barrio... Sin embargo el proceso de concienciación, el ejercicio de contrastar realidades diferentes termina en muchos casos por abrirse paso de alguna manera, y la puesta a punto del sentido crítico nos puede colocar frente a las puertas de otros planteamientos. Pero se necesitan fuerzas, determinación, de alguna manera hay que litigar con los criterios establecidos, con las convenciones corrientes que el tiempo ha ido santificando como verdades asiomáticas, que sólo son una defensa contra esa fuerza latente en toda vida de encontrar nuevos caminos; las evidencias de entonces dan paso a otras evidencias; las evidencias se van sustituyendo unas a otras a lo largo de la historia y la vida. La evidencia de que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra, la de que nacimos de la luminosa idea de un alfarero tras siete días de intenso trabajo, dieron lugar con el tiempo a otras evidencias.
La sociedad necesita atar fuerte su continuidad y defiende su terreno creando una moral, algo que se nos impone como si hubiéramos nacido con ello. Nuestra sociedad para seguir su ritmo de crecimiento necesita tener buenos consumidores; también necesita obedientes ciudadanos no muy dados a caer en la tentación de pensar por sí mismos; necesita, al menos, guardar las formas y determinar las áreas de poder e influencia (el dinero, quien manda, quien obedece, el alma, la supuesta supremacía del hombre sobre la mujer, etc.) enseñando a cada uno sus límites y sus obligaciones; y para ello no inventó nada mejor que hacer de cada uno de nosotros unos buenos ciudadanos que sean capaces de esperar, llegado el caso, a las cuatro de la mañana frente al semáforo en rojo, a que éste cambie a verde aunque no haya un alma en kilómetros a la redonda. Primero de todo obediencia, y después obediencia al destino para dar continuidad al proyecto; esas mozas de las que hablaba Unamuno en sus libros de viajes, que con el cántaro en la cabeza no les cabía otra cosa que el trayecto entre el pozo y la casa, porque las cosas venían dadas así.
Pero sin llegar a esos casos extremos, ¿en dónde está la diferencia entre mi amigo y yo para que nuestras actitudes ante la vida sean tan diferentes en lo que concierne al dolor, para que ambos vivamos la realidad de un modo tan diverso? Nuestro modo de pensar y sentir está mucho más marcado por nuestra experiencia y la manera intensa como la vivimos, que por nuestras consideraciones teóricas, que a veces son sólo una sombra de una realidad mucho más compleja que subyace por debajo de nuestras argumentaciones. Por nuestra experiencia y por el caso que la hacemos, porque, lo he dicho muchas veces, hay gente a quienes las experiencias no les aprovecha, siguen pensando un día sí y otro también que acumular pasta es el no va más de la vida (un ejemplo, claro); si por lo menos se la pudieran gastar en la otra vida, una especie de tarjeta de crédito de la que ir tirando sobre el montante acumulado en la primera vida, todavía todavía, pero así... maldita la gracia.

El que seamos objeto de necesidades cuya intensidad ignoramos, esa necesidad, acaso, de gozar del reconocimiento de los otros, la necesidad de formar parte de una comunidad, la de seguridad... mediatizan nuestra concepción de la realidad. Una persona débil e insegura debe construir un castillo a su alrededor para protegerse de los lobos reales o imaginarios; los nacionalismos, los amores patrióticos responden también a una necesidad de buscar guarecerse de la intemperie en compañía de los otros.
También mediatiza nuestra relación con la realidad la idea que tenemos de la felicidad, que no se sabe muy bien en qué consiste, y que nos obliga a tirar por la calle de en medio sin la certeza de que esa sea la ruta correcta, la verdadera felicidad que nuestro instinto pide; confundimos las risas, el “pasarlo bien” con algo que es de mayor calado; una situación en donde incluso podemos no reconocer el sello de esa felicidad que viene porque no tuvimos tiempo para sentir o escuchar.
¿Por qué no volcaremos toda nuestra energía en averiguar todo aquello que concierne precisamente a ese encontrarse bien dentro de la propia piel? Tantos trabajos, tantas ocupaciones y compromisos y nos cuesta encontrar ratos para eso, para tratar de ver por donde anda el camino.
Sí, claro, las contradicciones propias de la vida. Trabajamos ni se sabe, nos empeñamos hasta las cejas profesionalmente y junto a ello también queremos tener una vida afectiva intensa, vivir de cerca el crecimiento de los hijos, cultivar las amistades, salir de paseo a la Pedriza, a callejear, a oír música... ¿y qué más? Y como todo no puede ser quien tiene las de perder a la larga es el espacio no laboral. No es de extrañar que con tanto laborar muchas veces sólo queden ganas de derrumbarse en el sofá frente a cualquier cosa que estén pasando en la televisión. Por cierto que era curioso ver estos días atrás en el último hotel que me hospedé un nutrido grupo de jóvenes occidentales perdidos en la pantalla del salón común durante la mayor parte del día.
Para mí que tanta actividad -lo que significa carencia de tiempo libre- lo que hace es obligarnos a improvisar; no teniendo tiempo para pensar y reflexionar sobre tantas realidades, improvisamos de mala manera una filosofía de la vida de la misma manera que nos metemos en una hipoteca que se demorará hasta los años de jubilación en un apresurada determinación. Y después el uso y abuso de esa improvisación será el que marque a la larga nuestra relación con la realidad.
Taman Negara, a doscientos kilómetros al noreste de Kuala Lumpur, es mi próximo destino; uno de los más bellos rincones de esta parte de Asia: selvas, ríos, montañas, un paisaje apenas tocado por el hombre, celosamente guardado por los responsable de este país.
The flooting restaurant donde ceno, en las aguas ya del río que nos separa del Parque Nacional, sufre el impacto repentino de un numeroso grupo de hindúes y el suelo se balancea como para que el té que tengo sobre la mesa se vaya al suelo. Un agradable espacio al final de otro día de viaje. Hace calor, llueve, los sonidos de la selva comparten estridentes con el fragor del agua el ámbito de la noche.

La desgracia como fuelle de nuestro fuego interior

Surabaya – Kuala Lumpur, 23 de mayo

Recibo un carta de un amigo que pasa por el trance de una grave enfermedad de un familiar muy cercano: ...”De todo esto no sé que saldrá pero para mí todo es innecesario. No me enriquece como dices tú. Son mejores las buenas cosas, la alegría, la salud, las risas. El decir que esto me va a aportar algo es una necedad, solo llena el alma de tristeza.”

Querido X:
Tus cortas líneas me sugieren un puñado de cosas. Es una mañana tranquila de espera en el aeropuerto (el vuelo entre Java y Kuala Lumpur) y no acierto a hacer otra cosa que ir de aquí para allá con el pensamiento, así que voy a intentar escribirte unas líneas.
No me sucede a mí como dices tú, que más bien creo que todo lo que vivo, incluidas las desgracias, engrosan mi yo y enseñan a mi organismo el camino de alguna “verdad”. Yo estoy convencido de que todas las situaciones difíciles que he vivido han contribuido a mi enriquecimiento interior; una parte importante de lo que soy creo que se lo debo precisamente a esas dificultades por las que he tenido que atravesar. Por supuesto que lo que sí sería estúpido es confundir el argumento y de motus propio llegarse el cuerpo o el alma de desgracias; otra cosa muy diferente es cómo afrontamos lo irremediable, y cómo como consecuencia de ello nuestro espíritu se acerca a los asuntos y cometidos más importantes de la vida.
Me llama la atención la radicalidad con la que afirmas que esas situaciones difíciles son siempre negativas. Yo estoy convencido de que no es así; quítale si quieres el término enriquecedor que yo empleaba en mi carta y que implica una connotación un tanto confusa cuando hablamos precisamente de una enfermedad grave, y mira la realidad de cada día, y apuesto a que tú no eres el mismo, ni ves exactamente la realidad ahora de la misma manera que la veías antes de la enfermedad de tu hermano. Es inevitable que de la reflexión sobre la enfermedad, la muerte, cualquier reto que hayamos tenido que superar, uno mire a la vida de otra manera. Yo me llevo las manos a la cabeza cuando encuentro que gente que ha tenido que enterrar a seres queridos no es capaz de sacar aprendizajes de ello y siguen empeñando su vida en paparruchas de hacer dinero (es un ejemplo) o metidos en una frenética actividad que les impide dedicar tiempo a los suyos, que llama la atención que no aprendan a poner a la cabeza de sus prioridades y energías otros temas: afecto, amor, amistad, la giogia da vivere (que no está precisamente donde generalmente se la busca. Ya sabes, el eterno tema de nuestras discusiones, las tuyas y las mías, la felicidad y sus compañeros de viaje).
Soy ateo, pero tengo sin embargo mis personales dioses a los que sí dedico tiempo y esfuerzo: esas pequeñas verdades que he ido aprendiendo a lo largo de la vida, y que en muchas ocasiones me han sido enseñadas por situaciones muy difíciles. Yo creo haberme hecho adulto en el momento en que la primera mujer que conocí, mi amante y amiga Nena, murió mientras ambos escalábamos un pico de los Alpes.
Y más, esto de moverme por el mundo, y ver, y mirar, que lo único que hace es confirmarme en todo esto que digo. Hace días cambié el rumbo de mi viaje empujado por las ganas de volver a visitar la India. Mis dos viajes a este país han sido siempre una fuente de enseñanzas; la primera vez, en el año ochenta y cuatro, pasé días merodeando por los graderíos de Varanasi compartiendo el espacio con cremaciones en la calle, mendigos, sadhus y viejos que pasaban el día meditando junto a las aguas del Ganges. Yo no te sabría decir exactamente qué aprendí entonces, pero está ahí y la enseñanza es consistente. Si preguntáramos a mi hijo Mario, que pasó también algunas semanas en Calcuta en la institución de la Madre Teresa cuidando enfermos terminales, creo que te diría algo parecido a lo que te digo yo. Los aprendizajes significativos de la vida se nutren con frecuencia en las cercanías de las enfermedades y la muerte.
Es obvio que no vamos a ir a buscar las desgracias (hasta ahí podríamos llegar...), pero ya en ello es importante tener en cuenta aquella argumentación de Ciorán de que todo lo que no termina destruyéndonos nos enriquece, que deberíamos utilizar las desgracias como fuelle de nuestro propio fuego interior. Si quieres hasta puedo decirte que es una cuestión práctica, porque dado, además, que ni el enfermo va a curar, ni el muerto a resucitar, vas vale intentar entrar en la dinámica de estos planteamientos, que al menos nos dejan por delante el consuelo de nuestra experiencia y el conocimiento de que hay cosas en la vida que no merecen la pena, mientras que otras requieren el empleo de todas nuestras energías. Estas cosas activan nuestra capacidad de supervivencia, es en esa lucha que nuestro organismo, si ha sido capaz de enfrentar la situación, sin duda sale robustecido. La terrible lucha personal con que se enfrenta el corredor de maratones es un ejemplo cercano de estas cosas. Un maratón requiere un largo entrenamiento, como la vida mismo si se quiere hacer de ésta un arte; y el día de la prueba es un día de grandes dosis esfuerzo, capacidad de sufrimiento, de superación de uno mismo; después del kilómetro treinta uno piensa muchas veces que no va a llegar, que no superará el sufrimiento requerido, y sin embargo poco a poco el kilómetro cuarenta y dos se va acercando, penosamente, despacio... hasta ese instante en que la meta aparece en las cercanías del desvanecimiento. Seguirán días de reposo en que el organismo se irá recuperando lentamente. Como uno se recupera del fallecimiento de un ser querido, lentamente, incluso amorosamente. El otro día te hablaba de la muerte de mi madre, fue así, una recuperación amorosa, un reencuentro con ella en otra dimensión. Y la vida continuó. Y lo que sucedió a mis hijos, a mí, a Victoria, fue igualmente hermoso: la convivencia con la enfermedad y con mi madre en aquellos meses, ya te lo dije, fue uno de los momentos más importantes e intensos de nuestras vidas.
Volar alto para ver las cosas de la vida en perspectiva, no vaya a ser que la espesura de la vegetación del bosque en donde nos movemos no nos deje ver el bosque propiamente dicho. A veces volar es fantástico; abajo la inmensidad azul sobre la que flotan lábiles nubes blancas; arriba el otro azul igualmente profundo; tanto valdría si voláramos boca abajo, el punto de fuga estaría igualmente en esa línea algodonosa y clara en la que mar y cielo se funden. En un momento el avión se inclina y aparecemos casi de bruces colgados de los vellones claros de las nubes asomados sobre la estela de algún barco que transita por el océano intemporal donde miles de hombres y mujeres juntos apenas serían una pequeña mancha. Cabría hablar de nuestra pequeñez, de la humildad necesaria para entender, para asimilar estas cosas; de lo necesario que es llevarse bien con todos estos fantasmas que no visitan y que nos advierten que mañana o pasado mañana vamos a dejar de existir.
En fin, tus líneas me sugirieron todas estas reflexiones que comenzaron en el aeropuerto y continuaron en un corto vuelo al norte de Java con destino Kuala Lumpur. El viaje se acaba en unos minutos. También esta carta.
Un abrazo y el deseo todo mejore tras los días de hospital.

Estar en porretas

Surabayan, 22 de mayo

El otro día, agobiado porque Internet llevaba una semana sin funcionar en esta isla, terminé mandando todo el material a casa para que desde allí lo colocaran en el blog. Ayer, después de dos semanas, pude por fin mirar el blog; y revisándolo me encontré con tres o cuatro fotografías de desnudos míos que no era mi intención colocar. Pese a que este tipo de fotografías son un trabajo que aprecio mucho, tanto cuerpos masculinos como femeninos, los suprimí. En realidad fue un error subirlas, porque fueron enviadas a casa con otro propósito, el de compartir unas buenas fotografías que todos apreciamos allí. De todos modos, en esas estamos todavía, con los pies de plomo y dando el gusto a la moral constituida, no vaya a ser que a alguien le parezca mal. Y habrá que decir de paso que qué pena ser tan comedido, ¿no? Los cuerpos de hombres y mujeres, la cosa más bella que uno puede encontrar sobre el planeta... tan mediatizada siempre por la pudibunda moral, esa que nadie sabe ni quien ni cómo la parieron pero a la ­que todos obedecemos sumisamente como si se tratara de una verdad incontrovertible. Y si no observemos esa manía de los “civilizadores” de toda laya para los que la manía persecutoria por vestir “decentemente” a los indígenas de estas tierras desde que Magallanes pisara estas islas del Pacífico, constituyó una de sus primeras obsesiones. Con el calor del carajo que hace aquí... ¿para qué coño necesitaban los pantalones? También los misioneros y sus correligionarios eran víctimas de una moral transmitida cuya razón de existir se pierde en el tiempo.

Hasta donde puede llevarse esta labor represora lo podemos encontrar todavía en muchos países islámicos, ese shador de los extremistas, esos horribles sacos con un pequeño agujero a la altura de los ojos cubierto de una tupida red que ni siquiera permite atisbar los ojos de la mujer que habita bajo la armadura. O las cholas de los países andinos, con sus numerosas faldas a modo de miriñaque cubriendo el sancta santorum y todos sus aledaños; lo que debe convertir las relaciones sexuales, dicho sea de paso (con perdón), en un duro ejercicio de espeleología; una de esas faldas que usaba la abuela de Óscar, el protagonista de El tambor de Hojalata, de Hunter Grass; el lugar donde pasó largas horas de su infancia antes de que le cayera el tambor en las manos.

Y todo ello pese a lo bien que se está en pelotas. Y más aquí que el calor aprieta. Esta mañana me crucé con un muchachote, uniformado y con corbata que no levantaba dos palmos del suelo; iba más serio que todas las cosas, parecía todo un señor. Verbo parecer. Atavíos para la distinción, atavíos para dejar bien claro a la clase que uno pertenece, atavíos no más, caretas.

¿Y por qué no orgullo, ese que me contaba días atrás, René, el viajero holandés, con que los papúes de Nueva Guinea exhiben sus genitales bellamente decorados? En algunas comunidades de papúes es un orgullo para el hombre lucir el pene; por supuesto un orgullo que nada que tiene que ver con ese gesto hortera con que algunos “machos” de nuestro país vienen a decir algo así como que me tocas los huevos... Oh, qué mundo tan complicado; esos adjetivos o sustantivos: pudibundo, hortera, pornografía, exhibicionismo, guarro, baboso (J), patético, puta... Un bonito ejemplo de nuestra incapacidad para vivir la sexualidad y la percepción de la desnudez con un poco de salero, con un tanto de normalidad.

Miren, por ejemplo, el aplomo con que este personaje de la mitología hindú exhibe sus genitales; tiene cierta cara de bruto, pero sin duda está muy orgulloso de lo que lleva entre las piernas... y no sólo eso, algo más sabio todavía: se ríe de la muerte, alivia su calor tomándose su traguito de cerveza en el cuenco de la calavera de algún infeliz. La fotografía de más abajo (lo siento, no se pudo cargar), tomada en un museo de Yakarta, también es un ejemplo de cómo unas culturas y otras tratan a la misma cosa. Este enorme pene, que medía aproximadamente un metro, pertenecía a un templo hindú del sur de la India. El hinduismo es más agradecido que el catolicismo en estas cosas; mientras los segundos lo exilian, lo esconden, lo anatemizan, los primeros lo reverencian; el lingan recibe ofrendas florales en pequeños templos de piedra. Desconozco los pormenores pero en las dos ocasiones que penetré en pequeños templos aislados del sur de la India, me encontré una mujer postrada depositando caléndulas a sus pies; un intenso olor a sándalo y a flores inundaba el interior. ¿Qué oscuras instancias trabajan en la formación de los preceptos morales para que en unas y otras culturas haya una disparidad tan grande en torno a cómo se perciben los órganos genitales, o incluso las relaciones sexuales?

Y todo ello sin hablar de las bondades del hecho mismo de estar en porretas, una de las cosas más saludables que uno puede experimentar, especialmente si el día es de calor, si uno tiene a mano una buena hamaca, la arena de la playa, el agua del mar... en fin para qué extenderse. Escribí tener a mano, sí, tener a mano todo tu cuerpo, también eso es bonito. Y por supuesto jugar con él; no faltaría más.

Sólo le encuentro una pega a la desnudez habitual, y es el hecho de saltarse a la torera los vericuetos que el erotismo ha ido inventando a lo largo de los siglos, ese sofisticado arte del acercamiento, el ritual de desvestirse o ser desvestido. Aunque, claro está, puesto a hacer las cosas bien, también cabe vestirse para luego volver a desvestirse, o ser desvestido, un ritual que bien merece la pena celebrar por mucho que a uno le guste estar en bolas.

Noche de mucho muchísimo calor en el jardín interior de un hotel de Surabayan. Sí, y hoy, además de los grillos, maullidos; esta vez de gatos auténticos, un gato y una gata que andan de juerga nocturna en un rincón del jardín, pasándoselo de pm, como dice mi hijo Guille.

Espero que los gatos me dejen dormir. Buenas noches.