Niebla

Taman Negara, 29 de mayo

La niebla bajó hoy casi hasta los límites del río, una masa blanca y lechosa que pesa ingrávida entre las copas de los árboles un poco más allá de la rápida corriente del río, marrón, densamente discurriendo entre las orillas. Unas nieblas llaman a otras. Los días de niebla son como el paisaje que debió de alumbrar el nacimiento del mundo, espesa consistencia de lo indeterminado, de lo aún no nacido, paisaje lunático por donde discurre la mañana a la espera de lo que sucederá. O acaso no, acaso sólo duerme el monte; el bosque se sumió en un sueño profundo y le cuesta despertar, abrir los párpados, hacerse a esta nueva realidad como consecuencia de la rotación de la Tierra; y entonces se cierra sobre sí mismo, aprieta sus párpados, se da la vuelta para el otro lado e intenta dormir de nuevo; oculta la selva a los indiscretos, disminuye la intensidad de las luces, litiga con el sol para que éste no intente abrirse paso en el enmarañamiento gris de la mañana.

Sí, y unas nieblas llaman a otras. Miro absorto el bosque desde mi ventana, entretenido en pensamientos que me llevan de aquí a allá del tiempo. Acaso el pasado otoño, en los hayedos del Pirineo o en la Laguna Negra, cuando marché a recolectar los colores de la época con mi cesta de hacer fotos. Unos recogían setas entonces, otros, como yo, sólo buscaban un poco de conversación con el bosque, llevarse a casa una buena provisión de belleza con la que adornar el invierno que se aproximaba.
Niebla, cierta sensación de principio de los tiempos, cuando sólo existía la voluntad de vivir y el frío era intenso y las inclemencias del tiempo obligaban a permanecer en la cueva junto al fuego siempre encendido. Días de sentarse sobre una piedra a contemplar las llamas, la vida; las lenguas de fuego, que diría mi amiga, como único testimonio de la existencia; épocas oscuras en que del hombre habría de mirar fijamente en el interior de las llamas durante horas para intentar arrancar al espíritu del fuego la razón de todo aquello: la cueva, la existencia, los animales, la grisura aterciopelada que perlaba el campo allí mismo, más allá de la hornacina de piedra en donde este hombre calentaba su mirada y sus manos. Absorto acaso, perplejo porque aún en su retina los árboles, el río, el otro, sus propias manos que veía ahí frente a las llamas, no habían terminado de adquirir significado; la vida de las personas recrean la historia de este hombre junto al fuego. Cuando el niño nace la indiferenciación se abre a sus sentidos con imágenes que todavía no tienen significado; habrá de pasar tiempo, habrá de ver dos objetos vivos que se mueven frente a él interrogadores, amorosos; vivir la cercanía de los pezones de la madre, sentir reiterativamente el tacto de una mano para que poco a poco se vaya añadiendo sentido a lo que tiene delante. Frente a la niebla uno siente el pálpito de algo primigenio que debe parecerse a esta sensación del hombre de la cueva que mira al fuego en un día de lluvia. Remontar la corriente de la historia de la humanidad para encontrarse con un ancestro que mira al fuego.
Día de niebla, de olivos allá por los alrededores de mi casa como sombras de fantasmas arrumbadas en los sótanos de un museo, viejos cuadros que pocas veces ven la luz; tristemente melancólicos, detenidos en su camino a la espera de que en algún momento el sol termine de abrirse camino en la masa porosa y liviana del cielo. Hoy, día de niebla en alguna parte del sureste asiático. Sólo unas pocas voces que llegan de lejos, algún motor fueraborda remontando el río, el canto de un pájaro buscando compañero a quien arrimarse; anhelo buscando anhelo; una motocicleta que pasa lejana.
Día de niebla. De cuando la montaña -ah, las montañas dormitando fuera del tiempo-, de cuando la montaña es toda melancolía, cadencias nacidas de las manos de Chopin en los altos de Valdemosa, música de Grieg surgida de la profundidad invernal de los fiordos noruegos, sonidos de lejanos ríos inventados por Sibelius para su patria de cuerdas y metales. Abrirse paso en la niebla y caminar durante horas siguiendo las trazas de un camino que cruza el Olimpo, el Pirineo Francés, la selva. Me pregunto: ¿Dará la vida para hacer algún día una cabaña en el bosque desde la que contemplar por las ventanas los hilachos entre las ramas, la azulina claridad allá junto al lago; para mirar la vida como dentro de una música en donde la naturaleza cante suavemente, polifónica, entrañable... sí, como aquel breve fragmento que despierta de una voz cristalina en alguna parte del Magnificat de Bach como delgado hilo de esperanza incontenible, de anhelo, de armonía con la creación entera?

Día de niebla. De cuando era niño y creía en Dios y no había más espacio entre mis pensamientos que unas pocas oraciones que de hinojos elevaba a una virgen de escayola vestida de saya blanca y azul. Niebla aquella que se pierde en el tiempo y que hoy paseo mirando desde la ventana de una casita verde frente al bosque de Taman Negara. Niebla: padre, madre, amante, esposa, hijos, mundo, naturaleza, anhelo, esperanza, canción de cuna, recogimiento, oración matinal. Niebla no más.

Mapa nuevo y escritura la misma

Taman Negara, 28 de mayo


De golpe he abierto el mapamundi y el planeta se ha hecho enorme; compruebo que en realidad me he movido por un exiguo espacio de terreno. El recorrido hecho es minúsculo. Pero no importa, dejemos África como está porque viéndolo ahí a diario lo mismo estimula mi imaginación y termino recorriéndola de arriba a abajo una vez me haya repuesto de esta impresión de inmensidad que me produce mirar tantos países juntos. De momento ahí está la propuesta de Sri Lanka esperándome; después un largo recorrido por la India con mi amiga con nombre de flor, y ya en los principios del verano, el extremo sur del continente africano con Victoria; y más allá todavía, una incógnita a la largo por resolver, porque podría darse que llegara el otoño y mi cuerpo pidiera seguir pateando el mundo, pese a que mi hija -la Gorda, para la familia- eche unas lagrimitas porque ella quiere ver a su papi antes de que los proyectos que a éste se le ocurren sigan hinchándose como un enorme forúnculo que no tuviera espacio más que para sí mismo. Padre degenerado, diría ella; y mi hijo mayor, er Guille que le decía de peque, le contestará que apañada iba, que le había tocado a esa padre y que ya era tarde de cambiar de padre; sí, que mi hija, si fuera posible, lo mismo le daba la ventolera y se iba al registro civil para que le cambiara de progenitor. Sólo una broma, que ya ha prometido, ya que yo no voy a la montaña, tráermela ella a domicilio; ya me está proponiendo, que si llega el caso de tanta demora viajera, nos veamos en algún país del Magreb o donde se tercie, allá por Navidad, por ejemplo.

En el Photoshop he recortado el mapa a la altura de Mali, por el oeste, que aunque eso no signifique gran cosa porque antes ya lo tenía reducido a algunas islas del Pacífico, deja ahí un precedente; que igual que se le ha ocurrido a mi amiga con nombre de flor acompañarme por el subcontinente índico, qué se yo, recibo una oferta, digamos para atravesar el Sahara en moto o en un todoterreno, o hacer la ruta entre el desierto de Kalahari y las remotas fuentes del Nilo. Todo es posible. Va a depender no sólo de mi ánimo sino de mi hija, de que no le dé por echar excesivamente de menos a su papi; o de Victoria, que se canse de arrear ella sola con la casa; o de mi novia, que se reforme y se convierta en tan buena persona como para que realmente sienta necesidad de volver a su lado. En fin, tantas cosas. También está mi padre, el pobre, que hace ya dos meses que no le veo; o tantos amigos o amigas de viajes urbanos con los que también gusto de compartir aficiones, paseos a la sierra, conciertos, etc.; y por supuesto de los dos perrazos de casa, la viejita Andy (Andy porque iba a ser perro y mi hijo era un enamorado de Andy Warhol cuando la adoptamos. Luego fue perra, pero cualquiera le cambiaba el nombre, Guille que a la sazón (jeje) por entonces andaba por Cork, en Irlanda, se nos habría puesto de uñas si no le dejamos ese nombre) y el bobalicón de Curri, una mezcla de pastor alemán y mastín que ha quedado reflejado en una curiosa característica biológica: una de sus orejas es de mastín, siempre lacia sobre su cara, y la otra de pastor alemán enhiesta y vigilante a cualquier ruido proveniente de fuera de la parcela.

Bueno, estaba con el mapa, lo tengo aquí debajo, junto al bloc de notas; cortemos al oeste por Malí donde ya estuvimos hace un par de años, allá por la remota Tombuctu por donde dobla el Níger como arco de ballesta, que diría don Manuel de su caro río Duero; al norte por Egipto, que hay por ahí un trenecillo casi legendario que atraviesa Sudán hasta cerca de las fuentes del Nilo, y que puede ser una tentación; por el este no hay dudas, porque eso ya es para otro viaje, sería demasiado volver a las islas Molucas o a la tierra de los papúas; y en fin por el sur no hay dudas, la línea roza el cabo de Buena Esperanza, la ciudad de Johannesburgo, el lugar donde aterrizaré a principios de verano. Así que de momento ya tengo el mapa a punto; voy a darle a cortar y lo coloco en seguida. Está bien de vez en cuando tener un mapa enfrente, aventa la imaginación y las ganas de volar.

El mapa está, pues; ahora otro asunto: que ya mismo salgo del Pacífico (¿o lo hice antes?, que no sé a ciencia cierta donde termina éste y empieza el Índico, como tampoco sé si la línea del ecuador está por debajo o por encima de mi latitud) y el título del blog puede no corresponderse ya con los derroteros que está tomando esto. Otro más: estoy leyendo Las hijas del fuego, de Gérard de Nerval (gracias por el regalo) y allí mismo me he encontrado con el interrogante no resuelto de si se debe o no servir la salsa y el pescado en fuentes aparte o no; es decir, las descripciones y accidentes del viaje por una parte y las consideraciones que nada, o casi nada, tienen que ver con él, por otra. Pero no sé, es difícil quitarse de encima esa manía de los paréntesis, las ocurrencias repentinas, una inesperada intuición que te lleva a otra parte...; y que conste que no soy el único, que ya el señor Enmanuel Kant, el filósofo que nunca viajó, pero que tanto sabía, ya era conocido por la necesidad de tener que utilizar para leerle los dedos de los dos manos a modo de señalizador con que servirse en el enmarañamiento de los incisos que surcaban su escritura, a fin de no perder el hilo del discurso. Paréntesis por otra parte que no son otra cosa que la fiel reproducción del modo en cómo el pensamiento se comporta, que no es éste de los que andan en línea recta entre un punto y otro, pues no hay pensamiento que se precie que no vaya distrayendo su atención con los accidentes del camino; sí, echando una ojeada a las chicas bonitas que se encuentra, parándose de vez en cuando a tomar un refrigerio, etc. Vamos, que seguiré a mi bola tirando por donde me pille, que esto de no tener que rendir cuentas a nadie, tanto si se trata de escribir como de tirar para la India o de alcanzar la Ruta de la Seda y recalar en Mongolia, tiene sus ventajas. No cobro un duro por tanto trabajo que me tomo, pero me divierto, y acaso entretengo de paso a algún lector ocasional.

Así que seguimos como estamos, mapa nuevo, pero escritura la misma o parecida.

Retratos

Taman Negara National Park, 28 de mayo

Para mi suegra Mary


La había mirado yo por el rabillo del ojo, con su carita arrugada y su mirada bonancible; le había visto asomarse a la ventana del autobús estacionado frente al restaurante, comiendo de su hatillo, arroz y dos muslos de pollo. La fotografié de lejos asomada a la ventana, y un rato después, cuando volví de merodear por los alrededores en busca de algún motivo para mi cámara, me la encontré de pies apostada en el fuste de la columna del porche. Llevaba la cabeza cubierta con un largo pañuelo bordado de arabescos. La placidez de su mirada me cautivó. Terminé acercándome a ella y, con mi mejor y más tierna sonrisa, le pedí permiso para retratarla. Asintió en seguida, y rápidamente empezó a quitarse el pañuelo de la cabeza y a arreglarse el cabello; no, no, please, le decía yo con las manos. Llegué a enmarcar el rostro en el hueco oscuro de la puerta del restaurante. Este fue el resultado:

Unas horas después, cuando el autobús volvió a detenerse, la vi levantarse de los asientos traseros, coger cuidadosamente su equipaje y encaminarse hacia la puerta de salida. Cuando pasaba por mi lado, me tomó el brazo, me un apretoncito y sonrió cordialmente inclinando levemente la cabeza a modo de despedida.
¿No sabes, Mary? De eso hace unas semanas y todavía me dura el calor de aquella mano sobre mi brazo, la tierna mirada que me regaló aquella anciana. Me sentí arropado con su mirada de la misma manera que puede sentirse un niño de teta en los brazos de su madre. ¡Qué seres tan curiosos somos!, ¿verdad?
El otro retrato está sacado en el Barrio Chino de Surabaya, al este de la isla de Java, esa isla donde los libros de aventuras situaban a nlos piratas tocados de pañuelo negro con la calavera y las dos tibias cruzadas. Había terminado yo de dar una larga vuelta por el mercado, haciendo mi buena colección de retratos (ya sabes tú cuánto me gusta fotografiar a la gente... también vestida, sí, que no siempre va a ser llevar el frontón de nuestra biblioteca con hombres y mujeres en cueros), cuando algo me llamó la antención en el interior de un patio, justo al lado del templo budista en donde minutos antes había estado conversando con el cuidador. Total, que pasé al interior del patio (no veas tú la cara que le echo a veces al asunto, parece menbtira que un tímido como yo haya aprendido la frescura de meterse por todos los lados a fisgar y a fotografiar lo que de fotografiable encuentre), pasé y pedí permiso para fotografiar cualquier tonteria, porque lo que realmente buscaba era similar a lo que hacen los pescadores cuando largan el sedal al ríoññ, esperar a que algo interesante pique; y efectivamente, tras fotografiar una planta y un cuadro anodino que yacía sobre una de las paredes, me vi rodeado por una numerosa familia de cuyo conjunto yo seleccioné en seguida el rostro de esta anciana sobre ese fondo clarito que le venía que ni pintado a esos ojos brillantes y vivos que me miraban fijamente al otro lado del teleobjetivo.

¿Sabes, Mary?, cuando hago retratos casi nunca tengo tiempo de mirar a los ojos de mi retratado, sólo los uso para enfocar, todo transcurre muy rápidamente, el enfoque, medir la luz de la cara, intentar un encuadre adecuado, desplazarme para que el fondo se adecue a la toma que hago; tantas cosas que no me da tiempo a ver más. Sin embargo en esta ocasión sí, en esta ocasión el brillo de aquellos ojos, las arrugas surcando aquel rostro apacible, su mirar tranquilo, casi agradecido a este extranjero estrábico con cara de despistado que le pedía que levantara la cabeza; lo pude ver con toda claridad en las breves fracciones de segundo que precedieron al momento en que el espejo de mi cámara reflex se levanta para dejar constancia del momento. Toda la familia estaba alrededor. A todos ellos fotografié. Estaban contentos por aquella inesperada visita del fotógrafo extranjero. Seguro que si me quedo un poco más, me invitan a comer.
Y es que la gente aquí es maja; muchas veces te encuentras con miradas en la calle que encontrándose un instante con la tuya no salen en absoluto huyendo como espantadas de haber sido sorprendidas in fraganti; no, en absoluto, las miradas de ven en cuando se rozan y, antes de huir en busca de otro objeto de interés, esbozan una ancha sonrisa de reconocimiento. Por un momento has existido en el otro, la retina del otro y su cerebro han respondido con ese grato recibimiento: bienvenido, nice to meet you. Joder (perdón, Mary), no te imaginas lo agradable que es llegar al final del día con tal montonera de sonrisas en tu haber: mujeres, hombres, jóvenes, niños... Jo, y no como le pasaba a mi suegro, tu Víctor, ¿recuerdas?, que se ponía de uñas cuando un hombre te miraba más de la cuenta en el metro o el autobús.
Somos seres sociales, ¿no?; pues a mirar que la vida es corta. Y si además de mirar, porque nos gusta la gente, aquel a quien miramos, ahí es na, con quien se encuentra nuestra mirada, nos sonríe, le sonreírnos, ya tenemos un trozo de felicidad para merendarnos al final del día, cuando hagamos balance de las dichas que hemos recolectado a lo largo del día.
Bueno, Mary, que a ver si te haces con un aparato de estos con Internet para ti sola, que ya ves que hoy es el único modo de saber unos de otros cuando estamos lejos.

Bueno, Mary, que a ver si te haces con un aparato de estos con Internet para ti sola, que ya ves que hoy es el único modo de saber unos de otros cuando estamos lejos. Si te apetece puedes mandarme unas líneas de saludo. Solo tienes que picar con el ratón, ahí abajo, donde pone comentario. Me gustará encontrarte en estas páginas

Un beso, y que te siga yendo bonito.



Ser masa

Taman Negara National Park, 27 de mayo

No madrugué mucho; me retuvo cierta mirada sorprendida que me observaba en el filo del alba; tuve que dar cuenta de ella por escrito y eso retrasó mi partida. La niebla se había esfumado y un sol libero como de invierno, se abría paso en la espesura del bosque. Sudaba, topé con un gran lagarto, pasé junto a enormes árboles que hincaban sus uñas en el suelo extendiendo sus grandes brazos alrededor como quien anhelante de vivir construye cimientos sólidos, largos como tentáculos de monstruos marinos de leyenda dispuesto a vivir durante cuatro siglos. La selva se hizo oscura, en algunos rincones un verde brillante adornaba las enormes hojas de una planta con la que siempre me tropiezo, casi un metro de verdor que compartían con pequeños helechos en una de las clapas que se abrían junto al río; el bosque se hizo silencioso y el sudor se dejaba correr por mi cuerpo como si estuviera caminando bajo la lluvia. Calor húmedo y pastoso que en un rato convertirá mi cuerpo y mi ropa en acre mixtura de olores profundos, olores hijos del esfuerzo y del tesón. También el placer de sudar, de mi respiración forzada, del bombeo del corazón que se adapta a las escarpadas pendientes de estas montañas cuyos habitantes, de grandes copas, de enorme cuerpo, de sólidas raíces parecen habitar las laderas desde el principio de los tiempos; lo dicen sus troncos herrumbosos, cárdenos a veces, profundamente tallados transversalmente con la gracia de las formas del oleaje y adornados todos ellos con extraños jeroglíficos, líneas ocres y delgadas de aspecto arbitrario que trepan su tronco como si fueran venas a punto de reventar. Esos caminos que hacen las terminas para subir y bajar por el tronco, sustraídas en sus túneles así a la mirada de los pájaros devoradores de insectos. De vez en cuando la pedagogía ambiental ha clavado en sus maderas un pequeño cartel amarillo que indica el nombre de un árbol, de una planta. Me rindo ante la exuberancia de la diversidad y las limitaciones de mi memoria. Soy incapaz de retener más allá de unos pocos nombres que olvidaré dentro de un rato. Para mí todos son matapalos, árboles de grandes y nervudos pies.

El camino, embarrado por la lluvia de la noche anterior, pide atención parea no dar con el trasero en el suelo; las raíces, sobresaliendo en la tierra, ofrecen peldaños para los pies; algunas lianas sirven de pasamanos en las pendientes; mas mariposas, como pétalos revueltos por una ventolera sin control, forman pequeños enjambres que cruzan el espacio del camino. Soledad y silencio, comunicación entre el alma del bosque y el viajero. Todavía un rato, sólo un rato.

Media hora después, sobre un montículo, me cruzo con un pequeño grupo; minutos más tarde con otro mayor; al cabo del rato una chorrera de gente mata, aniquila el silencio del bosque; lo reduce a cenizas; ya no hay selva, silencio, diálogo con el entorno,; el vidrio de la mañana cayó al suelo hecho añicos. La masa invadió la jungla.


Ser masa, desaparecer en el estómago de la ballena de Jonás y no volver a ver el mar, los elegantes peces, el brillo de sus escamas, el escarceo de sus juegos; ya sólo está el griterío de la masa, las risas de las adolescentes, las bromas de los niños. Ser masa, espíritu gregario, comunidad viajera en fin; de la mano, para no perderse. El camino, un largo trail que recorre el parque, esconocido por la diversidad de las aves que se observan en él. Usted cree que si yo fuera ave, pájaro, gavilán, iba a resistir este griterio: pies pa qué os quiero; toda la comunidad salvaje del lugar no ha tenido más remedio que salir espantada. Ser masa, Dios; ser llevado de aquí para allá del mundo, de las salas de los museos, tras un paraguas rojo o amarillo en la plaza de San Marcos de Venecia, en la Torre Eiffel; ser masa acribillando a la Gioconda a flashes (prohibidos) para dejar testimonio de la presencia. Ser masa es más económico, más seguro... la masa nunca puede perderse en la selva.


Pero la masa diluye, espanta a los gnomos del bosque, ahuyenta los matices y los colores delicados, las luces y las sombras, el remoto canto de un pájaro; el misterio que esconden como tesoro inapreciable sólo es para los amantes constantes, sin prisas, para los amantes de manos acariciadoras, de mirada curiosa que investiga los rincones, las pelambreras de la vegetación junto al camino; para los amantes constantes y respetuosos. Cultura de masas; la masa como un ente, un exotérico y ruidoso organismo que tanto puede aclamar un gol como seguir los dictados de un partido o congregación.

Ser masa, feligresía: horror; pidamos a la virgen que nos libre del espíritu gregario que habita en alguna parte de nuestra masa gris, que nos alivie de su presión, que nos permita contemplar, acaso en apacible compañía los rincones del planeta. Joder, si al menos fueran un poco más silenciosos, más comedidos.

Me di una carrera, sudé como y pollo, sobrepasé a un centenar de personas, subí una cuesta, bajé, crucé un arroyo; y así, poco a poco fui perdiendo el contacto con la masa cuyo punto de destino era un embarcadero que yo ya había dejado atrás. Estaba a salvo.

Caminar, caminar media hora más y después de nuevo el silencio y los pájaro. A partir de aquí estaré solo el resto del día; sólo al final de la tarde, ya de regreso me encontraré con otro caminante solitario como yo. Decenas de pájaros desconocidos para mí, me acompañarán en el camino. Mi cámara fotográfica descansa discretamente; pasó por tantos rincones como primorosos jardines, por tantos bosques, que ya todo esto se le hizo familiar, dejó de ser extraordinario para ella. Ya lo decía también Pessoa; después de matar uno o dos tigres la aventura ha desaparecido. Pobre Pessoa que apenas se movió de Lisboa en toda su vida. ¿Qué sabría él de aventuras y de tigres? Aunque sí, sí sabía; de la aventura del intelecto, de las emociones, del cultivo de las sensaciones, esas cosas para las cuales no es necesario moverse de casa, todo eso para lo único que es necesario es tener desarrollada la sensibilidad y la atención.


¡Coño!, iba a guardar esto y me echo mano a la pierna y me encuentro un bicho largo paseando en mi pierna como si fuera un anemómetro en día de viento, pegada su cabeza a mi carne; e intento quitármelo y se me pega a la mano y no puedo deshacerme de él. Date, alguna extraña sangüijuela, me digo, esas que tanto repelús me dan, que nunca sé si, por motivos de salud, uno debe arrancar así a la brava. Me la arranco al final, la tiro. También hay mosquitos; no tengo más remedio que sacar el pringue del repelente, un producto eficaz pero untuoso y desagradable; ya hacía tiempo que me estaban picoteando las canillas. Y recuerdo aquella vez en un parque nacional al norte de Puerto Mont, en Chile; aquellos bichos negros, sanguijuelas, que se nos habían agarrado a las piernas a montones y que no sabíamos qué hacer con ellos; babosas diminutas agarradas sólidamente a nuestros tobillos.


Y después de tres horas de camino alcanzo una bifurcación. A la derecha un destino imposible, se me haría de noche por el camino; estoy muy cansado, me falta entrenamiento; a la izquierda Bukit Indah, que no sé qué es, imagino algún lugar particular, una techumbre para guarecerse; el camino se separa del río. Decido tomar el camino de la izquierda. Y cien metros más allá, un aviso en inglés: “Attention climber, you are at your risk”. Ah, magnífico; usted subirá bajo su propia responsabilidad (no faltaría más); riesgos, cerdas; el camino se pone en seguida de patas, estoy en mi terreno. Un abrupto espolón de rocas remonta la pendiente; me elevo despacio, observando cuidadosamente el vacío que se va abriendo a mis pies; el sudor se me mete en los ojos; utilizo el dedo índice de limpiaparabrisas, me paro, contemplo el río rumoroso a mis pies, entre las copas de los árboles; atravieso una arista de rocas, unas gruesas cuerdas ayudan a superar la travesía con tranquilidad. Cantos de pñájaros, rumor de agua, silencio. Llego a la cumbre: Bukit Indah, 122 metros; la montaña más baja que he subido nunca, un dato para el libro de los records. Pero es hermosa, un prominente peñasco, como la proa de un barco, que se asoma sobre las lomas, el río, la apretada vegetación que todo lo cubre y que hasta ahora me había impedido ver por donde caminaba.


La masa desapareció hace un par de horas. Estoy admirativamente solo. Me gusta. Ahora descansaré un rato, comeré alguna cosa y después reemprenderé el camino de vuelta a la caída del sol; con las manos en los bolsillos, resucitando alguna historia, recordando a mi novia que ayer estaba triste y celosa, pero que ya empezaba a recuperarse un poco, pensando en cómo nos va a ir a mi amiga con nombre de flor y a mí en este mes que entra; recordando que pronto será el cumpleaños de Mario y Lucía y no podré celebrarlo con ellos; preocupado por que Victoria no se agobie en exceso; pensando también en ese principio de verano en que recorreremos el sur del continente africano juntos. En fin, saboreando la satisfacción de no volver a encontrarme con esa ruidosa masa que recorre el mundo como si del caballo de Atila se tratara.


Mirar

Taman Negara National Park, 27 de mayo

Hoy fue la mirada que me miraba, la mirada indiscreta tras la cortina, más allá de la ventana asomando sus ojos por el borde superior del alféizar. Llegué a tiempo, su mirada será ahora permanente, rescató mi cuerpo, los sustrajo a mi sentido de la propiedad y ahora puede mirar cuanto quiera sin que yo esté presente. Sin embargo yo me quedé con su mirada absorta, con su mirada inquisitiva, expectante, la mirada que mira la vida tratando de hacerse cuerpo en otra, comprenderla, meter las manos en la arcilla húmeda, no para crear nada con ella, no, sólo para sentir el calor húmedo que nace de las entrañas de la tierra, en lo profundo de otro cuerpo. Amanecía sobre mi desvelo que esperaba paciente esa lechosa luminosidad con que el día iba hoy a levantarse sobre la línea de los altos arboles, una débil línea de niebla rasante que se mantenía sobre sus copas como humo de cocina de carbón, de invierno, sobre los tejados adormecidos de una lejana Asturias; amanecía también con la escandalera de los pájaros, los mismo de ayer, ahora intentando atravesar el cristal de mi ventana en donde ellos, probablemente, sólo descubrían el reflejo de su propio cuerpo, su antifaz -una especie de lavandera curiosa de nuestras tierras, ese ave de un salto inquieto siempre metido en el cuerpo como si tuviera encima el baile san Vito- Lechosa mañana, decía, esperando a que el despertador marcara la hora fijada para levantarme, porque hoy era día de caminar en la espesa selva del Taman Negara, que se demoraba largamente porque aquí, en estas latitudes, amanece lento, se demora la mañana interminablemente como si realmente se hubiera olvidado de que al fin tendrá que hacer acto de presencia, amanecer; ensimismada como está en los bucles y guedejas de niebla con que el bosque ha despertado, ahora todavía una niebla más espesa, más intemporal, pone en entredicho la posibilidad de que el día vaya a amanecer hoy.

No era necesariamente su mirada, pero alguien me miraba. Yo estaba boca abajo, dormitando, atento a mis sensaciones (cuidemos nuestras sensaciones; ya lo saben que lo decía Pessoa, cientos de veces lo dije y lo seguiré diciendo), lo sentía a mis espaldas, esos ojos abiertos, deseosos del ejercicio de mirar. Debe de ser eso; todo está en el cerebro y no sabemos muy bien los gustos ni los caminos del cerebro y confundimos lo tangible, lo que se toca con las manos, como prueba de verdad, cuando al cerebro le puede traer al fresco el cuerpo presente, la corporeidad tangible y cierta, porque él alimenta su alma de maneras complejas y sofisticadas. No necesita darse un atracón de lentejas con chorizo para saciar su apetito, no. Y era su mirada hoy la que hacía saltar los resorte de mi excitación; su mirada allá a la espalda, la certeza de que sabía que yo lo sabía que ella estaba mirando, aunque yo me comportara como si no fuera así. Complicados circunloquios, eufemismos para eludir la realidad, el alma; del placer de mirar y ser mirado. Arduos trabajos de investigación algún día llevarán a la conclusión de estas fuerzas poderosas a las que hoy hacemos dormitar como pájaro de mal agüero dentro de nuestro interior, no vaya a ser que puestos de manifiestos éstos nos tomen por un bicho raro cuando nosotros no queremos destacar, no queremos ser diferentes... es decir, queremos vivir, pero a la vez que nos dejen en paz.
Su mirada tras mi espalda, descubierta en un instante de ese lechoso amanecer que empezaba a tomar al asalto mi solitaria habitación de viajero; un momento en que por demás mi cuerpo astral había empezado a tomar posesión de otra mañana y otras circunstancias en las que mis manos empezaron a llenarse de la masa con la que crear un objeto artístico, bello, agradable al tacto, a la vista; su mirada, esos ojos abiertos como platos que yo sentía tras de mí, que imaginaba, porque es mi mirar de niño, mi mirar desasosegado, mi mirar necesitado del estímulo de un escenario, de unos actores; quizás descubrir qué hay tras los maullidos sin llegar a verlo porque la mirada necesariamente no es un hecho fáctico sino un algo intencional. No quiero llegar a ningún sitio, no quiero terminar mi ascensión ni llegar a ninguna meta, quiero disfrutar del camino, de la tensión, de la expectativa; quiero arroparme en la incertidumbre de lo que está pasando más allá, quiero oír, y quiero mirar pero sólo un poco, que únicamente me sea accesible la sugerencia, la posibilidad de lo que está sucediendo al otro lado, la llamada esa que ha de ponerse en comunicación cifrada con una parte de mi organismo hasta despertarlo, incitarlo hasta la crispación; sistema nervioso alborotado, como azuzado por los alfileres de placeres incongruentes, llamadas de la selva misteriosa, gritos de vida. Atisbar, imaginar, y ya en el umbral avanzado del día que comienza, por fin, mirar... y ver... y sentir cómo el río Ebro se desborda y anega la tierra próxima, en silencio, envolviendo acaso entre el repicar de las campanas de El Pilar sus suspiros, la conclusión de este amanecer humedecido por la mirada, tu mirada, mi mirada buscando el color de tus ojos tras mi espalda.
Mirar y ser mirado. Ejercicio pleno que nuestros hábitos obstaculizan, olas y espuma, mar encerrado en la prisión de nuestro susto. Mirar y ser mirado; no tocar, demorar el instante, el arte de la contención en la música, esa fuerza, como una corriente salvaje (una vez más), retenida en los límites de nuestro deseo. Y continuar mirándose y dejar que el cuerpo siga respirando, bombeando el corazón, latiendo hasta la última célula de nuestro organismo, sediento él de la única cosa posible a la que le es dado aspirar, vivir. Vivir y caminar por los aledaños en donde la vida se reproduce, se crea. Gozar de la brisa que corre junto a ese precipicio que necesariamente había de ser sugerente, de una fuerza arroyadora, para así propiciar el encuentro. Encuentro multiforme, palpitante en cuyo interior late el deseo, la mirada escrutadora, la mirada nerviosa y excitada.
Consideraciones para un trabajo de corsetería si se quiere, el erotismo al alcance de todos los bolsillos. Limpieza de ojos, limpieza de oídos, abandono en el impreciso mundo de las nieblas y los amaneceres en donde cazar fantasmas y habérselas con las diabluras de nuestro sabio instinto constituye una posibilidad tras la que hay que ir. Lo de siempre, dar tiempo al tiempo, despertar al alba y escucharse, escuchar la llamada de la selva, la llamada de la vida, saber de los ojos que nos están mirando; mirar a su vez. Mirar, ver, mirar.
Inútil e incongruente discurso para aquellos que no gustan mirar. Me prometo en otro día seguir otra línea argumental de la mirada, que ya me sugirió días atrás mi amiga desconocida. Por cierto ¿estás ahí? Ya, ya sé que no era tu propuesta de mirada, pero no importa, ya habrá otro día para otras miradas. La de hoy sabía a fresa y chocolate, era dulce como la miel, y se invitó sola sin que yo la llamara. Fue mi cómplice matinal.