Que nos dejen en paz



Surabayan, 22 de mayo

Hace días escribí un post titulado A mi amiga desconocida, que era la contestación a un correo, efectivamente, de una amiga a la que no conozco, de la que no sé en que parte del planeta vive y a la que me une unas pocas líneas que hemos cruzado a raíz de haber encontrado ella casualmente este blog primaveral. Después de escrito el post decidí no incluirlo aquí porque me pareció que me repetía. Eso fue hace una semana. Hoy, mi amiga desconocida contesta a mi correo con un cariñoso: querido amigo lejano, en el que vuelve a abundar en los temas precedentes. Y leyéndola me pregunto si no habré hecho mal en no haber incluido aquel post aquí; en definitiva hay temas que están tan presente en nuestro interior, nos afectan tanto, que es inevitable volver una y otra vez sobre ellos para en el mirarlos y en el darles la vuelta intentar seguir aclarándonos; que de eso trata una parte importante de la vida. Como en definitiva todas estas palabras, que ya dan para llenar un libro, no van a ninguna parte, sólo tienen los destinatarios que puedan estar interesados en lo que en ellas se dice, me inclino por no sólo incluir aquel post (Mi amiga desconocida I) que deseché en un primer momento, sino que además añadiré la última carta de mi amiga junto a las respuesta que la siguieron (A mi amiga desconocida II).

Ayer miré las estadísticas del Google y me sorprendió encontrarme con un número de visitas que se acerca a las setecientas durante este último mes. Quizás sea un dato suficiente para confirmar la línea en que estoy trabajando, la posibilidad de seguir abundando en esos temas que van apareciendo últimamente en estas páginas.

A MI AMIGA DESCONOCIDA I

Ella se llama X y apareció por el blog a partir de un post que titulé Gatos; ahora ya hace algunas semanas que charlamos de vez en cuando. Al principio descubrimos que los dos fuimos maestros y que ambos coincidíamos en el gusto por los gatos/as de dos piernas. Hay temas comunes que empezamos a compartir. Hace unos días me llegó una carta suya, de la que incluyo parte más abajo. Me satisface este intercambio epistolar, otro aspecto más del viaje que permite compaginar la escalada de los volcanes o las marchas por las selvas con este otro tipo de viaje interior en torno a la realidades cotidianas que a todos nos ocupan. Incluyo en primer lugar sus líneas:

Estimado Alberto, desde que sigo tu blog hay dos temas que están rebotando en mi cabeza. En primer lugar lo de experimentar el mundo, obviamente mi propio mundo. Crecí y fui educada con mandatos algo rígidos provenientes de mi origen sajón. Mi padre me ha educado de manera que ni él hoy predica, pero, como has dicho alguna vez, uno se pasa la vida tratando de sacarse esos mandatos de encima. Quizás el tiempo ha hecho que mejore o me libere en parte pero dudo que pueda cambiar mi esencia. El sentido de la responsabilidad, el deber y el hacerme cargo pueden minimizarse pero jamás van a poder desaparecer para dar lugar absoluto al placer y al deseo.

Quizás te haya encontrado buscándome a mi misma y a mi propia libertad. Es curioso cómo leyendo tus líneas encuentro semejanzas y a la vez diferencias extremas. Lo que más me llamó la atención de este encuentro cibernético, sin duda no casual, fue que respondí tu correo antes de leer tu blog, y cuando accedí al texto correspondiente a ese día descubrí que sin querer, o queriendo, hablabas de mi o al menos mencionabas mis líneas. Lo más llamativo fue que buscando más sobre ti descubrí que habías titulado tu blog anterior “Apuntes de otoño” y yo sin saberlo acababa de titular mi correo “Tardes de otoño”; de ahí pasé a leer “Tiempo para quererse” y nuevamente me sentí parte de tu historia sin siquiera conocerte. Y me pregunté cómo era posible tanta coincidencia. Hace días que sigo meditando al respecto porque en parte de tu relato reconocés haber sido parco con tus expresiones de afecto y aquí es donde me siento en la vereda de enfrente, porque siempre he tratado de expresar y gritar mis sentimientos aún cuando no fueron correspondidos, porque considero que el querer y amar no debe ocultarse. Si alguna vez mis relaciones con el sexo opuesto han fracasado fue por el mismo motivo al que hacés hincapié: tardaron demasiado en expresar que me amaban. Y este es el segundo tema que desvela mis sueños porque no puedo comprender cómo es posible amar y luego dejar de hacerlo. Si alguna vez amé con locura, del mismo modo deje de hacerlo. ¿Cómo el maltrato o el descuido puede desvanecer tal sentimiento? Y recuerdo unos versos de Bécquer que leí en plena adolescencia ... ”Los suspiros son aire y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar. Dime mujer cuando el amor se olvida… ¿Sabes tu a dónde va? Poema al cuál no le he encontrado respuesta aún, porque he amado con devoción absoluta y he dejado de amar del mismo modo.

...

Desde aquí muy lejos pero a la vez muy cerca, te mando un afectuoso saludo. Espero sigamos en contacto

Estimada X:

Cuando salí de Madrid, llevaba ya nueve meses de inactividad laboral que a la postre se convirtieron en realidad en meses de una actividad a veces febril, a partir del momento en que me propuse escribir una especie de tetralogía estacional; es decir sustituí una labor por otra. Terminé el invierno con mi tercera entrega, un momento en que en realidad no tenía ningunas ganas de viajar. Fue una decisión fría la de emprender este viaje. El asunto era poner al organismo en condiciones de recibir estímulos, una manera de forzarle a salir de sí mismo y seguir interesándole acaso por los mismos temas, la vida; quizás también el deseo de aprender sobre mí mismo y el mundo; algo que a veces se presenta como un trabajo duro, pero que como todo trabajo creativo tiene sus compensaciones.

¿Qué sucederá cuando la primavera (en el Pacífico) termine? No lo sé; lo que sí sé es que a veces no soy yo quien dirige el proyecto, sino que es el proyecto que me lleva a mí; y no tengo las cosas claras, porque llevo ya muchos días en que, curiosamente, no son muchos los ratos que tengo libres. Y es que la posibilidad de crear algo, de sacar partido al día, está continuamente ahí, a la vuelta a la esquina. Dos ejemplos. Ayer fue día de ocio, todo del día de viaje; me propuse hacer nada, mirar tan sólo tras la ventanilla del minibús; pues bien, ¿querrás creer que no pude resistir el empuje de la escritura? Una letra ilegible, pero de la que salió ya el último post. El siguiente: salí después de desayunar; como Internet en Java central apenas funciona, me llevó tres horas; fui a dar una vuelta; y en seguida me topé con la calle, con la gente, con unos murales, con montones de rostros que, además, se dejan retratar amablemente. Llamo a un grupo de chicos, se acercan, los coloco frente a un hermoso tronco milenario; charlo con unos adolescentes, les fotografío, etc.; llené la memoria de mi cámara con bellas tomas. A continuación buscar por Wonosobo, a base de señas, porque de inglés nada, los servicios de un motero que me lleve a donde quiero ir mañana y además que me sea a las cuatro y media de la mañana porque yo quiero ver amanecer desde los labios de otro volcán (una excentricidad por la que me toca litigar con frecuencia en mi viaje). Y llego al hotel; y ordenar y clasificar las fotos, que me lleva otro rato. Y estudio un rato un librito que me acompaña, A short history of Asia, y entonces abro tu correo que venía en la memoria y de nuevo me encuentro con material como para llenar otras cuantas páginas, materia de reflexión que me interesa y que ahora encuentro no en el viaje sino en tus líneas. Y el día tiene veinticuatro horas... ¿Quién dice que esto es tiempo de ocio?

Mi impresión primera cuando empecé a contestar tu carta estaba relacionada precisamente con esa sensación frecuente de que el día se acaba cuando todavía te queda un puñado de cosas por hacer. A veces es inevitable que esto no traiga una pizca desasosiego. Y junto a ello los temas en sí, que no dejan de presentarse frente a nosotros con su cara interrogadora, vestidos también de cierta inquietud: esas dos cuestiones que planteas: destino y amor, a la que yo sumo ahora el tiempo. Demasiadas cosas para el momento previo al sueño, quizás. Trato de contestarte, lo que también significa intentar aclararme yo mismo. Una amiga, amante de la lectura de Musil, me cita con frecuencia la observación de éste de que en definitiva todo el género humano sería susceptible de circunscribirse a ocho o nuevo tipo de personas y realidades. Probablemente las personas en el fondo no seamos tan distintas unas de otras. A poco que uno empiece a charlar con alguien en seguida los temas vitales se disparan. Ahí los tenemos: nuestra relación con la realidad, el amor, la muerte, la necedad del otro, la soledad… Y frente a ellos, cómo nosotros y nuestro organismo se expresa; cómo mi realidad, mi experiencia respecto a estos temas se encuentra con tu realidad y tu experiencia, con la experiencia de cualquier otra persona.

Querría compartir contigo algo de ese tema que en este momento me resulta tan preciado, y del que ya hablaba aquí el otro día, ese de experimentar el mundo y la realidad. Planteas algo que hoy me parece de una necesidad improrrogable (Paréntesis: llueve, olor a tierra mojada mezclado con un perfume que me recuerda la madera de sándalo. Es un placer de no poca altura oír esta música de fondo a la que acompaña una ligera brisa que entra por mi ventana y llega hasta mi cuerpo desnudo; otra extravagancia a disfrutar cada vez que el calor lo permite); necesidad inaplazable para experimentar en los años de madurez. Te leo, ¿sabes?, y me produce cierta consternación esa idea de que no podamos cambiar algo que está en nuestro deseo cambiar; me refiero a ese imponderable tan común de encontrarse uno tan tan condicionado que no tengamos fuerza para salir de ese círculo de tiza; los tabúes que nos apresan, la religión que nos acorrala, las convenciones que nos aprietan, la familia, el marido o la esposa que... Es algo que cuando me cae cerca, alguien que pueda conocer, me llega a poner en extremo nervioso; conozco a alguna persona de gran valía cuyo pesimismo llega al extremo de considerar que no hay lugar en la vida para cambiar, alguien que podía hacer de su vida una fiesta inteligente y creativa y que sin embargo reiterativamente intenta convencerse a sí misma de que su destino no tiene nada que ver con la posibilidad de desarrollar su persona en un ambiente de libertad.

Si has leído alguno de los últimos post habrás observado que todo esto es un leitmotiv a lo largo del blog. Tengo una amiga que me lo advierte cada poco: ten cuidado porque te repites. Y es verdad, y lo sé, pero quizás tenga que seguir repitiéndomelo de diferentes maneras para que no se me olvide que somos nosotros los que tenemos que construir nuestras vidas; ya hemos crecido, nos hemos hecho mayores, hemos entendido algo de que va esto del mundo, y ahora necesitamos que nos dejen un poco en paz, que podamos organizar nuestra vida a nuestro antojo. No, no se trata de hacer desaparecer el sentido de la responsabilidad y el deber para dejar paso al placer y al deseo; yo entiendo que la responsabilidad y el deber están en nuestra naturaleza, es un bien sin el cual no se podría vivir; es el uso espúreo que se hace de esos conceptos lo que nos ata de pies y manos; todo eso que tardamos décadas en quitarnos de encima. Cada época tiene su medioevo y su inquisición, y la nuestra no es menos.

En relación a la segunda parte de tu correo sólo una aclaración. No sé muy bien qué dicen los tratados de psicología sobre la manera diversa en que nos expresamos hombres y mujeres; pero creo que hay diferencias notables en los modos de expresarnos. Quizás lo que tengamos que hacer sea afinar nuestro oído interno, nuestros ojos, ese sexto sentido que no necesita de las palabras para comprender. Ya, ya sé, que hay quien necesita oírlo. Lo sé, paciencia; algo a tener en cuenta, pero que no sean necesariamente las palabras el hilo de donde pende nuestra afectividad. Hay a quien en vez de decir te quiero le da por hacer docena de poemas; que vaya lo uno por lo otro.

Se me hizo muy tarde y mañana tengo que estar en pie a las cuatro de la mañana para dar gusto a mis extravagancias. Espero que el diluvio que está cayendo en este momento se tome un respiro para dentro de unas horas.

Un cordial saludo.


Más de lo mismo

A MI AMIGA DESCONOCIDA II.

Querido amigo lejano,

Ya hace algunos años comencé mi propio viaje interior. Muy alejado del tuyo, por supuesto, lleno de nuevos rumbos, paisajes que ver, gente que conocer, pero muy semejante a la vez. Me había prometido no dedicarle tanto tiempo a la lectura de tu blog y no leer hacía atrás, simplemente avanzar únicamente junto a tu día a día. Soy de aquellas que si bien recuerdan el pasado con alegría, no viven de él y consideran que del presente depende el futuro, por ello pongo tanto hincapié en mi presente. Pero tu frase “… me estoy repitiendo…” fue el disparador de una nueva búsqueda, casi obsesiva; y así fue cómo comencé a leerte desde el principio. Voy lento, porque mi tiempo libre, a diferencia del tuyo (léase: diferentes edades, circunstancias, obligaciones, etc., ya habrás podido observar que no puedo descartar la obligación de mi vocabulario; algún día te explicaré porque), es muy escaso.

Amiga desconocida:

A medida que avanzo con mi lectura me encuentro frente a los mismos interrogantes morales y culturales. Turismo sexual cautivó todos mis sentidos dejándome todo tipo de interrogantes. En primer lugar revivió en mí una pregunta que me hago muy a menudo y para la cual no he encontrado respuesta. ¿Cómo se hace para vivir sin amor, sin amar a alguien hasta las entrañas? No estoy hablando de compañía, hablo de amor explícito.. Sé positivamente que hay diferentes tipos de amor: amor a nuestros hijos, a los padres, amor de amigos y a todo tipo de seres queridos por elección. ¿Pero es esto suficiente? A mi me gusta el amor desgarrador, ese que no nos deja ver que vamos por buen o mal camino, ese amor inspirador de grandes poetas y escritores.

Amigo lejano (yo mismo):

Ya, pero para mí que no son cosas que uno tiene la oportunidad de elegir; no sé si era a ti a quien decía el otro día que no se encuentra lo que se busca, que para encontrar algo hay que no buscarlo. Uno no puede elegir la clase de amor que le gustaría vivir y enamorarse a continuación. No creo que sea bueno vivir este tipos de expectativas.

Amiga desconocida:

Y por otro lado, el otro interrogante. Si el amor se ha terminado, ¿cómo se hace para vivir sin sexo? Imposible. Y, además, ¿cómo puede una mujer tener sexo que no sea amoral o inconveniente si no sé está en pareja?

Amigo lejano:

Ah, la moral ¿a qué o a quien obedecemos con eso de la moral, quien inventó este u otro precepto moral y por qué? El otro día leía una cita del antropólogo Marvin Harris que explicaba la base sobre la que se construyó la imagen sagrada de la vaca en India. La sociedad como conjunto, como animal, como colmena diría yo, tiene un instinto fino, pero que puede quede no ser provechoso para el individuo a la larga, e incluso ir en detrimento de su propia persona desde el momento que vive supeditado a los imperativos sociales. Siempre un equilibrio necesario que hay que buscar. Si en la India hace centenares de años hubieran acabado con las vacas en los momentos de hambruna, de sequía, se habrían comido el último recurso de supervivencia, tras lo cual habría venido la muerte de sus propios habitantes. Era el instinto de supervivencia social lo que animaba, afirma Marvin Harris, a través de la religión, la prohibición de comer carne de vaca. Pero dónde están ahora las raíces de tanto precepto moral después de siglos; quien lo sabe, ¿no somos objeto tantas veces de costumbres periclitadas que se arrastran en la inercia de los siglos condicionándonos desde el fondo de una conciencia que se nutre durante años de mandados ciegos y obsoletos, caducos? ¿Quién impuso la norma moral y por qué? Cuando la autora del Génesis hace su personal interpretación del nacimiento del mundo vive en un contexto socio cultural que después el cristianismo se ha encargado de mantener caliente mucho más allá de lo razonable, mucho más allá de Darwin; lo cual es absurdo, pero ahí está, frente al Big Bang todavía una buena parte de la humanidad cree que nacimos en el ambito de las manos de un Dios dedicado a alfarero o arrancador de costillas. La humanidad realmente empezó a caminar en el momento en que hubo una transgresión, siguiendo el cuento, en el momento en que aquella manzana pasó de las ramas del árbol a la boca de Eva. Parte importante de la historia de la humanidad, del progreso, es transgredir, inventar una ética personal que necesariamente debe ser la síntesis entre la moral recibida y la aportación del individuo. La obediencia ciega a los mandados es la que nos hace derivar nuestro comportamiento a situaciones absurdas en las que el sujeto, como conejo asustado, parece tener miedo de sí mismo, de sus ocurrencia, de las pasiones que habitan su alma. No me leas pensando que estoy haciendo afirmaciones como quien muestra un camino, no es así; es necesario repetirse a menudo, aunque sea diciéndoselo a otros o escribiéndolo en un blog o en un libro, como medio para quitarse las amarras de encima, esa mala educación que casi todos hemos recibido y de la que hablaba mi amiga de Parla el otro día.

¿Por qué ha de estar en pareja necesariamente para tener una relación sexual? ¿Quién lo dice? ¿El Papa? Yo coincidí con el anterior Papa cuando viajó la última vez a Guatemala, asistí a una multitudinaria congregación de fieles; a aquel ser casquivano no le interesaba la dignidad de las personas, lo que éstas desearan o no, su dicha; vivía totalmente mediatizado por la irracionalidad de siglos de retraso, tiempos en que la dignidad de los otros era poco menos que basura, a ellos solo le interesaba un mandado ciego de hacer proselitismo, habían aprendido que lo que tenían que hacer era ganar las almas para el cielo, quisieran ellas o no (-?- Ya sabemos hasta dónde llevaron estos señores del clero su fanatismo y su ceguera, esos nombres que todavía resuenan: Juana de Arco y tantos más en la hoguera).. Tenías que haber visto a esos miles de personas asistiendo al acto, les fotografiaba delante de sus narices y ni se enteraban, levitaban oyendo a aquel anciano chocho (ignoro si eres católica o no; si es así, te ruego que no tomes mis palabras en sentido despreciativo de una creencia, no lo son en absoluto; mis palabras van dirigidas contra aquellos que cultivan la ignorancia de la gente y les sume en la superstición y en la obediencia ciega aprovechándose de la presión que sobre su conciencia histórica ha ejercido una educación errada). Yo estudié ocho años con los curas, no podía mirar a las chicas, me enteré de que me salían pelitos en los genitales un año después de ello; ni mi propio cuerpo podía mirar; toda una aberración. El sexo es comunicación, entre otras cosas, deseos de encuentro con esa parte perdida de uno mismo que pasamos la vida buscando, deseo de encuentro con un todo, placer, lo que quieras. No se puede meter en un solo cajón y decir que... etc. A mí me parece que tocar un cuerpo que te gusta, jugar, penetrarlo es la cosa más bella que se puede hacer en la vida; todas las células del cuerpo se despiertan y se ponen alerta cuando alguien roza el umbral de nuestro deseo. Nos han hecho creer en una alianza inseparable entre el sexo y el amor romántico y para mí que tal no existe; ambas cosas son posibles de manera autónoma, yo diría que en ambos casos vivimos una experiencia muy significativa; aparte de que en una relación sexual me parece que siempre hay algo que roza lo místico, una experiencia que va mucho más allá de nuestra capacidad para clasificar y meter en cajones las experiencias más intimas y entrañables.

Sudo como un pollo en el patio de un hotel de Surabayan. Observarás que mi escritura es bastante compulsiva. Te oigo hablar de amor con tanto énfasis, que es inevitable que yo hable también con énfasis de la vida. La vida, así, sin más; la mía, la tuya, la de un amigo, la de tu pareja, no la vida regentada, medida, orientada... sí, hombre, sí, que me dejen vivir y morir en paz. La única moral real debería ser la que establece el respeto por el prójimo, no hagas nada que moleste al otro... y mientras tanto vive y deja vivir. A mi me encantaría poder acostarme con todas las mujeres que me encuentro en el camino y que me gustan (eso que decía Paniker, que era una pena porque uno es uno y ellas son tantas tantas...).

Amiga desconocida:

Y nuevamente vienen a mi los gatos, aquellos de dos patas, los que nos unieron por primera vez. Si a una mujer de buena familia, educación, madre, hija, ex esposa, trabajadora, etc., se la viera andar por ahí sería juzgada por chica fácil.

Amigo lejano:

Depende, si hablamos de la voz de la calle, de ese porcentaje de población que vive atada de pies y manos a una moral que en ningún momento se han parado en poner en cuestión, sí. Si se trata de personas dueñas de sus pensamientos, gente crítica que aprendió a pensar por sí misma, creo que no. El amor no se puede fundamentar en el aislamiento de la pareja –al menos no en todos los casos- en el abandono de todos los amigos cuando se casan, por ejemplo. Creo. Hay relaciones que se hacen muy ricas en función de una cierta distancia. Ahora... hay que hablar, hay que aprender juntos, hay que crear un mundo, una familia abierta. Y te digo que es posible. Al menos es mi experiencia.

Amiga desconocida:

No así un hombre en su misma situación, por supuesto. ¿Entonces, que debe hacer una mujer con su naturaleza física? ¿Reprimirla? Y muy cerca y dentro del mismo listado de interrogantes se encuentra el miedo, las llamadas de alerta y el …¿con quién? No es fácil encontrar por ahí un digno merecedor de tan fuerte deseo y sentimiento que pueda disfrutar sin dañar ni lastimar el ego de dicha ofrenda. Porque convengamos que sexo tiene cualquiera. Yo hablo del verdadero placer de la entrega. El momento donde los aromas son protagonistas entremezclándose entre sí como cuando un lobo selecciona a su loba, y cada movimiento, cada intercambio se vuelve un banquete. Ese acto que parece interminable no en tiempo sino en sensaciones, donde los cuerpos se mueven con total naturalidad frente al deseo mutuo. Y cada segundo se va componiendo como un pentagrama colmado de las diferentes notas que componen la melodía más excitante y reconfortante del planeta. Y si realmente hay piel se puede llegar a olvidar por completo el tiempo y lugar donde uno se encuentra.

¿Te preguntarás porque te hago todos estos interrogantes sin apenas conocerte? Pués bien, tan lejos de los tuyos pero a la vez muy cerca de ti mismo, algo de esto debe haber pasado en algún momento por tu mente. De hecho se refleja en tus textos. Y también el temor frente a las ofrendas sexuales, aunque te apetezcan. Y aquí es dónde se justifica mi pregunta. Amar es maravilloso pero ata, esclaviza y exige.

Amigo lejano:

He leído más de una vez, y estoy plenamente convencido de ello, que el amor que ata, que el amor que esclaviza, que el amor que exige o que quiere ser exclusivista no es en absoluto amor. Lo repito, no es en absoluto amor. Para mí que el amor es otra cosa bien diferente. No es un seguro de vida, ni un seguro contra la soledad, ni la suma de los bienes gananciales. No es nada de eso. Quien se quiere a sí mismo y no utiliza el amor como un remedo de su propia inseguridad, de su miedo a la soledad, no necesita secuestrar la voluntad del otro. ¿Quién es tal como para asumir el exclusivo derecho del “uso” de la otra persona? El amor no admite rejas ni condicionamientos; es generoso, deseoso del bienestar y el placer del otro; no lo quiere en exclusividad, no es posesivo, desea por encima de todas las cosas el bien de la persona amada, su placer, su deseo.

Y más todavía, seamos prácticos y no volvamos la cabeza a otras realidades, hay relaciones que se oxidan en la humedad y el aire enrarecido del tiempo. Hoy sabemos mucho sobre estas cosas (un buen ejercicio es leer los trabajos de la antropóloga Helen Ficher), pero nos comportamos como si no lo supiéramos. Las pasiones disminuyen de grosor con el tiempo, y para mí que sólo es posible mantenerlas en buena forma dándole un poco la posibilidad de tomar el aire. Y no hablo de teorías.

Amiga desconocida:

Y robo de tu blog unas líneas…¿por qué esa manía de atarse tan fuerte y para tan largo en vez de dejar que el amor haga su trabajo, mientras esté …? Recién ahora estoy asimilando algunos de tus textos y creo que no es que te repitas, sino que partiste con una búsqueda y es inevitable que cada respuesta no se haga presente en los textos a la vez. Quizás lo único que sea reiterativo es la cadencia melancólica común en todo viajero. Es casi imposible no caer en cierta melancolía cuando uno está lejos de casa. Es sorprendente lo que pesan en los humanos esa sensación de atracción hacia el otro, y cómo cambia nuestro estado de ánimo; porque después de haber compartido con Jenny unas cuantas horas de charla tu cadencia melancólica al escribir desapareció. De la misma manera que tu encuentro con aquellos viajeros madrileños también te enfrentaron al deseo de por el momento no estar sólo -creo-, que es quizás lo que me sucede a mi. No me pesa la soledad, simplemente que en algunos instantes me gustaría compartir mi vida, mis deseos con alguien que verdaderamente los comprenda.

Desde aquí tu amiga lejana, nuevamente compartiendo el mismo ciberespacio y las estrellas. Hasta la próxima.

Amigo lejano:

Hasta la próxima, un abrazo.

Algo sobre estética

Yogyakarta-Surabayan, 21 de mayo

Recibo una carta muy densa: la vida, el amor, la decrepitud, la lejana infancia. Contesto:
Cuando me encuentro con tanta sabiduría repentina junta (con o sin comillas), aparte de parar mi lectura para comprobar someramente eso que me llama la atención, casi siempre termino cayendo en algún interrogante, me quedo mirando al techo. ¿Será verdad esto o lo otro? El aspecto estético moral que ofrecen muchas lecturas, sin que esto invalide su certeza o no, es tan sugestivo que casi obliga al cuerpo a quedárselo de inmediato; un hito más para los días de niebla, que por cierto pueden ser muchos a lo largo de la vida. Nuestras sensaciones, nuestros conocimientos son a veces tan ambiguos que necesitamos llegado el caso recordar esta u otra cita a modo de reafirmación del propio yo, o de las propias verdades. Yo digo: la vida es un éxtasis, y detrás o delante tengo que poner el nombre de un señor que vivió en el siglo XIX en Estados Unidos; y puede ser una verdad de perogrullo que no necesite a nadie que la bendiga, sin embargo tal persona, en el hecho de haberlo dejado escrito, ejerce de santificador, con lo cual reforzamos nuestra propia apreciación de la realidad, un feet back bastante común en toda conducta humana. Los libros que leo son con frecuencia carnaza para mi necesidad de buscar este tipo de apoyo; en realidad lo que buscamos probablemente es afirmarnos nosotros mismos en lo que leemos, utilizamos la autoridad ajena para nuestro personal provecho; necesitamos afirmarnos en lo que casi siempre ya conocemos. También se dan los estadios de descubrimiento, y entonces sucede lo mismo, nos gusta encontrarlo escrito por ahi.

¡Esa necesidad de tener certezas, de pisar sobre tierra firme! Me encanta sentir el flujo de estas cosas, incluidas mis propias desorientaciones, mis “seguridades”, percibir que nada es así, pero que sí, que efectivamente las cosas pueden ser de esa manera. Es tan magnífico el bosque, la selva, que qué mismo da que los especímenes sean una clase u otra, hoy toca vegetación tropical, mañana será un hayedo otoñal del Pirineo, otro día los boabags aparecerán por la ventanilla del autobús espléndidos en medio de la estepa subsahariana. La certeza o no de las verdades con las que nos topamos; en su esencia quizás sea lo de menos que éstas resistan o no la prueba de ser constatadas, es su fuerza estética la que vale; las sugerencias morales, las indagaciones a las que somete al organismo también cuentan, pero yo creo que lo que engancha tiene el aire de una bella pincelada cruzando el cuadro, el atrevimiento de un clarinete irrumpiendo entre las voces apresuradas de los violines, algo eminentemente estético. El primor con el que miramos una cita que nos cautiva, y que a la vez nos puede servir de muleta, ¿no es eso pura estética? Y la gran cosa que nos sucede, además, es que como nada está separado, que todo se encuentra intrincadamente unido como un enmarañamiento de raíces bajo el suelo de un bosque, estos “descubrimientos” en nuestras lecturas lo que hacen es provocar nuestra disposición devoradora de “verdades”. La vida es un éxtasis. Magnífico. Y lo dice Emerson, el clarividente, el hombre fuerte, el descubridor de Whitman; con más razón entonces, porque como es santo de mi devoción mis sentidos están más preparados para recibir sus palabras.
Hoy toco tren con air con, tren matinal, apenas después del alba; los campos desperezándose entre la calina que sube de los arrozales, los maizales, las plantaciones de caña de azúcar; suave luz, suave, acariciadora; mañana para haber amanecido en el campo con el saco de dormir lleno de rocío, o en el carromato de los gitanos con las brasas todavía humeantes del fuego de la noche anterior. La estética también de la vida, saber pintar el cuadro, mirarlo insistentemente, colocar aquí o allá un detalle de color, un motivo que nos place; hoy esos arrozales que se extienden ajedrezados, como un tapiz de verde brillante rodeado de palmeras que en el horizonte adquieren el sfumato vaporoso de un fondo de un cuadro de Rafael. Recuerdos de un viaje de primavera por la Toscana; allí la calina jugando perezosa con los cipreses, hermosos cipreses como plumeros movidos por la brisa que llegaba del lejano valle del Po; quizás acompañados también por la memoria amable de aquella Venus de Boticcelli de cuello cimbreante y largos bucles dorados.

Mi cuerpo era hoy tierra abonada para recibir este regalo matinal de viaje en tren que me va a dejar en Surabaya, mi último destino en Java e Indonesia. Pasado mañana volaré a Kuala Lampur. En esta ocasión ese amigo que me acompaña, o al que yo acompaño, se siente dentro de su viaje con una paz y unas ganas de seguir viajando que no tenía desde hace un montón de años. Uno se va mimetizando en los rincones del viaje al modo de una mantis o insecto palo; llega a formar parte inextricable del mismo; mi realidad diaria son los rostros cambiantes con los que me cruzo, las realidades diferentes por las que atravieso. Su cama es la misma todos los días, es el descanso, el reposo dentro de uno mismo del trajín de la jornada; cambia la habitación, el medio de transporte, el paisaje, pero en ese cambiar está su constancia, mi habitat, ese reconocerse a sí mismo en el desplazamiento. En realidad somos movimiento permanente tanto si el espacio en el que estamos cambia como si no; somos tiempo cambiante, el yo que queremos expresar en el momento de expresarlo ya no existe, es algo diferente; queremos parar el tiempo para apresarnos, para robar nuestra esencia y contemplarla en la las aséptica sala del laboratorio; queremos detener el movimiento para mirar de qué está compuesta la vida, pero ni los radios de la bicicleta existen cuando la miramos moverse, ni el tiempo disecado es posible; ya lo decían los psicólogos de la Gestalt. Tenemos que contentarnos con aromas, con percepciones fugaces de nuestra realidad cambiante (por cierto que te leí algo sobre la vacunación contra la autocomplacencia que daría pie a unas cuantas reflexiones, aunque quizás en contextos diferentes a los que tú lo sitúas).

Hablaba de mi cuerpo, etc. También de estética, el placer que se recoge después de un día en el que las piezas del puzzle fueron encontrando suavemente su hueco. Una cuestión de estética y armonía, como esas pausas de que hablas de Rubinstein, la música del silencio repartida entre la urdimbre de los sonidos.

Pero también a la estética le cabe un lugar en la verdad, aunque ésta necesariamente tenga que venir con comillas, o acaso la estética sea la verdad misma, que también puede ser. Aunque dado que la verdad es algo escurridizo y de perfiles imprecisos, mejor nos valdría encomendarnos a la estética que es un valor más tangible y del que se puede decir que es la constatación de la validez de algo. La estética, el valor estético, es tangible, proporciona a nuestro organismo el placer de la contemplación, un sinnúmero de sensaciones que constituyen el alma de nuestro ser. Recogerse cada noche antes del sueño y encontrar que la música de aquella jornada “suena bien”, sería una prueba fehaciente (jo, qué palabreja) de que en esas últimas horas de la vida uno ha acertado a encontrar un camino cercano a la “verdad”.
Y como se me acaba la batería y, además, es tiempo de que me dedique un rato al paisaje que vamos atravesando, termino.
Un abrazo

Borobudir









Un amanecer más

Jogyakarta (Java, Indonesia), 19 de mayo

Me había levantado a las cuatro de la mañana, el taxista motero había llegado diez minutos antes de lo acordado, habíamos hecho una hora escasa de trayecto atravesando varias aldeas en donde el mercado empezaba a montarse, y llegamos al punto donde el espectáculo de la salida del sol había empezado a desplegarse. A lo lejos, sobre un vasto mar de nubes en cuyo centro sobresalía la silueta del señor de todo aquello, un esbelto volcán que emergía en la luz rosada de la mañana, se abría la escena para la cual yo me había dado el madrugón; y antes, en el proscenio, enmarcando el alba la silueta todavía más imponente del volcán que presidía el valle de Wonosobo. Su picorota ostentaba un atractivo gorro de dormir, una masa de niebla que todavía dormitaba abrazada al cráter como amante perezoso que demorara al final de la noche en los brazos de la amada. Y bajo el proscenio, en el patio de butacas, la noche mate y betunosa aún, unas pocas luces de alguna aldea transpuesta bajo la imponente noche del volcán. Y al fin, las nubes, con su rubor mañanero sobre sus mejillas se fueron llenando de color, y el misterio de la noche fue descorriendo su velo, mostrando poco a poco su cuerpo, sus brazos, sus pechos, su vello púbico.
La descripción erótico amorosa más hermosa que conozco corresponde a un viajero canario que recorrió Sudamérica de punta a punta y que, en un día de gracia fornicó con la Madre Tierra; en la arena de la playa, desnudo, su lingan se fundió con el Todo y de la fusión resultó el sublime instante del encuentro con lo otro, con el otro. Emulé muchas veces al viajero canario en mis largas correrías solitarias por los Alpes y los Pirineos; en mitad de las tormentas, bajo las estrellas, junto a la orilla de arroyos rumorosos, algún día de luna llena durmiendo sobre alguna cumbre del Guadarrama.
Puro ejercicio místico todo ello; días en que junto al alba debería caber la posibilidad de elevar nuestras primeras oraciones en el altar de un cuerpo de mujer. Una profunda religiosidad que nacía hoy de la contemplación de un amanecer más entre las montañas; entre los volcanes en este caso.

Jenny, Affandi, Iman

Jogyakarta (Java, Indonesia), 20 de mayo


Ayer noche mi viaje habría sido perfecto si Jenny, la joven belga con la que había estado hablando toda la tarde, hubiera accedido a seguir nuestra larga conversación en mi habitación o en la suya, dos hoteles cercanos en las estrechas calles de Sosrowijayan Area, de Jogyakarta. Aquella mañana había llegado a esta ciudad con la intención de tomar otro autobús para escalar al día siguiente el Gunung Merapi, un conocido y activo volcán que se ha llevado por delante más de un centenar de personas durante este nuevo siglo; pero subí al autocar, que estaba aparcado al sol, y en media hora los pasajeros no habían pasado de seis -esos autobueses sin horarios que sólo arrancan cuando todas las plazas están cubiertas-, y hacía un calor del carajo; de modo que decidí que mejor me quedaba en Jogyakarta y me iba a ver la casa museo del pintor indonesio Affandi. A la vuelta, después de dejar plantado a mi taxista motero que se había empeñado en llevarme a ver una exposición de pintura adicional de “jóvenes artistas indonesios” y que resultó eso, pero, además, el lugar a donde de un modo u otro llevan a los viajeros y turistas para que compren, y que mientras yo miraba todo aquello incluido la superficie brillante de un vaso de té que me ofrecieron n
ada más llegar y que observé con recelo, él decidió que iba a llenar el depósito de gasolina, y como tardaba, pues eso, decidí también que no iba a quedarme allí toda la mañana a esperarlo, por lo que me fui. Siguió un callejeo por calles abarrotadas de fin de semana hecho como para pasarla en los hipers, en este caso la calle, mucho más entretenida y colorista que las grandes superficies comerciales de nuestro país; y cuando ya mi estómago hacía chiribitas resultó que tropecé con un cíber y me metí dentro. Cinco horas, cinco horas sentado en el suelo alfombrado frente a un monitor lleno de caras y de trabajos pendientes porque anteriormente la velocidad del sistema no me había dejado mandar más que unas cortas y tibias líneas a familia o amigos; tampoco me había permitido solucionar mis siguientes trayectos aéreos; una derivación de mi viaje por el Pacífico que ahora pasará por la península Malaca, recalará en Sri Lanka y subirá desde el cono sur de la India hasta Bombay para desde allí volar al encuentro de Victoria en Sudáfrica a principios del verano. Esta vez resistí estoicamente la lentitud del sistema y hasta chateé y logré colocar todas mis últimas fotos en el álbum de Indonesia, en el Google. Salí del cíber tan atorado que apenas me podía poner de pie. Vi un restaurante en el otro lado de la calle y crucé –casi siempre una odisea cruzar la calle en este país-; pedí comida como para resarcirme de varios días de ayuno y elegí una mesa en un lateral. Mientras fui al servicio el sitio a mi derecha había sido ocupado por una joven con aspecto de estar también muy viajada. Sonreí levemente al tomar asiento junto a mi plato de arroz rodeado por cuatro o cinco platitos que contenían diversos manjares (hoy manjares porque llevo día que perdí el apetito y no sé por qué esa tarde estaba dispuesto a comérmelo todo con ganas). Primer dilema –cosas del carácter de uno-: ¿intentar pegar la hebra o, por el contrario aislarme en mi recalcitrante yo, tan memamente orgulloso a veces de su propio aislamiento? Probé, ¿viajas sola?, pregunté. Hablamos hasta que se hizo imposible seguir adelante; cinco horas de conversación sobre lo divino y lo humano es tiempo suficiente como para perder la noción del tiempo; tanto como para que, llegando al final de nuestro encuentro, tener que preguntarle si era ella la que me había dicho que venía de Kenia y Sudáfrica, porque tenía la sensación de haber estado ese día con varias personas a la vez. Me admiraba yo de cómo a mi inglés, tan lento y tan parco habitualmente, le salían las palabras con una fluidez pocas veces vista. Maestra, viajera solitaria apasionada, escritora de un blog también viajero, estudiosa de las culturas que atravesaba... y además, guapetona y con una sonrisa encantadora. Rozando las once de la noche se lo dije, tienes una sonrisa preciosa; naturalmente sonrió y me dio las gracias. A estas alturas ya nos mirábamos de frente explorando otras cosas; hubo algún momento de silencio, pero lo superamos bien, nos mirábamos brevemente.

Nos despedimos en la puerta del hotel; quizás nos falto un poco de tiempo para dar un salto cualitativo. Qué le vamos a hacer. De madrugada, cuando me dirigía al bañó a cepillarme los dientes, observé risueño que lo que llevaba en las manos para tal menester era la crema de afeitar en lugar del dentífrico; algo muy propio, claro, de quien está en otro lado. ¿Y donde iba a estar yo sino prendado de la sonrisa de mi contertulia ocasional? Habíamos estado hablando horas sobre lo divino y lo humano, ¿por qué no íbamos a seguir expresándonos de otro modo? Para mí que lo tenemos tan marcado a fuego en nuestro cuerpo que apenas accedemos a una parte del viaje creemos ya haber encontrado el no va más de nuestras aspiraciones; siendo que, me parece, un auténtico viaje debía de contemplar el mayor número posible de experiencias y de encuentros, ¿o no sería eso viajar? Ir de un lado para otro, mirar, conocer mundo, tierras, cuerpos, gentes.

(...Que no, que no, que no hablamos de la misma cosa, que hagas el esfuerzo de ponerte en mi lugar, que un buen día del mes de marzo te empeñas en escribir un libro con el sucinto título de Primavera, y no sabes de qué puede tratar el libro, y te pasas unos días dándole vueltas al asunto hasta que decides que lo que tienes que hacer es poner al cuerpo en condiciones de recibir otros impulsos, los que sean, algo que estimule tu ser, tu hipófisis, tu creatividad, tus ganas de ensoñación. Y en eso estamos, experimentando con la realidad y haciendo lo que se puede.)

Affandi, el pintor cuyos trabajos fui a ver por la mañana, me pareció un hombre turbulento con una capacidad extraordinaria para reflejar su propio interior y los temas que debieron ser su obsesión a lo largo de su vida: él mismo tantas veces autorretratado, sus escenas lúgubres, la enfermedad de la madre, el dolor de vivir. Viendo la pintura de este hombre uno tiene la sensación de que su trabajo es un permanente viaje por los parajes interiores de sí mismo.

Al dueño del hotel donde me hospedo le sucede otro tanto; cada detalle, los muebles, las paredes, los cuadros y esculturas que ocupan el edificio hablan de un estilo de vida y de un modo de relacionarse con la realidad. Mi habitación es una obra de arte, dos grandes salmanquesas reptar por el techo, un delfín se enrosca en una especie de magstrom que ocupa el muro izquierdo junto a la cama. Frente a él cruza el muro un arabesco donde cuando volví de la calle esta mañana no resistí la tentación de volver a hacer algunas fotografías con el único modelo que tengo a mano. El hotelero artista se llama Imán; es un hombre de expresión adusta y poco hablador por el que me siento atraído; y es su capacidad de crear lo que me atrae; paseo la vista por los pasillos, por la sala común, por el recibidor y me produce placer mirar y estar en medio de estas cosas bellas que hizo este hombre. Crear y rodearse de belleza debería ser una de las consignas de la vida. Con ello no sólo contribuimos a nuestro propio placer, sino al placer de los demás.

Jenny me hablaba anoche de su dificultad última para sacar adelante su blog, estancado desde hacía un par de semanas por el excesivo movimiento del viaje. Y yo le decía, y me lo decía a mí mismo, que había que encontrar tiempo para compatibilizar los dos viajes, el exterior, que discurre por los parajes de la isla de Java, y el interior que crece o merma en frecuente relación con los estímulos que recibe de fuera y en relación a las propias inquietudes. Abandonar el segundo para llenar de visitas y actividades el primero es un mal negocio, porque el definitiva lo que realmente interesa es precisamente el segundo, ese viaje interior que, o queda en nosotros como un bien personal más, o bien se proyecta, además, en alguna forma de expresión, en materiales que por estar hechos con nuestras manos nos serán especialmente gratificantes si somos capaces de hacer algo que mirar con gusto al final del día.

En realidad la idea de viajar sería una buena metáfora de lo que cabe esperar de la vida; un viaje, por supuesto no organizado, en el que cabe ir incorporando todo aquello que nuestros sueños y deseos van alumbrando a lo largo del camino.