Dioses, fakires y otras cosas difíciles de comprender

Kandy, 6 de junio

Es pan de cada día encontrarse con parcelas de la realidad difíciles de comprender; y ahora, con mi sabia amiga al lado, todavía más, porque saltando de un tema a otro en una cháchara matinal que arranca mientras desayunamos y que se prolonga hasta el mediodía y que nos lleva a recorrer medio mundo, nos tropezamos una y otra vez con verdades parciales que poco a poco según avanzamos necesitan de una potente linterna que alumbre la oscuridad creciente que la realidad múltiple y compleja hace extraordinariamente difícil de aprehender. Hoy comenzamos hablando de cierta persona con el cuerpo destrozado por la droga y el sida, los callejones sin salida que las vidas errantes eligen sin apenas ser conscientes de ello; y de sus consecuencias, y de cómo el entorno se vuelve agresivo e insolidario con las equivocaciones de la vida. Y cómo las personas necesitamos de alguien que nos escuche y nos dé un poco de afecto.
Hizo mal uso de su vida y pagaba las consecuencias; no había ya la opción de rectificar, sólo cabía, mientras llegaba el final, encontrar unos ojos en los que poder verse, un rostro delante que mirara atento y escuchase las palabras que el cuerpo enfermo iba diciendo, alguien cuya frecuencia vibrase en parecida longitud de onda que la propia.
Después estaban los padres metidos en sus propias vidas; y tener hijos una condición inherente a la fase de la vida adulta. Y seguir el propio impulso, lo que dicta la costumbre, el medio; y los hijos no eran mucho más que el acontecimiento normal de los días y los años; el reflejo de la propia autoridad, acaso la posibilidad de realizar en la prolongación de uno mismo lo que no pudo completarse antes en la propia aspiración; hijos, ciudadanos, en quienes confirmar las leyes de Méndel; seremos guisantes con mayor o menor brillo, pero guisantes. ¿Hasta qué punto importa realmente el yo autónomo del ciudadano a la sociedad, a sus gestores; el hijo, su persona esencial, a tantos padres?
Y el individuo queda al filo de la vida adulta abandonado a su propia suerte. Tiempo para recomponer el panorama de la propia existencia, tiempo para romper dependencias, para hacer balance y colocar en las columnas del debe y el haber cifras, hechos, ideologías, confianza en sí mismo, las dosis de buena o mala educación recibida, los handicaps, los valores acumulados. El largo camino de hacerse adulto pasa por este ejercicio de autodeterminación, ejercicio de derrumbe incluido, a veces tan importante antes de comenzar a construir algo nuevo. Todo dependerá de cómo hayan ido las cosas antes. Esta mañana, en nuestra conversación, no había más que la posibilidad del derribo para empezar a construir desde los cimientos.
Si uno no hace esa tarea, si no comienza ese trabajo de reconstrucción de sí mismo entonces, es fácil que más adelante la tarea sea imposible. Los ojos se habitúan a la oscuridad y como peces abisales sólo creen que existe el abismo de esa oscuridad en donde sólo pálidos reflejos fluorescentes flotan en el ambiente.
Ser uno mismo. Crear nuestra propia realidad, como decía ayer. Mi cantinela, producto de fuerzas vectoriales diferentes, termina dirigiéndose a donde le conviene; allá donde le pica la sarna se rasca el perro. Parte de estas líneas podían tener un claro destinatario/a; un resto que me queda de intentar convencer a alguien de las bondad del mundo que vivimos. Una monserga que me sale continuamente escribir, un mantra, una jaculatoria. Santa Maria: ruega por nosotros; Santa Madre de Dios: ruega por nosotros. Y así cien, doscientas veces, hasta convencernos realmente de ello, hasta hacerlo carne de nuestra carne. Me gusta el budismo, más que las monsergas oscurantistas y dogmáticas del trasnochado catolicismo apostólico y romano; aquel básicamente una guía para conducirse uno a sí mismo más que una religión; una creencia altamente basada en la tolerancia, en la ternura y en la moderación.
A la conversación de la mañana le salieron muchas ramas, pero al final todas apuntaban a la necesidad de, frente a vientos y mareas, abrirse paso camino de uno mismo. Me gusta oír a Margarita confirmar que un porcentaje altísimo de las enfermedades tienen su raíz en la dejación que hacemos de nuestra fuerza; conforta saber que una mente sana resiste e impide que las enfermedades se hagan un hueco en nosotros. El individuo aquel de que hablaba más arriba debió de encontrar vagamente en la heroína el camino de la iluminación que no le podía proporcionar el medio en el que vivía; en el otro ejemplo una infancia calamitosa contribuyó a que la vida quedara varada por el peso muerto de la falta de autoestima. En ambos casos la carencia de confianza en uno mismo echa por tierra el trabajo de crecimiento personal y deja abierta la ventana a los resfriados y a los desarreglos de todo tipo. Sanar a base de fuerza de voluntad.
En el último post tuve un lapsus que me corrigió mi secretaria –Victoria, naturalmente ()-, escribí que había en España quienes creían que los vascos tenían cuernos y llevaban tricornio (en lugar de tridente), como los diablos. Tanto ella como yo nos reímos mucho cuando descubrimos la errata; quizás el lapsus tenga alguna lectura freudiana, porque imaginar a los vascos con tricornio puede ser como revivir la larga pesadilla de una guardia civil que sobrevoló sobre sus cabezas durante décadas como una sombra negra; tan negra como la respuesta que éstos recibieron por parte de los primeros. No me parece muy diferente el empeño de los vascos por ganar la autonomía, la capacidad de decidir sobre sí mismos, que aquel otro de quien vivió bajo el oprobio de una “mala educación”, un mal techo familiar o la tiranía de una vida que no era la suya e intenta hacerse un hueco en la vida acorde con sus gustos y descubrimientos.
Para mi gusto me faltaría hablar de Buda y los fakires antes de terminar estas líneas, una visita a una colina donde se alza una gran estatua de obra, y una representación de danzas del país que se cerró con un espectacular paseo de dos hombres sobre un manto de brasas y altas llamas. Buda sería una propuesta de camino y el trabajo de los fakires la fuerza de la voluntad con que persistir en el camino elegido.

El ejército en la calle

Colombo-Kandy, 4 de junio

“Avalokitesshavara, the most important of the bodhisattvas, leads us to realize that everything that has happend in our lives, whether directly or indirectly, is the result of our aspirations. We create our own reality.” El otro día, mientras volvíamos del aeropuerto dimos un repaso a ese tema tan latente hoy de los libros de técnicas de crecimiento personal; lo relacionábamos con las religiones orientales, con esas lecturas que tanto abundan en todo el mundo, sea de Osho, Khrisnamurti, Paolo Cohelo, y que indican una preocupación generalizada por el propio enriquecimiento. Expresábamos la paradoja de lo huérfanos que nos encontramos de conocimientos que vertebren una conducta capaz de ayudarnos a encontrar nuestro propio camino, el equilibrio, la paz interior, y lo lejos que nos encontramos en la práctica de atender al negocio personal con dedicación suficiente. Con la mañana ya avanzada nos habíamos acercado a un templo budista situado en el centro de un lago, un paraje que recordaba la película Primavera, verano, otoño, invierno. En el vestíbulo mirábamos una rueda de la vida que guardaba cierta semejanza con el El carro de heno, de El Bosco. Allí estaba en grandes caracteres la cita que encabeza este párrafo: los textos budistas nos enseñan a darnos cuenta de que lo que nos sucede en la vida, directa o indirectamente es el resultado de nuestras aspiraciones. Nosotros creamos nuestra propia realidad. Maravilloso descubrimiento el que nosotros a la corta o a larga seamos los creadores de nuestra propia realidad. Ello aclara muchas cosas, pone en nuestras manos el timón de nuestra vida. Parecidos pensamientos pueden leerse en los autores citados más arriba. Es un conocimiento milenario que con frecuencia olvidamos: yo creo mi propia realidad; las circunstancias no pueden ser más que un accidente en mi camino; mis condicionamientos un reto; el determinismo sólo existe en nuestro cerebro.

Paseamos más tarde por otro bello monasterio; en el centro de su patio crecía un enorme ficus, esos árboles devoradores que llegan a tragarse ciudades enteras; inconmensurables; voraces; todo un reino de vida que sirve de hogar y sustento a innumerables plantas tropicales; comadreo vecinal, simbiosis; por sus nervaturas suben los túneles de las termitas que se elevan así por el tronco fuera de la vista de los pájaros. A sus pies medita un buda que escucha impasible el agua de una fontana cercana en donde nadan carpas de colores. Un elefante con cara de aburrido espanta moscas con el rabo; una fila de feligreses hacen cola frente a un monje que ata a sus muñecas un cordino de algodón blanco; el sonido cantarín del agua me recuerda el claustro de alguna iglesia románica del Pirineo. Hace mucho calor; cuando atravesamos el patio de losas de mármol para alcanzar nuestra sandalias, las plantas de nuestros pies chillan; hago aspavientos y un grupo de mujeres de sari blanco ríen de la situación. A veces el suelo quema y hay que pasar corriendo para no quemarse.

Es el caso de esta ciudad, caliente también por el olor a pólvora. No es agradable pasear por una ciudad tomada literalmente por la policía y el ejército. Fort, la parte antigua de la ciudad, que limita con el mar y se encuentra relativamente separada del resto por un par de canales y una gran laguna, alberga el Trade Comercial Centre, los hoteles de mayor categoría, los edificios oficiales más notables. Las bocacalles, cerradas todas al público, a excepción de la vía principal, aparecen defendidas con sacos de tierra en cuyo borde superior descansan los fusiles. No se puede ir cinco minutos en una rischaws sin que algún control policial nos obligue a detenernos para mostrarles los pasaportes. De todo ello queda constancia notarial en unos grandes libros, en donde cada vez un oficial escribe los datos de los viandantes. La mayoría de estos soldados no sobrepasan los veintiún años; la mayoría adoptan posturas arrogantes, miran a los transeúntes desde su status de autoridad; si bien en algún momento no son capaces de sostener la pose y por su rostro se escapa la mirada tímida, el gesto amable que subyace bajo el uniforme. Los perros guardianes también parecen tener su alma de niño. Junto a las calles acordonadas rompen las olas y el agua se eleve una decena de metros sobre la acera. Atardece. Nos acercamos por un paseo solitario hacia la rompiente, pero es inútil, la barrera de rifles, el miedo, ha levantado la parafernalia de sus trincheras alrededor del dinero y de los órganos de decisión y poder.

De momento había desistido de hacer fotografías para no levantar las ganas depredadoras de alguno de estos jovencitos que surcan las calles con aspecto aburrido y mirada de estar pensando en su novia; van cargados con su fusil y llegado el momento pueden tomarse muy en serio su trabajo; les han dado un puesto de responsabilidad y ésta les asume de la convicción de su función; otros sobreactúan, necesitan contonearse frente a sus superiores y hacer notar su celo en la tarea encomendada; como sucedió ayer, que paseaba por la calle con la cámara colgando, pero notoriamente en estado de inactividad, cuando uno de estos soldaditos, viéndome, tuvo necesidad de hacerse notar y se tomó el trabajo de cruzar la calle para interesarse por las fotografías que podría haber estado haciendo del edificio en cuya puerta él hacía guardia. No pude evitar de sonreír sardónico ante una película que ya conocía de dos años atrás, un día viajando entre Senegal y Malí en que un policía algo lelo, con ganas de hacerse con una cámara fotográfica, pretendió que yo había estado fotografiando su cabaña de adobe y tejado de paja, oficialmente un puesto de aduanas. En aquella ocasión me sorprendió y enfadó tanto que prácticamente me tiré al cuello del policía, cuando éste de manera inesperada dio un tirón y arrancó la cámara de mis manos. Fue necesaria la presencia de un letrado (alguien capaz de leer) para que me perdonaran la vida y me dejaran partir después de aleccionarme y devolverme la cámara. Por demás el espectáculo se había hecho público y veinte o treinta pasajeros se habían interesado por la suerte del viajero y su cámara, lo que debió de forzar la “conmiseración” del oficial de policía. Lo de ayer tenía más pinta de sobreactuación, de ganar puntos ante la superioridad. Me hicieron pasar al interior de las dependencias militares y allí tuve que hacerles un pase de mis últimas fotografías. Cuando se cansaron de ver retratos, budas, paisajes callejeros, se interesaron por otro juguete, ahora era el teléfono; estuvieron buscando durante dos o tres minutos el agujerito de hacer fotografías, pero casualmente mi teléfono carecía del él.

Las noticias que me mandan de casa vía email no son nada alagüeñas. Anteayer mismo las fuerzas del ejercito han estado bombardeando posiciones del separatistas Movimiento para liberación del Ealan Tamil (MLET); en el este de la isla y, en la noche del pasado viernes, la policía descubrió un camión cargado con más de una tonelada de explosivo C4 en un punto de control a ochenta kilómetros al norte de la capital Colombo. Desde el comienzo de los enfrentamientos, al menos setenta mil civiles y militares perdieron la vida. Sólo en 2006 se registraron más de cuatro mil víctimas, pese a la vigencia de una tregua pactada hace cinco años.

Caminando hacia el sur por un paseo marítimo solitario tomado por los militares, vamos poco a poco encontrándonos con los paseantes dominicales. A ellos tampoco les gusta la soldadesca y según ésta va desapareciendo van apareciendo los viandantes y los enamorados. Junto al crepúsculo que empieza a dorarse con los colores propios de la fiesta vespertina, se despliega una curiosísima fila de paraguas, bajo los cuales las parejas, ocultas a las miradas de los transeúntes, se besan y hacen manitas; poco más o menos como en nuestro país en los años setenta, que había que besarse entonces lejos del alcance de los grises, no fuera a ser que te detuvieran por escándalo público. Los enamorados, todos cubiertos con sus respectivos paraguas, ocupan, en fila india, como no podía ser de otro modo en este país, uno de los escalones del paseo. Son muchos y eso les hace más atrevidos.

El mar rompe frente a nosotros perlando de espuma y lluvia el paseo. Se sienta junto a nosotros un hombre parlanchín de tez morena y ojos inquietos. Un superviviente el último tsunami de la zona; el mar se llevó a su esposa, a su hermana y a su madre; es pescador, también el mar se llevó su barca y destruyó su hogar. No, no tiene aspecto conmiserativo; charlamos, nos retratamos juntos; coloca su brazo junto al mío y esboza una amplia sonrisa; saco la cámara nuevamente, fotografío esos dos brazos, el del viajero y el del superviviente del tsunami. Su mirada es franca; aquí la vida tiene otra consistencia, la precariedad, la incertidumbre de si mañana habrá algo que echarse a la boca, viste el rostro de cierta nobleza de la que carecemos los que vivimos bajo el palio de la santa hermandad (Sabina, dixit) de los asegurados a todo riesgo.

Tras el mar que rompe aparatoso, se desarrolla ahora el espectáculo para el cual hemos venido aquí a sentarnos, junto a los enamorados. Todo se hace ámbar y fuego. Le pido a Margarita que pose de perfil frente al señor del fuego; luego saco el zoom y recojo esas perlas doradas que el sol deposita sobre el escenario; le acompaña un barco mercante, las nubes lucen su traje de final de tarde. Es hora de recogerse. Pararemos una moto richaws que nos dejará en las concurridas calles de Fort Railway Station, cenaremos en un restaurante cercano y subiremos en seguida a descansar tras este intenso día de peregrinación. Mañana tomaremos temprano el tren a Kandy.

Innato, adquirido o cosecha propia

Colombo, 3 de junio

Mi amigo dice que el sentimiento de exclusividad es innato y que por tanto nada se puede hacer contra él; hace no mucho hablando acaloradamente con una amiga que es psicoanalista se me escapó hablar de la curiosidad como algo innato en el hombre, lo que hizo que bajáramos de los árboles y exploráramos nuestro entorno; ella me paró diciendo que no, que la curiosidad no era innata; hoy me desperté bajo el chorro del ventilador acompañado, era agradable encontrarme con un cuerpo al lado después de este largo vagar solitario por las riberas del Pacífico, Margarita dormía plácidamente envuelta en el ruido ensordecedor de este amanecer urbano; la necesidad de ternura también debe de ser una necesidad innata; cuando dos personas construyen durante más de un lustro una intimidad, una convivencia, el cerebro límbico gota a gota va fijando sobre su estructura fisiológica un fuerte sentimiento de pertenencia que se traduce como si la otra persona de alguna manera hubiera pasado a formar parte de nuestro organismo; uno no se puede arrancar un brazo porque forma parte de sí mismo, de la misma manera que no puede arrancarse de uno un hijo, o acaso un amante, que el tiempo asoció, mezcló, hizo intimidad con el propio sentir, el propio organismo.
La lista de realidades sería interminable. Hace muchos años leí un enorme tocho de Luis Cencillo, que llevaba ese título, Tratado de las realidades, aquello debía de ocupar más de un millar de páginas de gran formato. Tratar de hablar sucintamente de estas cosas sería casi una frivolidad; la cantidad de material de reflexión que nos proporciona la vida a diario es tal como para volverse locos si quisiéramos dar salida a todo ello intentando poner orden no sólo ya en los asuntos aisladamente sino en la interrelación de las innumerables variables que sus mutuas dependencias suscitan. Sin embargo entre quedarse mudo e intentar aclararse un poco en lo que sucede en nuestro organismo, mejor atenerse a lo segundo.
Como uno no es filósofo ni tiene excesiva capacidad para el análisis pormenorizado, como le sucede al señor Marina, se ve limitado frecuentemente a utilizar otros criterios de acercamiento a la realidad que responden más bien a las intuiciones y a esa vara de medir y de concluir asuntos que dice que es válido aquello que funciona, y no válido aquello que no. No hace falta ser sabio para ir encontrando los caminos de la propia verdad, sólo basta interrogar a nuestro organismo, esa lumbrera que trabaja desde nuestro interior a veces lejano a nuestros propios razonamientos, y que llegado el caso nos sorprende con un arranque de ternura, con un afecto, con un sentimiento del que nuestro yo consciente no tenía conocimiento hasta ese instante. El cuerpo sabe mucho más que nosotros mismos. Quizás por ello no haya que estudiar tanto ni devorar desde los presocráticos hasta Heindeger, aunque algo ayude su lectura, sino que sea buena idea recurrir a atenuar el parloteo en que nuestra mente de continuo se ve empleada –un rato de yoga, meditación zen, la contemplación del ir y venir de las olas, el subir y bajar de las llama de una hoguera-, hacer silenciar la siempre inquieta disposición de nuestro cerebro para estar continuamente en movimiento, pasando interminablemente de un tema al otro, para en el silencio poder escucharnos a nosotros mismos; como decía ayer el personaje femenino de Dickens que no veía nada especial en el fuego, pero mirándolo ella veía crecerse. El método funciona, y curiosamente mediante él se llega con frecuencia a parecidas conclusiones de esos sesudos pensadores que emplean su tiempo en desentrañar la realidad.
Un día uno se ve sorprendido por un pulso acelerado sobre la carótida, el corazón ha empezado a batir con fuerza desacostumbrada; otro nos encontramos con los ojos húmedos; otro ve frustrada su estratagema para liberarse de un afecto que ha calado muy hondo en su organismo; otro nos entran unas ganas locas de hacer un viaje, escalar una montaña, correr un maratón. Nuestra curiosidad nos lleva tras un cuerpo nuevo, nos hace llegar a las profundidades de una cueva en donde el silencio y el ruido cavernoso del agua deslizándose bajo las estalactitas persigue al hombre primigenio que habitó en el interior de la tierra. Decimos, esto es innato, aquello lo aprendimos, lo otro se fijó a fuego en nuestro sentir, con de más allá ya nacimos puesto; hablamos de la conciencia como si hubiera una codificación interna previa a toda existencia que fuera parte consustancial de nosotros mismos; hablamos de nuestro ser interior como si nos debiéramos a una oscura realidad nuestra que también puede concebirse como realidad con raíces en un pasado previo a nuestro nacimiento (algo en lo que no creo pero contemplan todas estas religiones del sureste asiático). Margarita hablaba ayer de un yo que trasciende la vida, aprendizajes que hicimos en otras vidas y que mediante técnicas especiales de regresión podemos reencontrar en nuestro presente de hoy.
Abrirse paso en uno mismo para aprender a discernir, saber si el amor que tuviste es una inútil dependencia cuyo final hay que forzar, conocer de las fuerzas que estimulan nuestra curiosidad, de las posibilidades de nuestro organismo, de las trampas que el hecho social nos tiende para ceñir nuestro comportamiento a las necesidades del grupo; saber si eso de la exclusividad es una realidad o es nuestra incapacidad la que habla intentando crear lazos de dependencia-sumisión en los que guarecerse de las inclemencias del tiempo, un seguro de vida con el que echarse a dormir una vez sosegada nuestra inquietud, nuestro miedo a la soledad. Conocer qué es amar y no confundirlo con los grilletes de un contrato notarial o divino (¿estás ahí, mi amiga desconocida? Esas palabras que te leí: lo que Dios ató no puede desatarlo el hombre... que yo creo que son más de lo mismo, cómo las religiones y la sociedad organizan su mundo, y nos lo inoculan después hasta hacernos creer que está en la naturaleza humana esto y lo otro, de la misma manera que está en la naturaleza humana obedecer ciegamente al poder, a los popes, a los dioses que ellos inventaron a veces con oscuras razones. ¿Quién tiene la razón aquí en Sri Lanka los cingaleses o los tamiles? Los cingaleses tienen el poder, son más y mejor armados, y eso da pie para reconocerles como los señores de este país, pese a los cientos de años que los tamiles llevan ocupando estas tierras. En España hay mucha gente que piensa que los vascos son habitantes del del infierno, tienen rabo y llevan un tricornio en la mano como Neptuno; la cultura política centralista hizo estragos en nuestra tierra. El íntimo convencimiento que tantos tienen sobre una tan manifiesta mentira se basa no más que en un goteo ideólogico inoculado por intereses mezquinos y mentes extraviadas. Un paréntesis más, qué le vamos a hacer. Ah, y por supuesto, mis respetos, no obstante, para creencias que no son similares a las mías).
En realidad todo forma parte de lo mismo, tratar de aprender.

Al sur del golfo de Bengala

Colombo, 2 de mayo

Decía Marguerite Dura, que para saber qué es lo que uno va a escribir, la única manera de averiguarlo es ponerse a escribir, ver qué va saliendo. Esto que hago yo esta mañana recién amanecido en Colombo bajo los auspicios de un ruido que hace de todo punto imposible dormir. Veamos qué sale en esta mañana de espera antes de que me de una ducha y coja el autobús para ir a esperar a mi amiga.
Hoy, aunque ya sin muchas ganas me veo obligado a dar continuidad a mi post de ayer que se quedó a la espera de conciliar el sueño tras un agitado movimiento de cuerpos en la habitación contigua. Pero mientras, pienso en mi amiga, imagino a su hijo Javi despidiéndola en el aeropuerto. Hemingway decía del tiempo que era el río en donde él pescaba; y a mí se me ocurre esta mañana que mi blog no deja de ser una buena caña de pescar con la que de vez en cuando recupero alguna pieza del ciberespacio. De momento, colgando del hilo de mi caña ya está la prueba de la eficacia de las palabras (las suyas y las mías, claro, esa poderosa herramienta que nos hizo crecer y desarrollarnos como seres pensantes); ellas han servido para encontrarnos entre los bytes; mi amiga con nombre de flor vuela en este instante camino de Colombo. Y hablando de peces y de ríos, también está mi amiga desconocida, y que me mira algo inquisitiva desde los buenos aires de su tierra (creo, que el Google aunque es sabio a veces se equivoca), deseando poder seguir leyéndome aquí. También está (estaba quise decir) mi ex, Marisa, que, celosa ella, usa el ciberespacio para aporrearme; en él anda investigando los ires y venires de mi caña de pescar abajo y arriba del río.
En fin, a lo que iba. La verdad es que lo de ayer no fue nada gracioso. Llegaba con media hora de retraso al aeropuerto; había una numerosa cola para el check-in y apenas faltaban tres cuartos de hora para la salida del avión. A los quince minutos me llega mi turno; me toman el número localizador; en el ordenador de la compañía aérea no aparece mi reserva; el tío me devuelve el pasaporte y mi papel y se queda tan campante, sigue a sus asunto. Le tengo que despertar. Que me vaya a reclamar a la compañía a la que compré el vuelo, me dice, así, sin más, en alguna oficina de Singapur. Por fin consigo que hable con Emirates Airlines, a través de cuya empresa compré el vuelo en Internet; pero me larga el teléfono y hay un condenado ruido que apenas me deja oír y la tía que me atiende habla muy deprisa y apenas me entero de nada. Terminan indicándome que suba al piso superior a cierto despacho. El tío de Emirates (hoy son todos tíos y tías) pretende decir que llegué tarde, pero mi reserva está allí; ya sólo quedan diez minutos para la salida del avión. Se arregla al fin lo del billete, pero ahora en el mostrador me piden otro billete, el del avión de salida de Sri Lanka; para entrar en este país previamente tengo que haber comprado un vuelo de salida. No tengo ese billete, pero compré un billete electrónico entre Bombay y Johannesburgo: no les sirve, que vaya a contratar un billete ahora mismo (????), y lo dice tan creída ella, cinco minutos antes de que salga mi vuelo. Al final a alguien se le ocurre la radiante idea de hacerme firmar un papel por el que eximo de toda responsabilidad a la compañía aérea ante las autoridades de inmigración del país en donde aterrizaré; de manera que si hay problemas y me tienen que deportar, mandarme camino de vuelta o similar, yo cargo con los gastos. ¿Qué voy a hacer?: firmar; no me importa, lo que sea, ni leo el papel, lo que quiero es no perder el avión. Así que ahora la gran carrera por los pasillos del aeropuerto; me consuela comprobar que no soy el único, un extranjero lleno de tatuajes y una familia completa empujando a un bebé en una silla de ruedas me preceden pies para qué os quiero.
Ahora está bellísimo el panorama, sobrevolamos el estrecho de Malacca, el de los piratas; poco más allá está la costa de Sumatra, la desembocadura de un gran río, probablemente aquel que remonté camino de Pekanburu. Es hermoso, me recuerda otro vuelo por encima de Groenlandia; era una luz similar, suavemente azulada; allí en vez de los ríos eran glaciares; desde el aire la luz difusa y azulina aplana el relieve, pero incluso así, después de los agobios y nervios del aeropuerto es agradable mirar por la ventanilla del avión. Ahora sería demasiado que los de inmigración me pusieran de patitas en otro avión, que no podría ser camino de la India para donde todavía no tengo visado.
Ojeo lo que escribí anoche, ¿un puñado de frivolidades?, acaso, pero no siempre está el horno para otra cosa y en estos casos más vale reír que llorar, o entretenerse con esas cosas que por mucho que queramos no dejan de encerrar una buena parte de nuestras íntimas inquietudes; caminar por la vida sin ellas sería como sacar a pasear al cuerpo sin la estructura ósea.
Cinco minutos después me bebo la primera cerveza desde hace dos meses; una turbulencia repentina casi da con ella en el suelo. Después de meses de viajes hay siempre un momento en que uno descubre que existe la cerveza; la cerveza o algo similar. Hace años, después de cinco meses de vagabundear por Asia, camino de Dubai me puse los cascos que me dieron en el avión y la sorpresa fue toparme con la sinfonía Júpiter de Mozart; fue un momento de indescriptible encuentro con mis raíces después de abandonar los países de los arrozales. Esa sensación de que cuando vivimos la vida diaria en casa no somos conscientes de lo que tenemos, la cantidad de cultura que los milenios han acumulado dentro y fuera de nosotros; e indudablemente la cerveza esta mañana era el mejor signo de cultura que yo tenía a mano.
Cosas éstas que ayudaban a mi organismo a irse relajando. Lo peor de estos incidentes es que a veces le dejan a uno disminuido, que ya venía yo tocado del ala desde ayer cuando en el tren descubrí que el billete que había comprado entre Singapur y Colombo no era para la fecha correcta.
Sumatra ya no es un mito, las tierras vírgenes que costeaban los piratas ahora es un paisaje surcado por los meandros achocolatados de sus grandes ríos, tocado por altos cumulonimbos que juegan en la altura a adornar la línea de la costa al norte de la isla; la costa en que en el año 2004 un tsunami dejó doscientos mil muertos, principalmente niños y gente que no tenía posibilidades de huir de la enormidad de aquella catástrofe.
Ahora ya es el océano Índico, al sur del golfo de Bengala, azul intenso por abajo y blanco ceniza por arriba. Mi viaje sigue el itinerario del sol; no estaría mal que terminara dando la vuelta al mundo en el sentido de las agujas del reloj. Fantaseo; ayer mandé unas líneas a una amiga proponiéndole un viaje otoñal por Centro África, un modo de seguir adelante; esta vez en compañía, que me temo que lo voy a necesitar, pero mi amiga no es una mujer valiente, cree en la predestinación como los feligreses del Medioevo, y en consecuencia ni pensar en dejar su pueblo; ella seguirá cuidando animales, lo poco que le permita hacer su predestinación, y yo viajando.
Sí, me voy recuperando; ya creo que a mitad del vuelo seré capaz de haber vuelto a la normalidad.
¡Dios!, ¡qué bello es este mundo! Abrir los ojos y verlo, observarlo. Desaparecieron los tonos suaves como de día de calina invernal; ahora las nubes cabalgan pachonas, altísimas, llenas de protuberancias, perezosas, sobre el azul profundo del océano. Nuestro avión ocupa la línea superior por donde ellas asoman la cabeza. Abajo parece que no hubiera nada, profundidad azulada. Si fuéramos unos proscritos de esta tierra, podríamos seguir volando indefinidamente de la mano de Piero de la Francesca en este cielo de renacimiento italiano.
Avistamos la sinuosa línea de la costa. El Ramayana sitúa parte de su acción en esta isla. Rama, un legendario príncipe hindú, a pesar de ser el heredero legal, acepta el destierro durante doce años. Mientras se encuentra en el exilio, su esposa, Sita, es secuestrada por Ravana, el malvado rey de Lanka, algunas veces identificado como Ceylon, ahora Sri Lanka. Rama acude a su rescate con la ayuda del el Rey Mono, que le provee de un ejército de primates que, con tierra, rocas y los árboles de inmensos bosques construyen un puente entre el continente indio y Sri Lanka. Rama cruza el puente, mata a Ravana y rescata a su esposa.
Parezco estar acostumbrado a estas cosas y, sin embargo, soy como los niños cuando me subo a un avión. Al final del vuelo era esa alta meseta que atravesábamos sobre las tierras del legendario raptor: montañas verdes que se derramaban por valles y valles buscando la llanura, las quebradas y angosturas del terreno; nubes blancas que se rascaban los pies contra las cumbres arboladas de los montes; la línea sinuosa de la costa, donde una salvaje deforestación ha dejado una ancha franja desnuda (estos países perdieron tras los años de la Segunda Guerra Mundial la mitad de sus recursos forestales). Mundo verde y húmedo sobre el que no tardará en caer el monzón hinchando los ríos y empapando como una esponja la tierra cada tarde. Parecía una tierra amable con sus campos de labor discurriendo entre los grandes bosques como los brazos de un inmenso delta. Delta de aguas verdes en donde las islas y las lomas se alimentaban de las sombras de las palmeras. Y ya mismo Colombo a nuestros pies.
En inmigración nada de nada, su autoridad, una simpática jovencita de piños prominentes sonreía amablemente al otro lado del control de pasaportes. Bienvenido a Sri Lanka.
Me voy corriendo al aeropuerto a esperar a mi amiga con nombre de flor.

Para sustos que no quede

Colombo, 31 de mayo

Sucedió que las cosas se precipitaron. Bajé de las montañas apaciblemente, como quien iba a demorar en el camino a Singapur un par de días entre las páginas de un libro y otro, pero después no pude evitar seguir la cuesta debajo de los acontecimientos, que me dejaron, sin comerlo ni beberlo, inesperadamente en las calles de Colombo al día siguiente. Hoy, faltando a mi costumbre de irme por los Cerros de Úbeda con consideraciones “marginales”, voy a contar algunas cosas del viaje, eso que acaso debería hacer el viajero con más frecuencia y que no hace porque tiene cierta disposición a la divagación. En inglés wander, deambular, vagar, divagar (she let her mind wonder, dejó vagar la imaginación), que es uno de los más extraordinarios deportes que el viajero conoce; horas de no hacer otra cosa; (y tendré que introducir un paréntesis y decir mientras tanto como el Tenorio:

Cuán gritan esos malditos,
y que mal rayo me parta
si en terminando esta carta
no pagan caros sus gritos,

porque me place la habitación en que voy a recibir a la princesa viajera que llega mañana procedente del sur de Madrid, pero, amigo, tiene un ruido matinal que asusta, coches, megafonía, gentío, mercado; de todo hay; y quizás es que he olvidado que India y las “Lágrimas de la India” (ese parece el antiguo significado de Sri Lanka) son los reinos del bullicio... y de los olores suaves y penetrantes, también; India es el reino de muchas cosas, además de la tierra de los hombres y mujeres de piel oscura, del perfume a sándalo, del penetrante olor de las ofrendas florales. Continúo:), pero también wonder (preguntarse, pensar, maravillarse), que añade, como se ve, matices peculiares a wander; algo que gusta hacer a Louisa, la protagonista de Hard Times, la novela de Dickens que leo en este instante. El padrastro es un hombre práctico y la alecciona para no salirse de los encadenamientos de rígidas propuestas objetivas, pero a ella, como a mí, le gusta mirar las llamas de la chimenea o a través de la ventanilla del tren y dejar divagar la mente que a su vez la llevará a pensar, a preguntarse, a maravillarse. What do you see in it (el fuego)?, le pregunta Tom, Not a circus? Y ella contesta: “I don’t see anything in it, Tom, particularly. But since I have been looking at it, I have been wondering about you and me, grown up.” Y decía yo que hoy, faltando a mi costumbre de irme por los Cerros de Úbeda... Como se ve no hay manera. Aunque quizás explicar las acepciones de divagar no sea divagar. Vuelvo pues al relato.
Así que llego a Jerantut, al sur de la selva de Taman Negara y decido que no paso por Kuala Lumpur y adelanto mi llegada a Singapur, donde quiero ver unos grabados de Picasso. Me bajo del autobús y me voy a buscar un cajero para hacer provisión de fondos. Necesito unos veinte euros, meto mi tarjeta y tecleo 100000 (ya saben que en algunos países, como aquellas viejas liras italianas, el dinero tiene muchos ceros); pues bien a la máquina se le suben los colores y me dice que nanais. Será que los dos ceros que yo veo como decimales, porque van con una comita, no sirven... pruebo varias veces. Al final me medio enfado y entro en el banco a preguntar, y me mandan a otro cajero, y yo no tengo ganas de buscar otro cajero y convenzo a la señorita para que me eche una mano. Le repito la cantidad que quiero, y hace lo mismo que el cajero, pone los ojos de plato, no entiende. Justo, justo en ese instante caigo en que no estoy en Indonesia, sino en Malasia, es decir, los cien mil que yo podía haber tecleado en Indonesia eran, eso, veinte euros; mientras que los cien mil aquí son algo más de dos mil euros. Sorry, sorry, que ya caí del guindo, lo siento, me vuelvo confuso hacia la señorita, It was a mistake, sorry.
Una hora después tomo el tren de Singapur. Mientras pasan kilómetros y kilómetros de palmerales, repaso mi itinerario para este tiempo por venir, fantaseo con seguir vagabundeando en otoño por Africa, con volver en Navidad por casa, con pasar el invierno en la Patagonia y volverme a encontrar con Victoria en alguna parte de América; y estando en esto me entran ganas de comprobar las fechas de mis vuelos; el inmediato para dentro de dos días, segundo día de junio. Así que abro el portátil y miro el correo de confirmación de la compañía aérea: vuelo tal y tal, a la hora esta y la otra... del dos de julio, julio, julio. Tío, estás memo, has quedado con tu amiga el dos de junio y has sacado un billete para el dos de julio. Sí, soy el despistado errante. Paso el viaje dándole vuelta al asunto. Allí, hacia mitad de mayo, cuando compré los billetes, ya estaban algunos vuelos llenos... y no hay otro medio para ir Colombo; tendría que dar la vuelta a medio mundo, pasar por la antigua Birmania con su dictadura militar a cuesta; no, no y no.
Cuando camino del hotel, cojo un taxi en Singapur no puedo reprimir decirle al conductor: you are whit a crazy man, sir. Me miró divertido. Le conté lo que me había sucedido. Y el tío se reía a carcajadas; no te jode. Cuando me despedí de él me miró con una ancha sonrisa: No se preocupe, seguro que encuentra manera de llegar junto a su amiga. Subí a zancadas las escaleras del hotel y me fui derecho a un ordenador: eran las doce de la noche. Mi búsqueda para un vuelo con Colombo para el día dos de junio, arroja una cantidad de cercana a los tres mil dólares de Singapur, unos mil quinientos euros, un billete por el que yo había pagado doscientos. Imposible, con ese precio se me acaba el dinero antes de llegar a África, tengo que dar por terminado mi viaje a principios de verano; tecleo para el tres y el cuatro de junio, todavía más caro; para pasado mañana, lo mismo; mañana, día treinta y uno: ¡eureka!, en el monitor del ordenador aparece que hay tres plazas para el vuelo de mañana por el precio que originalmente había pagado. Todo un manojo de nervios, compruebo varias veces la fecha, la hora, las dos treinta, que sea p.m. y no a.m., porque entonces tendría que salir corriendo en ese mismo momento para el aeropuerto. Todo está bien, ahora que no me rechace la tarjeta de crédito, que no salga ninguna pijada; recordaba esas oraciones a la virgen que los campesinos hacían en nuestras tierras pidiendo lluvia para sus campos: igualito. Y todo sale a pedir de boca.
Y justo cuando estaba terminando, un cartelito me avisa de que mi amiga Marisa anda por ahí preguntando si estoy. Es como una aparición sus buenas noches allí tras esta aventura de los billetes. Charlamos un poco, pero el horizonte se llena de nubes, y la tormenta suena entre bastidores. Con la tormenta bramando todavía en mis oídos, me voy a la cama. Va a ser difícil dormirme, lo presiento. Son las dos de la mañana; dentro de diez horas debo estar en el aeropuerto y antes de ello tengo que comprar un portátil de segunda mano que había visto en mi anterior estancia allí; pero como mañana abren a las once, voy a tener escasamente media hora para ello. Mi sistema nervioso necesitaría una larguísima sesión de yoga para serenarse. Cuando he apagado la luz, suena el teléfono, un número que me resulta conocido, pero que no estoy seguro, aunque imagino de quien. Corto y sigo las convenciones, el modo de devolver mi saludo con las tierras de Espapa, marco el número de donde he recibido la llamada, dejo que pite y cuelgo. El teléfono seguirá sonando varias veces todavía. Estoy muy cansado. Tendría que hacer el esfuerzo de dormir un poco. Desconecto el teléfono.
La habitación parece una celda, pequeña, blanca, sin ventanas. El ventilador ronronea a la máxima velocidad largando aire sobre mi colada. Ir ligero de equipaje significa lavar alguna ropa casi a diario. El ventilador es un buen secador nocturno. Y andaba ya en trances de caer definitivamente dormido, cuando date, maullidos que te crió en la habitación de al lado; dichosos maullidos, que yo hoy no los quería, pero que me despertaron a las cuatro de la mañana al otro lado del tabique de cartón piedra. Vamos, que de dormir nada. Que no, que yo no quería maullidos hoy, que no, que estaba muy cansado para aprovecharlos, y que la vecina que dale ayyyy, auuuu, agggg, ufffff; Dios, qué sofoco, qué calores, y mira que haya gente que no le gusten estas cosas. Como algunas, que el otro día un amigo me contaba de una amiga que decía que de fluidos nada, todo muy aséptico, ducha antes, ducha después y hacerlo como Dios manda; alguien que no había leído los poemas de poeta cubano Nicolás Guillén, esos versos que hablan de: ay, de aquellos labios de mujer que nunca bajaron allá a probar el fruto prohibido... y que yo le decía a mi amigo, que pobre, que qué despistada estaba su compañera/amiga, y le ponía el ejemplo de Santa Teresa que levitaba, creo yo, con eso de que en la otra vida debía de encontrarse con un helado de fresa y chocolate entre los labios; porque enamorada estaba, sin lugar a dudas, lo único que pasaba era que sus neurotransmisores habían confundido la ascesis del onanimo solitario con la ascesis junto al amado de carne y hueso.
Así son las cosas, esto que pierde una parte de la humanidad con eso de hacerle ascos a los fluidos y a las conexiones neurales que se establecen entre la lengua, los labios y el arma del delito. Vamos, que en definitiva tanto Clinton como la becaria aquella sabían lo que hacían cuando salían a pasear por Whasington en el coche oficial, cuando mientras el Presidente ponía cara de estar levitando (parecido a Santa Teresa), la becaria bajaba entre sus piernas a buscar con su boca el fruto prohibido. Sí, la becaria aquella que después le armó el cirio después de haberse dado el gusto con el señor presidente de los Estados Unidos de América (que allí puritanos son, pero, como se ve, no todos). Por favor, por favor, anda, le digo a mi amigo, que le digas a tu amiga que las cosas no son así, que se pierde el exquisito manjar de la cueva oscura, su mata de pelo, el prominente personajillo que asoma, se levanta y se pone derecho velando armas como don Quijote a la espera de los acontecimientos.
Bueno, menos mal que la cosa fue rápida, y mientras yo daba cuenta de estos hechos, la fiesta fue terminando. Al final hubo un ag ag ag, un ummmm y, plas se hizo el silencio. Sí, como me sucedió a mí una vez, que le decía yo a mi amigo, que fue tan ufff uffff la cosa, que me quedé sopa encima. ¡Vaya cuadro! Menos mal que mi aquella otra amiga de entonces fue comprensiva.
Sí, al final pude dormir un par de horas. El día siguiente sería otro día no exento, una vez más de sustos. Pero eso mañana.