El cabreo de mi amiga con nombre de flor

Thiruvananthapuram, 9 de junio


Nunca los vuelos fueron tan accidentados. En el anterior a éste, en Singapur, me faltó el canto un duro para quedarme en tierra, y en el de hoy, después de que el vuelo Colombo- Thiruvananthapuram fuera cancelado y que el pasaje, hindú en su mayoría, hiciera una sentada en el aeropuerto para pedir volar la misma noche, y tras un accidentado vuelo a Madrás, faltó nada para que nos quedáramos varados en el caótico aeropuerto de Chennai (Madrás) después de catorce horas de inesperados acontecimientos. Un trayecto aéreo inicial, en el que se emplea una hora y media, y que terminó por convertirse en un paseo en un sentido y en otro del espacio aéreo de los estados de Tamil Nadu y Kerala y un trajinar por oficinas y atravesar controles de la policía.



El problema de transporte de líquidos en el equipaje de mano y las prisas por un vuelo que perdíamos, provocó que una docena de latas de cerveza de un compañero ocasional de viaje fueran a parar al macuto de mi amiga con nombre de flor, terrible amiga a la que ya temía en la distancia y a la que estoy aprendiendo a conocer hasta el punto de poder bromear con este viaje, que yo le digo, de luna de miel inesperada. Y fue el caso (je) que lo que tenía que suceder sucedió; que nada más retirar el macuto de la cinta deslizadora del aeropuerto de destino ya ella notó el tufo que se desprendía de su enorme macuto y mi wife, ni corta ni perezosa montó en cólera (el macuto, enorme, exactamente el doble de peso que el mío; tanto que cuando miro mi esmirriada mochila al lado de la suya parezco un pobre viajero menesteroso junto a esta mujer de supermacuto a la espalda -toda una farmacia a la espalda... médico tenía que ser-, que a efectos de simplificación de comunicación con el entorno se ha convertido momentáneamente sin comerlo ni beberlo en mi wife). Qué pena me daba el pobre compañero de viaje, un hombre grueso de tez negra y aspecto bondadoso que corrió de una parte del aeropuerto a otra nerviosito como un flan porque si perdía el vuelo no podría asistir a la boda de su hija; pero que no muy ducho en esto de las nuevas normativas de los aeropuertos había llenado un voluminoso equipaje de mano con una grandiosa cantidad de cerveza que desbordaba todos los paquetes (¡tan escasa, tan cara en India!) a las que había unido dos flamante botellas de whisky con las que los aduaneros tendrían la oportunidad de emborracharse aquella noche. El hombre sudaba intensamente, habíamos corrido durante más de una hora como si participáramos un maratón, escaleras arriba, escaleras abajo, el sudor corriendo y empapando toda nuestra ropa y, justo, cuando ya estábamos a punto de abordar la puerta de embarque y cumplir así su sueño de llegar a tiempo a la boda de su hija, el líquido de los brindis, el vasito de whisky del final de la ceremonia, le desaparecía. Sólo se pudieron salvar las latas de cerveza que un apresurado empleado de SriLankan Airlines metió atropelladamente en el macuto de mi amiga con nombre de flor. Y allí, ahora, al final, ya en tierra en nuestro puerto de destino, con el cuerpo del delito entre las manos, el macuto chorreando ese líquido amarillo con aspecto de pis, mi amiga interpelaba al padre de la novia, que cabizbajo pero contento por llegar a tiempo a la boda, no sabía decir otra cosa que non problems, non problems. Y a ella que no le gusta ni el alcohol ni su olor, se le salían los ojos por debajo de las cejas. Uffff, terrible, arrugaba el entrecejo, se le subían los colores, tiraba con el carrito de la compra del aeropuerto derecha, empujada por el cabreo, a una velocidad como para dejar cojo a cualquiera que se le cruzara en el camino. Me tuve que separar unos metros porque pensaba que lo mismo me mordía. Pero no, la cosa no fue a más, que en seguida, nada más sacar algo de dinero en un cercano cajero, tuvimos allí la acostumbrada congregación de ofrecedores de alojamiento, transporte, ayuda, etc., que recibe a todo viajero en cualquier estación de tren o aeropuerto de la India. Y nosotros que teníamos que coger el autobús número 14 que nos llevaba a no sé donde, desde donde teníamos que ir a no sé qué calle, y... y a nuestro lado como un moscón el que nos perseguía había ido bajando poco a poco la cifra inicial de trescientas rupias para llevarnos al hotel directamente sin que le prestáramos atención, hasta cien, momento en que sí atendí para comprobar hasta donde era capaz de bajar el precio, aunque sin dar señales de ello, porque yo estaba dividido entre el ofrecedor de transporte y la rabieta de mi amiga, que ya empezaba a amainar y a hacer suave y relajado su rostro; lo cual era mucho de desear porque en esa situación un servidor no sabe en qué frecuencia vibrar. Cuando el precio bajó a setenta y cinco rupias consideré que no era cosa de hacer trabajar a aquel hombre mucho más, dado, además, el enorme calor que hacía y las molestias que nos íbamos a quitar de encima; así que aceptamos el trato. En seguida comprobamos que sólo era un intermediario a la caza de clientes. Como veríamos después todavía podríamos haber pagado menos de la mitad de aquella cantidad, por demás irrisoria, poco más de un euro para un recorrido de seis kilómetro y un largo itinerar por una ciudad colapsada por el tráfico. Pero bueno, el entretenimiento, el regateo, y luego el desfile de las siempre tan vivas calles de la India, hizo que la tormenta amainara en mi wife y volviera a su rostro la relajación y la serenidad de horas atrás.


Después fue tomar contacto con las calles de esta ciudad de nombre larguísimo y que las peripecias de los vuelos y las gestiones del los aeropuertos terminaron convirtiendo en familiar; fue buscar hotel en un amplio abanico de posibilidades, y en ello contemplar cómo un bello entorno, un patio acogedor al que daban las habitaciones asomadas desde sus tres alturas como a una plaza de toros, puede convertirse en un criadero de ratas y decidir incrementar un poco nuestro presupuesto y buscar alojo en un lugar más acorde con los gustos de mi amiga. Sí señor, hubo el primer encuentro soto voce, desacuerdo, mirada furtiva entre nosotros, forcejeo. Ella se adapta muy bien, pero aquello le pareció demasié. Uno tiene que disculpar su educación espartana, o acaso ciertos restos de prurito, el de querer vivir de cerca la realidad de los lugares por donde transita; y como uno no es precisamente de los que visitan hoteles de muchas estrellas, que para dormir bajo muchas estrellas prefiere dormir sobre el bendito suelo a la intemperie acunado por el ruido de las olas o el rumor de las hojas de los árboles; pues eso, que a veces apura demasiado y es lógico que se encuentre con que la compañía no es del mismo parecer. Siguiendo las inclinaciones de mi amiga voy a intentar cambiar de registro; después de todo el precio de la nueva habitación, unos nueve euros, en un hotel donde a la puerta te espera un señor con gorrita y botones dorados en la chaqueta que te dice un good morning muy servicial y amable, y después una larga y mullida alfombra te lleva hasta una amplia estancia donde no falta de nada y brilla el suelo como recién abrillantado para el gusto de mi amiga; después de todo, decía, no está mal. Ahora un enorme ventilador sobre la cama ronronea generoso encima de nuestras cabezas, un viento que agradecemos y fuera de cuyo radio es imposible no sudar a mares. Estamos en India. Estoy contento. Le pregunto a Margarita: ¿Oye, estás contenta?, y ella me dice: ¡soy feliz! I'am happy too!



Un enjambre bajo el arquitrabe

Colombo, 8 de junio

La historia de las sociedades, acaso de las culturas, parece comportarse como un organismo vivo más. Ayer, del arquitrabe del Templo del Diente de Buda colgaban dos enormes enjambres de abejas. La posibilidad de aunar fuerzas, distribuir funciones, mecanizar trabajos y empeñar la actividad individual hace posible la pervivencia de la abeja. Todas las relaciones de dependencia que se dan en el enjambre, que algún día, en una fase de evolución o de relación más acabada, habrá de constituirse en panal, no parecen tener otro objeto que el que tiene cualquier organismo vivo, es decir, mantener encendida la antorcha de la vida; la vida sería el fuego que pasa de una antorcha a otra indefinidamente, de un ser a otro, de los padres a los hijos.
Sería hacer un reduccionismo extremo querer trazar una línea comparativa entre el comportamiento de una colmena y la sociedad, pero es inevitable descubrir en ambas fuerzas internas que obedecen al mismo afán ciego, enterrado en nuestra biología profundamente, de hacer posible la existencia más allá de nosotros mismos.
La aparición de la inteligencia obviamente había de introducir importantes variables diferenciadoras respecto a otros seres menos inteligentes, sin embargo, por poco que se profundice en la evolución de las culturas, no dejan de aparecer aquí y allí concomitancias que ilustran los nexos que existen entre ambas. Con su cerebro primitivo reptiliano la hembra de un lagarto no es capaz de establecer relaciones afectivas con sus crías, su cerebro no está preparado para ello; sí es capaz de establecer esas relaciones afectivas, sin embargo, una hembra cuyo sistema límbico ha evolucionado suficientemente. Y de la misma manera éstos últimos no pueden dar cuenta de sus actos ni razonar porque necesitan para ello poseer un cortex o neocortex que lo hagan posible. No obstante no parece que la inteligencia por sí misma sea capaz a palo seco de organizar desde un laboratorio una entidad nueva, una forma de organización social, unas relaciones que obedezcan únicamente a la lógica de un razonamiento gestado en el estudio de una realidad. La experiencia política de la Revolución de Octubre de mil novecientos diecisiete, quizás sea un claro ejemplo de ello; son tantas las variables en juego, que ni siquiera la sabiduría de Marx y Lenin fueron capaces de encontrar caminos que sólo, parece, la concurrencia de las fuerzas sociales, los distintos intereses, la curiosidad, los atisbos de inteligencia, la concurrencia de personajes sabios en la historia de la humanidad hacen posible llevar lentamente adelante. Nos comportamos como guiados por fuerzas ciegas, pequeñas e imperceptibles “mutaciones”, que con sus concepciones morales, ideologías, modos de relación, descubrimientos, van creando a lo largo de la historia de la humanidad entornos culturales cada vez más evolucionados.

No está de más pues tener a mano estas referencias que entroncan la fuerza motriz de cualquier vida animal con la nuestra propia, tanto personal como social. Comprender hoy cómo fue posible que los ifugao (norte de Luzón, Filipinas) hace más de dos mil años pudieran convertir una alta montaña con una inclinación en algunos lugares de cuarenta grados, en fértiles y armoniosas terrazas de arrozales, requiere echar mano de especulaciones que en parte podrían aplicarse al mundo de las termitas o las hormigas. La lógica de estos comportamientos no estarán después lejos de una fuerte tradición, algo que se crea poco a poco, década a década, la repetición de los actos, los modos de trabajar la tierra, los descubrimientos. Y dentro de ella el desarrollo de una responsabilidad de los miembros de un grupo; gente que está enferma es atendida por sus vecinos; cuando una casa familiar se quema el pueblo entero ayuda a construir otra; las labores agrícolas se hacen con la concurrencia de otros muchos habitantes del valle, el cuidado de los niños se extiende fuera del núcleo familiar. En Asia se habla del consenso como de una parte importante de la conciencia nacional y política. Colin Mason, en su A Short History of Asia, explica a través de estas características las razones por las cuales en Asia no han tenido éxito el estilo de democracia occidental, incluso, dice, en muchos lugares es cortesmente reprobado el hecho de ser gobernados por la mitad más uno. Los métodos de cultivo del arroz están íntimamente relacionadas con concepciones animísticas en las que los dioses controlan las fuerzas elementales de la naturaleza, y ello junto a la creencia de que virtualmente todo contienen una vida-fuerza o “alma” que es lo que impulsa la existencia de todos los seres.

Atravesar estos países día tras día le asume a uno de alguna certeza que no es fácil explicar. Por una parte esa concomitancia con el movimiento general de la evolución de otras comunidades animales, otros seres; por otra las aportaciones específicas que se derivan de una organización social milenaria, sea ésta política, técnica o religiosa; es decir la historia de la Asia actual. Y en este panorama algunos aspectos de la realidad actual que asaltan a cualquier viajero que visite estos países y que se hace tan difícil de conjugar, de entender. Dos ejemplos: la fuerza con que está arraigada en la India la división de la sociedad en castas, y que tiene sus raíces en los primeros tiempos del hinduismo, más de dos mil años atrás. Algo que consideramos tan vejatorio en occidente y constituyó siempre la base de la organización social de este país. Hoy, la discriminación por este motivo es técnicamente ilegal, está expresamente prohibido por las leyes; lo que no es impedimento para que dos personas con alto nivel de educación, un ingeniero y una periodista de distintas castas cuando se casan tengan que marcharse a vivir a Singapur. El otro ejemplo está sacado de la realidad de Sri Lanka. El pueblo tamil lleva viviendo en esta isla aproximadamente desde hace más de mil años; en la actualidad un veinte por ciento de la población, principalmente ubicada en el norte y en el este de la isla. A principios del siglo XIX, cuando los cingaleses, el otro ochenta por ciento, se negaron a trabajar para los ingleses, estos promovieron una importante inmigración de tamiles procedentes del sur de la india, una población más laboriosa que aquella otra cingalesa. En la actualidad, los conflictos que arrojan un número de muertos superior a setenta mil, se siguen sucediendo; y es que tras la independencia los cingaleses, cerriles ellos como tantos de nuestros compatriotas en relación a los vascos y catalanes, quisieron privar a aquellos de su lengua y sus derechos políticos. Consecuencias: el surgimiento de los Tigers Tamil que defienden su derecho de autonomía, y tras ellos, un movimiento ultraderechista, el JVP (Ejército de Liberación Popular), que considera todo intento de llegar a un acuerdo con los tamiles como un acto de traición. En consecuencia el JVP descalabra el suministro energético del sur de la isla como elemento de presión, y mata a políticos del actual partido en el poder, mientras que los Tigers Tamil emboscan al ejército.
Viajar hace inevitable ese intento de analizar y sintetizar lo que uno ve. Hoy, la visión de esos dos enormes enjambres que colgaban sobre nuestras cabezas en el arquitrabe de un templo budista me llevó a éstas consideraciones.

Mis disculpas por lo que pueda tener esto de meterse en camisas de once varas o en un terreno que puede corresponder al antropólogo social.

Dioses, fakires y otras cosas difíciles de comprender

Kandy, 6 de junio

Es pan de cada día encontrarse con parcelas de la realidad difíciles de comprender; y ahora, con mi sabia amiga al lado, todavía más, porque saltando de un tema a otro en una cháchara matinal que arranca mientras desayunamos y que se prolonga hasta el mediodía y que nos lleva a recorrer medio mundo, nos tropezamos una y otra vez con verdades parciales que poco a poco según avanzamos necesitan de una potente linterna que alumbre la oscuridad creciente que la realidad múltiple y compleja hace extraordinariamente difícil de aprehender. Hoy comenzamos hablando de cierta persona con el cuerpo destrozado por la droga y el sida, los callejones sin salida que las vidas errantes eligen sin apenas ser conscientes de ello; y de sus consecuencias, y de cómo el entorno se vuelve agresivo e insolidario con las equivocaciones de la vida. Y cómo las personas necesitamos de alguien que nos escuche y nos dé un poco de afecto.
Hizo mal uso de su vida y pagaba las consecuencias; no había ya la opción de rectificar, sólo cabía, mientras llegaba el final, encontrar unos ojos en los que poder verse, un rostro delante que mirara atento y escuchase las palabras que el cuerpo enfermo iba diciendo, alguien cuya frecuencia vibrase en parecida longitud de onda que la propia.
Después estaban los padres metidos en sus propias vidas; y tener hijos una condición inherente a la fase de la vida adulta. Y seguir el propio impulso, lo que dicta la costumbre, el medio; y los hijos no eran mucho más que el acontecimiento normal de los días y los años; el reflejo de la propia autoridad, acaso la posibilidad de realizar en la prolongación de uno mismo lo que no pudo completarse antes en la propia aspiración; hijos, ciudadanos, en quienes confirmar las leyes de Méndel; seremos guisantes con mayor o menor brillo, pero guisantes. ¿Hasta qué punto importa realmente el yo autónomo del ciudadano a la sociedad, a sus gestores; el hijo, su persona esencial, a tantos padres?
Y el individuo queda al filo de la vida adulta abandonado a su propia suerte. Tiempo para recomponer el panorama de la propia existencia, tiempo para romper dependencias, para hacer balance y colocar en las columnas del debe y el haber cifras, hechos, ideologías, confianza en sí mismo, las dosis de buena o mala educación recibida, los handicaps, los valores acumulados. El largo camino de hacerse adulto pasa por este ejercicio de autodeterminación, ejercicio de derrumbe incluido, a veces tan importante antes de comenzar a construir algo nuevo. Todo dependerá de cómo hayan ido las cosas antes. Esta mañana, en nuestra conversación, no había más que la posibilidad del derribo para empezar a construir desde los cimientos.
Si uno no hace esa tarea, si no comienza ese trabajo de reconstrucción de sí mismo entonces, es fácil que más adelante la tarea sea imposible. Los ojos se habitúan a la oscuridad y como peces abisales sólo creen que existe el abismo de esa oscuridad en donde sólo pálidos reflejos fluorescentes flotan en el ambiente.
Ser uno mismo. Crear nuestra propia realidad, como decía ayer. Mi cantinela, producto de fuerzas vectoriales diferentes, termina dirigiéndose a donde le conviene; allá donde le pica la sarna se rasca el perro. Parte de estas líneas podían tener un claro destinatario/a; un resto que me queda de intentar convencer a alguien de las bondad del mundo que vivimos. Una monserga que me sale continuamente escribir, un mantra, una jaculatoria. Santa Maria: ruega por nosotros; Santa Madre de Dios: ruega por nosotros. Y así cien, doscientas veces, hasta convencernos realmente de ello, hasta hacerlo carne de nuestra carne. Me gusta el budismo, más que las monsergas oscurantistas y dogmáticas del trasnochado catolicismo apostólico y romano; aquel básicamente una guía para conducirse uno a sí mismo más que una religión; una creencia altamente basada en la tolerancia, en la ternura y en la moderación.
A la conversación de la mañana le salieron muchas ramas, pero al final todas apuntaban a la necesidad de, frente a vientos y mareas, abrirse paso camino de uno mismo. Me gusta oír a Margarita confirmar que un porcentaje altísimo de las enfermedades tienen su raíz en la dejación que hacemos de nuestra fuerza; conforta saber que una mente sana resiste e impide que las enfermedades se hagan un hueco en nosotros. El individuo aquel de que hablaba más arriba debió de encontrar vagamente en la heroína el camino de la iluminación que no le podía proporcionar el medio en el que vivía; en el otro ejemplo una infancia calamitosa contribuyó a que la vida quedara varada por el peso muerto de la falta de autoestima. En ambos casos la carencia de confianza en uno mismo echa por tierra el trabajo de crecimiento personal y deja abierta la ventana a los resfriados y a los desarreglos de todo tipo. Sanar a base de fuerza de voluntad.
En el último post tuve un lapsus que me corrigió mi secretaria –Victoria, naturalmente ()-, escribí que había en España quienes creían que los vascos tenían cuernos y llevaban tricornio (en lugar de tridente), como los diablos. Tanto ella como yo nos reímos mucho cuando descubrimos la errata; quizás el lapsus tenga alguna lectura freudiana, porque imaginar a los vascos con tricornio puede ser como revivir la larga pesadilla de una guardia civil que sobrevoló sobre sus cabezas durante décadas como una sombra negra; tan negra como la respuesta que éstos recibieron por parte de los primeros. No me parece muy diferente el empeño de los vascos por ganar la autonomía, la capacidad de decidir sobre sí mismos, que aquel otro de quien vivió bajo el oprobio de una “mala educación”, un mal techo familiar o la tiranía de una vida que no era la suya e intenta hacerse un hueco en la vida acorde con sus gustos y descubrimientos.
Para mi gusto me faltaría hablar de Buda y los fakires antes de terminar estas líneas, una visita a una colina donde se alza una gran estatua de obra, y una representación de danzas del país que se cerró con un espectacular paseo de dos hombres sobre un manto de brasas y altas llamas. Buda sería una propuesta de camino y el trabajo de los fakires la fuerza de la voluntad con que persistir en el camino elegido.

El ejército en la calle

Colombo-Kandy, 4 de junio

“Avalokitesshavara, the most important of the bodhisattvas, leads us to realize that everything that has happend in our lives, whether directly or indirectly, is the result of our aspirations. We create our own reality.” El otro día, mientras volvíamos del aeropuerto dimos un repaso a ese tema tan latente hoy de los libros de técnicas de crecimiento personal; lo relacionábamos con las religiones orientales, con esas lecturas que tanto abundan en todo el mundo, sea de Osho, Khrisnamurti, Paolo Cohelo, y que indican una preocupación generalizada por el propio enriquecimiento. Expresábamos la paradoja de lo huérfanos que nos encontramos de conocimientos que vertebren una conducta capaz de ayudarnos a encontrar nuestro propio camino, el equilibrio, la paz interior, y lo lejos que nos encontramos en la práctica de atender al negocio personal con dedicación suficiente. Con la mañana ya avanzada nos habíamos acercado a un templo budista situado en el centro de un lago, un paraje que recordaba la película Primavera, verano, otoño, invierno. En el vestíbulo mirábamos una rueda de la vida que guardaba cierta semejanza con el El carro de heno, de El Bosco. Allí estaba en grandes caracteres la cita que encabeza este párrafo: los textos budistas nos enseñan a darnos cuenta de que lo que nos sucede en la vida, directa o indirectamente es el resultado de nuestras aspiraciones. Nosotros creamos nuestra propia realidad. Maravilloso descubrimiento el que nosotros a la corta o a larga seamos los creadores de nuestra propia realidad. Ello aclara muchas cosas, pone en nuestras manos el timón de nuestra vida. Parecidos pensamientos pueden leerse en los autores citados más arriba. Es un conocimiento milenario que con frecuencia olvidamos: yo creo mi propia realidad; las circunstancias no pueden ser más que un accidente en mi camino; mis condicionamientos un reto; el determinismo sólo existe en nuestro cerebro.

Paseamos más tarde por otro bello monasterio; en el centro de su patio crecía un enorme ficus, esos árboles devoradores que llegan a tragarse ciudades enteras; inconmensurables; voraces; todo un reino de vida que sirve de hogar y sustento a innumerables plantas tropicales; comadreo vecinal, simbiosis; por sus nervaturas suben los túneles de las termitas que se elevan así por el tronco fuera de la vista de los pájaros. A sus pies medita un buda que escucha impasible el agua de una fontana cercana en donde nadan carpas de colores. Un elefante con cara de aburrido espanta moscas con el rabo; una fila de feligreses hacen cola frente a un monje que ata a sus muñecas un cordino de algodón blanco; el sonido cantarín del agua me recuerda el claustro de alguna iglesia románica del Pirineo. Hace mucho calor; cuando atravesamos el patio de losas de mármol para alcanzar nuestra sandalias, las plantas de nuestros pies chillan; hago aspavientos y un grupo de mujeres de sari blanco ríen de la situación. A veces el suelo quema y hay que pasar corriendo para no quemarse.

Es el caso de esta ciudad, caliente también por el olor a pólvora. No es agradable pasear por una ciudad tomada literalmente por la policía y el ejército. Fort, la parte antigua de la ciudad, que limita con el mar y se encuentra relativamente separada del resto por un par de canales y una gran laguna, alberga el Trade Comercial Centre, los hoteles de mayor categoría, los edificios oficiales más notables. Las bocacalles, cerradas todas al público, a excepción de la vía principal, aparecen defendidas con sacos de tierra en cuyo borde superior descansan los fusiles. No se puede ir cinco minutos en una rischaws sin que algún control policial nos obligue a detenernos para mostrarles los pasaportes. De todo ello queda constancia notarial en unos grandes libros, en donde cada vez un oficial escribe los datos de los viandantes. La mayoría de estos soldados no sobrepasan los veintiún años; la mayoría adoptan posturas arrogantes, miran a los transeúntes desde su status de autoridad; si bien en algún momento no son capaces de sostener la pose y por su rostro se escapa la mirada tímida, el gesto amable que subyace bajo el uniforme. Los perros guardianes también parecen tener su alma de niño. Junto a las calles acordonadas rompen las olas y el agua se eleve una decena de metros sobre la acera. Atardece. Nos acercamos por un paseo solitario hacia la rompiente, pero es inútil, la barrera de rifles, el miedo, ha levantado la parafernalia de sus trincheras alrededor del dinero y de los órganos de decisión y poder.

De momento había desistido de hacer fotografías para no levantar las ganas depredadoras de alguno de estos jovencitos que surcan las calles con aspecto aburrido y mirada de estar pensando en su novia; van cargados con su fusil y llegado el momento pueden tomarse muy en serio su trabajo; les han dado un puesto de responsabilidad y ésta les asume de la convicción de su función; otros sobreactúan, necesitan contonearse frente a sus superiores y hacer notar su celo en la tarea encomendada; como sucedió ayer, que paseaba por la calle con la cámara colgando, pero notoriamente en estado de inactividad, cuando uno de estos soldaditos, viéndome, tuvo necesidad de hacerse notar y se tomó el trabajo de cruzar la calle para interesarse por las fotografías que podría haber estado haciendo del edificio en cuya puerta él hacía guardia. No pude evitar de sonreír sardónico ante una película que ya conocía de dos años atrás, un día viajando entre Senegal y Malí en que un policía algo lelo, con ganas de hacerse con una cámara fotográfica, pretendió que yo había estado fotografiando su cabaña de adobe y tejado de paja, oficialmente un puesto de aduanas. En aquella ocasión me sorprendió y enfadó tanto que prácticamente me tiré al cuello del policía, cuando éste de manera inesperada dio un tirón y arrancó la cámara de mis manos. Fue necesaria la presencia de un letrado (alguien capaz de leer) para que me perdonaran la vida y me dejaran partir después de aleccionarme y devolverme la cámara. Por demás el espectáculo se había hecho público y veinte o treinta pasajeros se habían interesado por la suerte del viajero y su cámara, lo que debió de forzar la “conmiseración” del oficial de policía. Lo de ayer tenía más pinta de sobreactuación, de ganar puntos ante la superioridad. Me hicieron pasar al interior de las dependencias militares y allí tuve que hacerles un pase de mis últimas fotografías. Cuando se cansaron de ver retratos, budas, paisajes callejeros, se interesaron por otro juguete, ahora era el teléfono; estuvieron buscando durante dos o tres minutos el agujerito de hacer fotografías, pero casualmente mi teléfono carecía del él.

Las noticias que me mandan de casa vía email no son nada alagüeñas. Anteayer mismo las fuerzas del ejercito han estado bombardeando posiciones del separatistas Movimiento para liberación del Ealan Tamil (MLET); en el este de la isla y, en la noche del pasado viernes, la policía descubrió un camión cargado con más de una tonelada de explosivo C4 en un punto de control a ochenta kilómetros al norte de la capital Colombo. Desde el comienzo de los enfrentamientos, al menos setenta mil civiles y militares perdieron la vida. Sólo en 2006 se registraron más de cuatro mil víctimas, pese a la vigencia de una tregua pactada hace cinco años.

Caminando hacia el sur por un paseo marítimo solitario tomado por los militares, vamos poco a poco encontrándonos con los paseantes dominicales. A ellos tampoco les gusta la soldadesca y según ésta va desapareciendo van apareciendo los viandantes y los enamorados. Junto al crepúsculo que empieza a dorarse con los colores propios de la fiesta vespertina, se despliega una curiosísima fila de paraguas, bajo los cuales las parejas, ocultas a las miradas de los transeúntes, se besan y hacen manitas; poco más o menos como en nuestro país en los años setenta, que había que besarse entonces lejos del alcance de los grises, no fuera a ser que te detuvieran por escándalo público. Los enamorados, todos cubiertos con sus respectivos paraguas, ocupan, en fila india, como no podía ser de otro modo en este país, uno de los escalones del paseo. Son muchos y eso les hace más atrevidos.

El mar rompe frente a nosotros perlando de espuma y lluvia el paseo. Se sienta junto a nosotros un hombre parlanchín de tez morena y ojos inquietos. Un superviviente el último tsunami de la zona; el mar se llevó a su esposa, a su hermana y a su madre; es pescador, también el mar se llevó su barca y destruyó su hogar. No, no tiene aspecto conmiserativo; charlamos, nos retratamos juntos; coloca su brazo junto al mío y esboza una amplia sonrisa; saco la cámara nuevamente, fotografío esos dos brazos, el del viajero y el del superviviente del tsunami. Su mirada es franca; aquí la vida tiene otra consistencia, la precariedad, la incertidumbre de si mañana habrá algo que echarse a la boca, viste el rostro de cierta nobleza de la que carecemos los que vivimos bajo el palio de la santa hermandad (Sabina, dixit) de los asegurados a todo riesgo.

Tras el mar que rompe aparatoso, se desarrolla ahora el espectáculo para el cual hemos venido aquí a sentarnos, junto a los enamorados. Todo se hace ámbar y fuego. Le pido a Margarita que pose de perfil frente al señor del fuego; luego saco el zoom y recojo esas perlas doradas que el sol deposita sobre el escenario; le acompaña un barco mercante, las nubes lucen su traje de final de tarde. Es hora de recogerse. Pararemos una moto richaws que nos dejará en las concurridas calles de Fort Railway Station, cenaremos en un restaurante cercano y subiremos en seguida a descansar tras este intenso día de peregrinación. Mañana tomaremos temprano el tren a Kandy.

Innato, adquirido o cosecha propia

Colombo, 3 de junio

Mi amigo dice que el sentimiento de exclusividad es innato y que por tanto nada se puede hacer contra él; hace no mucho hablando acaloradamente con una amiga que es psicoanalista se me escapó hablar de la curiosidad como algo innato en el hombre, lo que hizo que bajáramos de los árboles y exploráramos nuestro entorno; ella me paró diciendo que no, que la curiosidad no era innata; hoy me desperté bajo el chorro del ventilador acompañado, era agradable encontrarme con un cuerpo al lado después de este largo vagar solitario por las riberas del Pacífico, Margarita dormía plácidamente envuelta en el ruido ensordecedor de este amanecer urbano; la necesidad de ternura también debe de ser una necesidad innata; cuando dos personas construyen durante más de un lustro una intimidad, una convivencia, el cerebro límbico gota a gota va fijando sobre su estructura fisiológica un fuerte sentimiento de pertenencia que se traduce como si la otra persona de alguna manera hubiera pasado a formar parte de nuestro organismo; uno no se puede arrancar un brazo porque forma parte de sí mismo, de la misma manera que no puede arrancarse de uno un hijo, o acaso un amante, que el tiempo asoció, mezcló, hizo intimidad con el propio sentir, el propio organismo.
La lista de realidades sería interminable. Hace muchos años leí un enorme tocho de Luis Cencillo, que llevaba ese título, Tratado de las realidades, aquello debía de ocupar más de un millar de páginas de gran formato. Tratar de hablar sucintamente de estas cosas sería casi una frivolidad; la cantidad de material de reflexión que nos proporciona la vida a diario es tal como para volverse locos si quisiéramos dar salida a todo ello intentando poner orden no sólo ya en los asuntos aisladamente sino en la interrelación de las innumerables variables que sus mutuas dependencias suscitan. Sin embargo entre quedarse mudo e intentar aclararse un poco en lo que sucede en nuestro organismo, mejor atenerse a lo segundo.
Como uno no es filósofo ni tiene excesiva capacidad para el análisis pormenorizado, como le sucede al señor Marina, se ve limitado frecuentemente a utilizar otros criterios de acercamiento a la realidad que responden más bien a las intuiciones y a esa vara de medir y de concluir asuntos que dice que es válido aquello que funciona, y no válido aquello que no. No hace falta ser sabio para ir encontrando los caminos de la propia verdad, sólo basta interrogar a nuestro organismo, esa lumbrera que trabaja desde nuestro interior a veces lejano a nuestros propios razonamientos, y que llegado el caso nos sorprende con un arranque de ternura, con un afecto, con un sentimiento del que nuestro yo consciente no tenía conocimiento hasta ese instante. El cuerpo sabe mucho más que nosotros mismos. Quizás por ello no haya que estudiar tanto ni devorar desde los presocráticos hasta Heindeger, aunque algo ayude su lectura, sino que sea buena idea recurrir a atenuar el parloteo en que nuestra mente de continuo se ve empleada –un rato de yoga, meditación zen, la contemplación del ir y venir de las olas, el subir y bajar de las llama de una hoguera-, hacer silenciar la siempre inquieta disposición de nuestro cerebro para estar continuamente en movimiento, pasando interminablemente de un tema al otro, para en el silencio poder escucharnos a nosotros mismos; como decía ayer el personaje femenino de Dickens que no veía nada especial en el fuego, pero mirándolo ella veía crecerse. El método funciona, y curiosamente mediante él se llega con frecuencia a parecidas conclusiones de esos sesudos pensadores que emplean su tiempo en desentrañar la realidad.
Un día uno se ve sorprendido por un pulso acelerado sobre la carótida, el corazón ha empezado a batir con fuerza desacostumbrada; otro nos encontramos con los ojos húmedos; otro ve frustrada su estratagema para liberarse de un afecto que ha calado muy hondo en su organismo; otro nos entran unas ganas locas de hacer un viaje, escalar una montaña, correr un maratón. Nuestra curiosidad nos lleva tras un cuerpo nuevo, nos hace llegar a las profundidades de una cueva en donde el silencio y el ruido cavernoso del agua deslizándose bajo las estalactitas persigue al hombre primigenio que habitó en el interior de la tierra. Decimos, esto es innato, aquello lo aprendimos, lo otro se fijó a fuego en nuestro sentir, con de más allá ya nacimos puesto; hablamos de la conciencia como si hubiera una codificación interna previa a toda existencia que fuera parte consustancial de nosotros mismos; hablamos de nuestro ser interior como si nos debiéramos a una oscura realidad nuestra que también puede concebirse como realidad con raíces en un pasado previo a nuestro nacimiento (algo en lo que no creo pero contemplan todas estas religiones del sureste asiático). Margarita hablaba ayer de un yo que trasciende la vida, aprendizajes que hicimos en otras vidas y que mediante técnicas especiales de regresión podemos reencontrar en nuestro presente de hoy.
Abrirse paso en uno mismo para aprender a discernir, saber si el amor que tuviste es una inútil dependencia cuyo final hay que forzar, conocer de las fuerzas que estimulan nuestra curiosidad, de las posibilidades de nuestro organismo, de las trampas que el hecho social nos tiende para ceñir nuestro comportamiento a las necesidades del grupo; saber si eso de la exclusividad es una realidad o es nuestra incapacidad la que habla intentando crear lazos de dependencia-sumisión en los que guarecerse de las inclemencias del tiempo, un seguro de vida con el que echarse a dormir una vez sosegada nuestra inquietud, nuestro miedo a la soledad. Conocer qué es amar y no confundirlo con los grilletes de un contrato notarial o divino (¿estás ahí, mi amiga desconocida? Esas palabras que te leí: lo que Dios ató no puede desatarlo el hombre... que yo creo que son más de lo mismo, cómo las religiones y la sociedad organizan su mundo, y nos lo inoculan después hasta hacernos creer que está en la naturaleza humana esto y lo otro, de la misma manera que está en la naturaleza humana obedecer ciegamente al poder, a los popes, a los dioses que ellos inventaron a veces con oscuras razones. ¿Quién tiene la razón aquí en Sri Lanka los cingaleses o los tamiles? Los cingaleses tienen el poder, son más y mejor armados, y eso da pie para reconocerles como los señores de este país, pese a los cientos de años que los tamiles llevan ocupando estas tierras. En España hay mucha gente que piensa que los vascos son habitantes del del infierno, tienen rabo y llevan un tricornio en la mano como Neptuno; la cultura política centralista hizo estragos en nuestra tierra. El íntimo convencimiento que tantos tienen sobre una tan manifiesta mentira se basa no más que en un goteo ideólogico inoculado por intereses mezquinos y mentes extraviadas. Un paréntesis más, qué le vamos a hacer. Ah, y por supuesto, mis respetos, no obstante, para creencias que no son similares a las mías).
En realidad todo forma parte de lo mismo, tratar de aprender.