¿Qué es una buena película?


Cochin, 16 de junio

La barcaza surca la superficie acerada del agua; apenas se inmuta ésta por el paso monótono y mastodóntico, pesado, de esta antigualla que hace el trayecto entre Alleppey y Kottayan cargado con gente de color y ojos profundos. El barco podía pertenecer a los tiempos de Asoka, el gran emperador hindú del siglo III a.C.; los canales, aunque salpicados de viviendas aisladas aquí y allá y afianzadas sus orillas por paramentos de piedra que protegen de las inundaciones los campos vecinos, no muestran otra pertenencia al presente que un tendido eléctrico que veo cruzar de tanto en tanto entre las palmeras. Si acallaramos el motor y lo sustituyéramos por remos, bien podríamos imaginar que las huestes de Alejandro Magno andan por el norte haciendo su campaña exploratoria del continente, o que acaso los portugueses se afanaban en Panaji, la antigua Goa, por establecer una fuente de suministros de especias, o los franceses en Pondicherri buscaban el modo de incrementar sus beneficios más allá de sus fronteras. El tiempo apenas cuenta en esta superficie calma rodeada por el reflejo de las palmeras contra la luz de un cielo de tonalidades azulinas y grises color perla. A veces el agua se llena de plantas flotantes y ésta aparece como un enorme prado en donde asoman la cabeza unas flores malvas no especialmente bellas. Sí, esa es la sensación, navegar por el medio de un prado rodeado por la silueta oscura de las elegantes palmeras. Lo demás es runrún de motores y recolectar con la cámara las luces y las sombras que desfilan delante de mis ojos.
¿Qué es una buena película?, dice ella, cuando empiezo a defender alguna de mis preferencias cinematográficas; y me mira por encima de las gafas, y ya, como he empezado a conocerla, me veo por donde vienen los tiros, y la miro en silencio, un silencio que dice: ¿me estás tomando el pelo?, ¿o acaso me quieres poner a prueba? Y es que me tengo que andar con cuidado, porque no está sola en contra mía, que también anda su hijo Javi por ahí con la escopeta cargada a la defensa de su madre (sí, que ahora soy señor, que me va a llamar así hasta que a su madre no deje de llamarla mi amiga con nombre de flor; yo, que nunca me sentí ni señor ni cosa similar; por Dios, señor, que me suena a individuo cejijunto y de corbata, un colgajo que sólo llegué a usar un par de veces bajo la presión de la pena capital cuando era chupatintas de un banco). El caso es que casi me veo obligado a buscar argumentos; y puestos, ya en materia de relativismo, habría que decir, quizás, que sobre gustos no hay nada escrito; pero también, como en todo refranero que se precie, donde un refrán expresa una verdad, hay otro que expresa su contrario; y en este caso, podríamos decir que hay gustos que matan. Vaya, que nos enzarzamos con las palabras, y si ella defiende a Los piratas del Caribe yo me monto el número de mis entusiasmos cinematográficos, poco cine pero de calidad: Herzog, Kurosawa, Lee, Angelopulus, Bermang, Buñuel (no todo). Y esta mujer ya empieza a meterme en un cajón (con lo que me jode que me metan en un cajón). Sí señora, que puestos a jugar prefiero otro juego más interesante que el parchis. Y me da la impresión que se mosquea, pero es que se me ha tirado al cuello de una manera tan descarada con eso de vamos a ver, ¿qué se una buena película?, que siento la tentación de darle cuerda a mi entusiasmo y no parar; lo cual hago, lo que provoca un largo monólogo por mi parte, al cabo del cual hasta las palmeras que levantan sus flequillos oscuros un poco más allá del runrún de la barcaza abren la boca para decirme que me estoy pasando, porque sin venir apenas a cuento largo el cincuenta por ciento de mi repertorio, de todo un poco, música, pintura, literatura, cine... ¿cómo comparar a mis gurúes culturales, las robustas emociones (jeje) que me proporcionan mis gustos (jeje) con todo ese batiburrillo comercial, con los efectos especiales, con... Y es que no hay quien me pare cuando me pongo plasta; soy capaz de soltar un rollo de cuarenta minutos alabando al salvaje Ursu Uzala, al Visconti de Muerte en Venecia, a cualquiera de esas músicas que alabadas con un poco de habilidad forman en el interlocutor, según sea su sagacidad, la idea de que uno o es melómano o un listillo de tres cuartos (o acaso un cultureta, como le llama Rosa a Guille Guillosocaradeoso, hace tiempo). Vamos, que después de todo mi amiga (¿estás por ahí, Javi?) se queda tan callada que no sé si se ha tragado mi rollo y me considera un poco más después de mi verborrea (lo que demostraría menos inteligencia por su parte de la que yo creo que tiene), o si por el contrario me mira condescendiente como si fuera un romántico estrafalario que se emborrachara con su propio entusiasmo.
Los canales se estrechan y nuestra barcaza vuelve a ser una embarcación deslizándose suavemente por un prado de plantas flotantes sobre cuya superficie vuelan numerosas aves acuáticas.
Ahora el agua me entra por el cogote, cae a regueritos en mi cabeza desde la abertura que dejan los remaches del techo. A mi izquierda, un dispositivo en forma de persiana plegable, evita parcialmente el paso de la lluvia que en este momento golpea sobre la chapa del autobús formando una escandelara; sólo parcialmente porque por ese lado el agua se cuela sin que podamos hacer nada por evitar que nuestros macutos se empapen. Nuestro viaje continua. En este país, y más en la época del monzón, la lluvia parece ser un elemento con el que se tiene una buena convivencia. Veo a otros viajeros bajo la lluvia que inevitablemente se cuela por todos los sitios, y me admira que ni se inmuten. Allí donde fueres haz lo que vieres. Así que paciencia. Junto a mi asiento un criajo me mira con sus ojos negros negros; le debe de extrañar mi piel blanca blanca. Le hago un guiño, pero no sigue el juego. Apenas hay espacio para ningún otro pasajero, pero el interior del autobús es como un globo elástico, admite todo lo que le echen. Sube un señor gordo y me planta encima una voluminosa cartera; nos sonreímos mutuamente. El día de fin de año último, cuando terminamos la San Silvestre, el metro en Vallecas era algo parecido a esto; a muchos les entraba la vena de señoritos y protestaban porque otros corredores forcejeaban en las puertas del metro para encontrar un espacio dentro del vagón; no somos animales, protestaban. Claro que no somos animales, pero tampoco era cosa de perder la hora de las uvas esperando al metro. Aunque el autobús vaya hasta los topes, aquí siempre hay espacio para una docena más.
Y con dos macutos en brazos, como si fueran dos bebés a los que hubiera que proteger de la lluvia para que no se resfriasen, no se me ocurre otra cosa que pensar en aquello: ¿cómo coño se distingue una buena película de una mala? No, pese a todo, sigo pensando que mi amiga estaba tratando de tomarme el pelo.

Ecos de África

Allepey, 13 de junio

Hoy, mientras el muy largo amanecer se desleía en la semioscuridad de la habitación, venía poco a poco atravesando el tul del mosquietero, mis sensaciones campaban, lánguidas ellas, indecisas como el caballo de Orlando de Aristo, de aquí para allá antes de empezar a caminar con alguna determinación. Me llegaban los ritmos de la noche anterior, un buen puñado de hindúes, un catalán, cuatro o cinco extranjeros procedentes de distintas partes del mundo, nosotros, instrumentos de percusión, una guitarra, la voz templada de dos jóvenes de tez oscura, el baile, el olor a marihuana, una botella de Rioja que apareció en algún momento de la noche. El repertorio, entre música de Joaquín Rodrigo y un divertido tema, titulado India’s train que narraba las peculiaridades de un viaje en tren por la India -vendedores de café y té (chaé, chaé, coffee, coffee, chae chae) sorteando con su infernillo de brasas los pasillos de un abarrotado tren donde no había lugar para apoyar los pies: ¡coffe coffe coffe, chae chae!-; entre uno y otro temas tradicionales de Kerala, canciones de amor, un punteo en la guitarra que a mí me sonaba a ese conocido tema de José Larralde que habla de una anciana muy anciana de pechos secos y mirada profunda.
Tenía la certeza de estar viviendo varias vidas a la vez. El mosquitero, colgado del techo, desplegaba su bóveda circular de vestido de novia a nuestro alrededor protegiéndonos de la agresividad de los mosquitos. Fuera diluviaba. El monzón invadía decidido la mañana y la llenaba de música de tambores y maracas. El tejado de nuestro chalé de madera se convertía en caja de resonancia de otras lluvias, lejanas lluvias que quizás pertenecían ya a otras reencarnaciones. Pero como según la física quántica no hay ni pasado ni futuro, sino que todo sucede en el momento presente, el tiempo no existía y mis muchas vidas y mi tiempo eran todo uno. Pero también eran uno mi yo con los de los otros; y nuestros cuerpos en la penumbra eran a su vez parte de la misma cosa. Y mis manos y sus manos parte del mismo cuerpo.
Recordaba un amor que tuve (y no sé yo si se puede tener un amor y dejar de tenerlo, que en eso coincido algo con mi amiga desconocida, que el otro día decía que lo que Dios ha unido no lo puede desunir el hombre; sí, sustituyamos la palabra Dios por amor y el argumento encuentra su espacio); recordaba un amor que tuve, decía, y al que ayer mismo trataba de animar para que se escuchara a sí misma mejor que seguir el intento vano de intentar convencerse de esto o lo otro. Recordaba momentos de plenitud, de cuando uno atraviesa el fulgor de un estado de gracia y ve el mundo, el tiempo, la historia personal y universal como un brillante chispazo en un universo sin principio ni final, con un sentido cuyo único objeto es vivir y sentir que estás vivo.
Pensaba en mi admirado Michelle de Montaigne, y no sé por qué me sentía entrañablemente cercano a este hombre que dedicó una parte importante de su vida a poner por escrito lo que la realidad suscitaba en su curiosidad, una sabiduría que después de cinco siglos no sólo se mantiene en pie sino que conserva una vigencia plena sobre el modo de entender y vivir la vida. Sí, le pediré a Victoria que me traiga a Sudáfrica el segundo tomo de sus ensayos; así, mientras voy estudiando la historia del continente africano, podré volver a deleitarme en el callejeo de su prosa. Y nunca mejor dicho, vagar por la realidad de la mano de Montaigne es un auténtico placer de viajero curioso.
Estate feliz, decía ayer uno de los temas que cantaban los amigos hindúes, un tema africano que repetía interminablemente algo que sonaba como somebederendé samboa somebederendé samboasomebederendé samboa y que significaba eso: estate feliz. Y el ritmo de los bongos crecía, se hinchaba, se hacía frenético para volver a remansarse somebederendé samboa somebederendé samboa somebederendé samboa. Y me imaginaba en África en alguna noche del verano próximo, los poros abiertos, recogiendo la sabiduría primitiva de los hombres sentado bajo los árboles escuchando ritmos similares, unidos a los habitantes del continente negro por la noche, la música, el deseo de ser dichoso.
Había también en la mañana la certeza intuida de que iba a ser posible regresar al pasado, a cuando la vida no tenía otra preocupación que aquella de vivirse, tiempo de dedicación plena a los ritmos de la naturaleza; el ardiente erotismo de los bailes de la noche anterior, mi amiga, una brasileña, los amigos hindúes, yo mismo dados a la noche y al ritmo, abandonados a la música, revoloteaba en la mañana como una fresca brisa en medio de la cual uno descubriera que es posible ir más allá, vivir mejor la noche y el espacio entero de los días, que sólo era necesario saber escucharse; ese escucharse que recomendaba yo a Marisa, y que requiere romper moldes, dejar de creer que la “eterna verdad” que nos han transmitido y que sólo sirve para hacernos difícil la existencia; asumir que sólo es pertinente aquello que nuestro organismo descubre junto a los estados de gracia, esas evidencias que poco a poco vamos incorporando en nuestro viaje.
Y ahora intento retomar estas líneas que comencé esta mañana, y ya no es posible. Y es que al poco tiempo de levantarnos se acercó Juan, nuestro reciente amigo catalán, se sentó en el escalón del porche frente a nosotros y comenzamos una apasionada charla que duraría hasta casi el atardecer. El gozo de conversar. Coger la oportunidad al vuelo y no soltar prenda, conducir la conversación sin agotar los temas, disfrutar de las palabras y la experiencia del otro, descubrir que pese a todo no somos unos raros, que es posible vivir de otro modo, pensar de otro modo, sin tener que besar el culo al sistema ni poner cirios o velas a santos que no son de nuestra devoción.
Encontrar en tan poco espacio de tiempo que un viajero de aficiones solitarias y un poco rarito (jeje) puede convivir de golpe muy satisfactoriamente durante semanas las veinticuatro horas del día con una mujer a la que conoce desde hace un mes y medio por unos correos, y desde hace diez días personalmente, es un descubrimiento que merece la atención. No sólo nada se rompe ni se quiebra, sino todo lo contrario, la convivencia se convierte en un nuevo gozo, un nuevo descubrimiento, un nuevo manojo de posibilidades. Hace un rato hablábamos de los celos, ¿a qué necesidades atienden los celos?, ¿qué vírgenes y santos visitan aquellos que no son capaces de refrenar sus necesidades de exclusividad?, ¿qué concepto de la vida, del amor, del otro tienen?
Sí, señor, estamos descubriendo el mundo; el nuestro, no el que de manera tan incisiva y equivocada nos quieren vender. Y es maravilloso despertarse cada mañana y encontrar que el mundo no sólo no se derrumba, sino que le crecen flores, aparte de la consabida margarita; le crece la conciencia de las bondades que tienen el encuentro, la necesidad que tenemos unos de otros, el aprendizaje, esa ración de ternura que todos buscamos como sedientos entre las dunas del desierto.

Nuestra casa flotante

Allepey, 12 de junio

Mi amiga se rio tanto anoche cuando le leía mi último post sobre su cabreo, que ello me anima a seguir metiéndome con ella; un deporte, ese el de meterme con la gente que quieres, y por supuesto mejor deporte aún meterse con uno mismo si se tercia. Que el humor no decaiga. De momento me cuida bien, nuestra casa flotante surca apaciblemente las aguas de los canales y mientras yo me dedico a la escritura ella va regalándome con trocitos de plátano frito en la punta del tenedor que nos han servido a bordo junto con el té. Viaje de privilegiados. Una casita de bambú flotante, una recoleta habitación con una cama de matrimonio y dos ventanucos al exterior, un baño, un recibidor con dos sillones en cuyo frente el timonel maniobra perezosamente; una mesita, en fin, también de bambú, donde descansa una bandeja con frutas y otra de té junto a mi cámara fotográfica lista para ponerse en acción dentro de un rato... todavía un rato, cuando el sol empiece a caer y las aguas se hagan de plata y fuego, cuando las orillas y la silueta de las palmeras y los pescadores se hagan negras, mates sobre un horizonte de miel y ámbar. La casa flotante partió hace una hora de las tranquilas aguas de un lago y ahora se adentra por estrechos canales en cuyas orillas aldeanos y pescadores atienden a sus tareas cotidianas. Tarde apacible de merecido descanso para los viajeros cuyas múltiples obligaciones a veces no dejan respiro; porque sí, que hay quien se cree que esto son una vacaciones de pleno ocio, y de eso nada, que con frecuencia se trata de un curro de no te menees. Estos últimos días, por ejemplo, litigio con la embajada, con la compañía aérea, con la policía, y ayer mismo, día de zoo (había que buscar una toma aquí o allá, quería un buen retrato de mono o similar que no pude cazar, aunque sí el de un buitre, por eso de que cada vez creo que nos parecemos más a los otros animales, la cara de aburrimiento de un león, la pereza de los grandes reptiles, caimanes y cocodrilos adormilados junto al agua); y después del zoo, recorrer las salas de la Art Galery, con un puñado de buenas pinturas costumbristas, cuadros que recordaban a Sorolla, a la época amable del primer Goya en las fiestas de Madrid; y volver al hotel sudando como pollos, y entonces ponerse al día, sacar el manual de historia, etc. Y para colmo de todo esto de hacer una crónica casi a diario.
Los colegiales vestidos con su camisa blanca y su corbata nos saludan a gritos desde la orilla, bye bye. La casa flotante ha abandonado la superficie agitada del lago y ahora se interna en un estrecho canal a una hora que debe de ser la de salida de la escuela. Animosos y simpáticos colegiales que después de las horas de clase encuentran su diversión en saludar a los viajeros.
Decía que iba a meterme con mi amiga, y es que era muy gracioso verla hacer piruetas para comer sin mancharse los dedos en una parte del país en donde todo el mundo come con la mejor herramientaa que disponemos para ello: las manos. Mezclar las salsas y las carnes con el arroz haciendo bolitas con los dedos era superior a sus fuerzas. Así hasta que alguien se llenó de compasión y le buscó una cuchara. Después estaba el chili, de picante nada, que el otro día pilló un buen trozo y lloraba como una magdalena, allá corriendo como un bombero a por la manga riega, y metérsela en la boca y dar saltitos de pollo para apagar el fuego del chili. Y como de picante nada tiene entonces que hacer una ardua labor de investigación por las masas de siete u ocho platitos que sirven junto al arroz, a la búsqueda de los trocitos de picante que andan escondidos como a traición para alcanzar la boca de mi amiga y reírse a discreción de sus saltitos de conejo cuando se mete uno en la boca inadvertidamente. Pero luego, la jodía, que es muy lista ella, ve un platito blanco con trocitos de arroz y va y me propone que me lo cambia por uno de yogur; y yo pongo cara de bobo y se lo cambio, con lo que me gusta el arroz con leche. Deferencias de caballero, aunque uno la verdad no tenga ni por asomo algo de tal cosa.
Estábamos en las tranquilas aguas de los canales. Un crucero que hace el servicio entre Kollam y Allepey no funciona más que en temporada alta, y como no nos íbamos a quedar con los dientes largos, decidimos alquilar una casa flotante Y ahora es el ronroneo de los motores, un viaje suficientemente placentero como para por fin sentarse a escribir, leer o conversar sin el apremio de algo por concluir. El timonel de vez en cuando me llama y me enseña algo, trata de explicarme una labor agrícola, pero me basta con la apacibilidad del agua. Espero de la luz del final de la tarde algo más interesante que fotografiar, la aparición de los contrastes, el nacimiento de la luz, esa que pone tan bonito el mundo cuando se despide de él camino de la noche. Trato de contestar una carta de Victoria, pero me voy como tantas veces por los cerros de Úbeda; hoy es rato apacible, como el agua calma de los canales que atravesamos: sustraerse a la presión que nos pide razones y conformidades; tampoco es necesario estarse diciendo continuamente lo bien que marcha todo (tan bien marcha, sí, señor, que la señora doctora después de pasarme los trocitos de plátano en la punta del tenedor, se empeña en coserme la camiseta; ¿dónde está la camiseta esa rota, dice; y como le digo que nanais, agarra y se va al camarote, y ahí está ella con aguja e hilo haciendo de Penélope diurna... seguro que si alguna de sus compis lee esto se ríen un montón). Sí, a veces la vida pasa sedosa y amable como una brisa en día de calor; un tiempo en que a uno le gustaría inventar un dios para darle las gracias.
Dedicarse a las sensaciones, a sondear en nuestro interior sin precisar dar forma a todo, sin necesitar meterlo en cajones. Dejar la tierra roturada y abierta para que la lluvia y el aire puedan penetrarla; puedan acariciarla, lamerla, tocarla.
En fin, más palmeras, más runrún, apacibilidad en medio de este a veces apresurado viaje; una manera de disfrutar más y mejor del conjunto del tiempo. Ya somos viento y reflejo de agua, energía sutil y liviana.

Nuestra tarde, hecha hoy de plata vieja y herrumbosos verdes que se mecen en el agua cenicienta, es visitada por el monzón que comienza, y en unos pocos minutos el cielo se cubre y se derrumba sobre nuestras cabezas; la techumbre de hoja de palma resiste malamente y deja pasar hilillos de agua que se suman a las ventoleras de rachas de lluvia que atraviesa la cubierta. Hemos anclado en mitad del lago y la embarcación gira sobre sí misma agitadamente. No más de media hora. Después vuelve la calma. Y nuestra conversación se convierte entonces en un placer tranquilo por donde desfila la vida, donde se remansan las ideas, donde llega el eco de las emociones compartidas. Realmente siento que me ha tocado la lotería, se lo digo, encontrar una buena amiga no es cosa de todos los días: gracias, doctora. Nuestras voces se confunden con el rumor de la brisa. Es medianoche y amanece antes de las seis de la mañana, esa hora también mágica que no podremos perder. Decidimos irnos a la cama. Nuestra habitación, con su bóveda de cañón y sus paredes de palma es acogedora, desde nuestra cama podemos ver el reflejo de las nubes sobre el agua. Buenas noches.

El cabreo de mi amiga con nombre de flor

Thiruvananthapuram, 9 de junio


Nunca los vuelos fueron tan accidentados. En el anterior a éste, en Singapur, me faltó el canto un duro para quedarme en tierra, y en el de hoy, después de que el vuelo Colombo- Thiruvananthapuram fuera cancelado y que el pasaje, hindú en su mayoría, hiciera una sentada en el aeropuerto para pedir volar la misma noche, y tras un accidentado vuelo a Madrás, faltó nada para que nos quedáramos varados en el caótico aeropuerto de Chennai (Madrás) después de catorce horas de inesperados acontecimientos. Un trayecto aéreo inicial, en el que se emplea una hora y media, y que terminó por convertirse en un paseo en un sentido y en otro del espacio aéreo de los estados de Tamil Nadu y Kerala y un trajinar por oficinas y atravesar controles de la policía.



El problema de transporte de líquidos en el equipaje de mano y las prisas por un vuelo que perdíamos, provocó que una docena de latas de cerveza de un compañero ocasional de viaje fueran a parar al macuto de mi amiga con nombre de flor, terrible amiga a la que ya temía en la distancia y a la que estoy aprendiendo a conocer hasta el punto de poder bromear con este viaje, que yo le digo, de luna de miel inesperada. Y fue el caso (je) que lo que tenía que suceder sucedió; que nada más retirar el macuto de la cinta deslizadora del aeropuerto de destino ya ella notó el tufo que se desprendía de su enorme macuto y mi wife, ni corta ni perezosa montó en cólera (el macuto, enorme, exactamente el doble de peso que el mío; tanto que cuando miro mi esmirriada mochila al lado de la suya parezco un pobre viajero menesteroso junto a esta mujer de supermacuto a la espalda -toda una farmacia a la espalda... médico tenía que ser-, que a efectos de simplificación de comunicación con el entorno se ha convertido momentáneamente sin comerlo ni beberlo en mi wife). Qué pena me daba el pobre compañero de viaje, un hombre grueso de tez negra y aspecto bondadoso que corrió de una parte del aeropuerto a otra nerviosito como un flan porque si perdía el vuelo no podría asistir a la boda de su hija; pero que no muy ducho en esto de las nuevas normativas de los aeropuertos había llenado un voluminoso equipaje de mano con una grandiosa cantidad de cerveza que desbordaba todos los paquetes (¡tan escasa, tan cara en India!) a las que había unido dos flamante botellas de whisky con las que los aduaneros tendrían la oportunidad de emborracharse aquella noche. El hombre sudaba intensamente, habíamos corrido durante más de una hora como si participáramos un maratón, escaleras arriba, escaleras abajo, el sudor corriendo y empapando toda nuestra ropa y, justo, cuando ya estábamos a punto de abordar la puerta de embarque y cumplir así su sueño de llegar a tiempo a la boda de su hija, el líquido de los brindis, el vasito de whisky del final de la ceremonia, le desaparecía. Sólo se pudieron salvar las latas de cerveza que un apresurado empleado de SriLankan Airlines metió atropelladamente en el macuto de mi amiga con nombre de flor. Y allí, ahora, al final, ya en tierra en nuestro puerto de destino, con el cuerpo del delito entre las manos, el macuto chorreando ese líquido amarillo con aspecto de pis, mi amiga interpelaba al padre de la novia, que cabizbajo pero contento por llegar a tiempo a la boda, no sabía decir otra cosa que non problems, non problems. Y a ella que no le gusta ni el alcohol ni su olor, se le salían los ojos por debajo de las cejas. Uffff, terrible, arrugaba el entrecejo, se le subían los colores, tiraba con el carrito de la compra del aeropuerto derecha, empujada por el cabreo, a una velocidad como para dejar cojo a cualquiera que se le cruzara en el camino. Me tuve que separar unos metros porque pensaba que lo mismo me mordía. Pero no, la cosa no fue a más, que en seguida, nada más sacar algo de dinero en un cercano cajero, tuvimos allí la acostumbrada congregación de ofrecedores de alojamiento, transporte, ayuda, etc., que recibe a todo viajero en cualquier estación de tren o aeropuerto de la India. Y nosotros que teníamos que coger el autobús número 14 que nos llevaba a no sé donde, desde donde teníamos que ir a no sé qué calle, y... y a nuestro lado como un moscón el que nos perseguía había ido bajando poco a poco la cifra inicial de trescientas rupias para llevarnos al hotel directamente sin que le prestáramos atención, hasta cien, momento en que sí atendí para comprobar hasta donde era capaz de bajar el precio, aunque sin dar señales de ello, porque yo estaba dividido entre el ofrecedor de transporte y la rabieta de mi amiga, que ya empezaba a amainar y a hacer suave y relajado su rostro; lo cual era mucho de desear porque en esa situación un servidor no sabe en qué frecuencia vibrar. Cuando el precio bajó a setenta y cinco rupias consideré que no era cosa de hacer trabajar a aquel hombre mucho más, dado, además, el enorme calor que hacía y las molestias que nos íbamos a quitar de encima; así que aceptamos el trato. En seguida comprobamos que sólo era un intermediario a la caza de clientes. Como veríamos después todavía podríamos haber pagado menos de la mitad de aquella cantidad, por demás irrisoria, poco más de un euro para un recorrido de seis kilómetro y un largo itinerar por una ciudad colapsada por el tráfico. Pero bueno, el entretenimiento, el regateo, y luego el desfile de las siempre tan vivas calles de la India, hizo que la tormenta amainara en mi wife y volviera a su rostro la relajación y la serenidad de horas atrás.


Después fue tomar contacto con las calles de esta ciudad de nombre larguísimo y que las peripecias de los vuelos y las gestiones del los aeropuertos terminaron convirtiendo en familiar; fue buscar hotel en un amplio abanico de posibilidades, y en ello contemplar cómo un bello entorno, un patio acogedor al que daban las habitaciones asomadas desde sus tres alturas como a una plaza de toros, puede convertirse en un criadero de ratas y decidir incrementar un poco nuestro presupuesto y buscar alojo en un lugar más acorde con los gustos de mi amiga. Sí señor, hubo el primer encuentro soto voce, desacuerdo, mirada furtiva entre nosotros, forcejeo. Ella se adapta muy bien, pero aquello le pareció demasié. Uno tiene que disculpar su educación espartana, o acaso ciertos restos de prurito, el de querer vivir de cerca la realidad de los lugares por donde transita; y como uno no es precisamente de los que visitan hoteles de muchas estrellas, que para dormir bajo muchas estrellas prefiere dormir sobre el bendito suelo a la intemperie acunado por el ruido de las olas o el rumor de las hojas de los árboles; pues eso, que a veces apura demasiado y es lógico que se encuentre con que la compañía no es del mismo parecer. Siguiendo las inclinaciones de mi amiga voy a intentar cambiar de registro; después de todo el precio de la nueva habitación, unos nueve euros, en un hotel donde a la puerta te espera un señor con gorrita y botones dorados en la chaqueta que te dice un good morning muy servicial y amable, y después una larga y mullida alfombra te lleva hasta una amplia estancia donde no falta de nada y brilla el suelo como recién abrillantado para el gusto de mi amiga; después de todo, decía, no está mal. Ahora un enorme ventilador sobre la cama ronronea generoso encima de nuestras cabezas, un viento que agradecemos y fuera de cuyo radio es imposible no sudar a mares. Estamos en India. Estoy contento. Le pregunto a Margarita: ¿Oye, estás contenta?, y ella me dice: ¡soy feliz! I'am happy too!



Un enjambre bajo el arquitrabe

Colombo, 8 de junio

La historia de las sociedades, acaso de las culturas, parece comportarse como un organismo vivo más. Ayer, del arquitrabe del Templo del Diente de Buda colgaban dos enormes enjambres de abejas. La posibilidad de aunar fuerzas, distribuir funciones, mecanizar trabajos y empeñar la actividad individual hace posible la pervivencia de la abeja. Todas las relaciones de dependencia que se dan en el enjambre, que algún día, en una fase de evolución o de relación más acabada, habrá de constituirse en panal, no parecen tener otro objeto que el que tiene cualquier organismo vivo, es decir, mantener encendida la antorcha de la vida; la vida sería el fuego que pasa de una antorcha a otra indefinidamente, de un ser a otro, de los padres a los hijos.
Sería hacer un reduccionismo extremo querer trazar una línea comparativa entre el comportamiento de una colmena y la sociedad, pero es inevitable descubrir en ambas fuerzas internas que obedecen al mismo afán ciego, enterrado en nuestra biología profundamente, de hacer posible la existencia más allá de nosotros mismos.
La aparición de la inteligencia obviamente había de introducir importantes variables diferenciadoras respecto a otros seres menos inteligentes, sin embargo, por poco que se profundice en la evolución de las culturas, no dejan de aparecer aquí y allí concomitancias que ilustran los nexos que existen entre ambas. Con su cerebro primitivo reptiliano la hembra de un lagarto no es capaz de establecer relaciones afectivas con sus crías, su cerebro no está preparado para ello; sí es capaz de establecer esas relaciones afectivas, sin embargo, una hembra cuyo sistema límbico ha evolucionado suficientemente. Y de la misma manera éstos últimos no pueden dar cuenta de sus actos ni razonar porque necesitan para ello poseer un cortex o neocortex que lo hagan posible. No obstante no parece que la inteligencia por sí misma sea capaz a palo seco de organizar desde un laboratorio una entidad nueva, una forma de organización social, unas relaciones que obedezcan únicamente a la lógica de un razonamiento gestado en el estudio de una realidad. La experiencia política de la Revolución de Octubre de mil novecientos diecisiete, quizás sea un claro ejemplo de ello; son tantas las variables en juego, que ni siquiera la sabiduría de Marx y Lenin fueron capaces de encontrar caminos que sólo, parece, la concurrencia de las fuerzas sociales, los distintos intereses, la curiosidad, los atisbos de inteligencia, la concurrencia de personajes sabios en la historia de la humanidad hacen posible llevar lentamente adelante. Nos comportamos como guiados por fuerzas ciegas, pequeñas e imperceptibles “mutaciones”, que con sus concepciones morales, ideologías, modos de relación, descubrimientos, van creando a lo largo de la historia de la humanidad entornos culturales cada vez más evolucionados.

No está de más pues tener a mano estas referencias que entroncan la fuerza motriz de cualquier vida animal con la nuestra propia, tanto personal como social. Comprender hoy cómo fue posible que los ifugao (norte de Luzón, Filipinas) hace más de dos mil años pudieran convertir una alta montaña con una inclinación en algunos lugares de cuarenta grados, en fértiles y armoniosas terrazas de arrozales, requiere echar mano de especulaciones que en parte podrían aplicarse al mundo de las termitas o las hormigas. La lógica de estos comportamientos no estarán después lejos de una fuerte tradición, algo que se crea poco a poco, década a década, la repetición de los actos, los modos de trabajar la tierra, los descubrimientos. Y dentro de ella el desarrollo de una responsabilidad de los miembros de un grupo; gente que está enferma es atendida por sus vecinos; cuando una casa familiar se quema el pueblo entero ayuda a construir otra; las labores agrícolas se hacen con la concurrencia de otros muchos habitantes del valle, el cuidado de los niños se extiende fuera del núcleo familiar. En Asia se habla del consenso como de una parte importante de la conciencia nacional y política. Colin Mason, en su A Short History of Asia, explica a través de estas características las razones por las cuales en Asia no han tenido éxito el estilo de democracia occidental, incluso, dice, en muchos lugares es cortesmente reprobado el hecho de ser gobernados por la mitad más uno. Los métodos de cultivo del arroz están íntimamente relacionadas con concepciones animísticas en las que los dioses controlan las fuerzas elementales de la naturaleza, y ello junto a la creencia de que virtualmente todo contienen una vida-fuerza o “alma” que es lo que impulsa la existencia de todos los seres.

Atravesar estos países día tras día le asume a uno de alguna certeza que no es fácil explicar. Por una parte esa concomitancia con el movimiento general de la evolución de otras comunidades animales, otros seres; por otra las aportaciones específicas que se derivan de una organización social milenaria, sea ésta política, técnica o religiosa; es decir la historia de la Asia actual. Y en este panorama algunos aspectos de la realidad actual que asaltan a cualquier viajero que visite estos países y que se hace tan difícil de conjugar, de entender. Dos ejemplos: la fuerza con que está arraigada en la India la división de la sociedad en castas, y que tiene sus raíces en los primeros tiempos del hinduismo, más de dos mil años atrás. Algo que consideramos tan vejatorio en occidente y constituyó siempre la base de la organización social de este país. Hoy, la discriminación por este motivo es técnicamente ilegal, está expresamente prohibido por las leyes; lo que no es impedimento para que dos personas con alto nivel de educación, un ingeniero y una periodista de distintas castas cuando se casan tengan que marcharse a vivir a Singapur. El otro ejemplo está sacado de la realidad de Sri Lanka. El pueblo tamil lleva viviendo en esta isla aproximadamente desde hace más de mil años; en la actualidad un veinte por ciento de la población, principalmente ubicada en el norte y en el este de la isla. A principios del siglo XIX, cuando los cingaleses, el otro ochenta por ciento, se negaron a trabajar para los ingleses, estos promovieron una importante inmigración de tamiles procedentes del sur de la india, una población más laboriosa que aquella otra cingalesa. En la actualidad, los conflictos que arrojan un número de muertos superior a setenta mil, se siguen sucediendo; y es que tras la independencia los cingaleses, cerriles ellos como tantos de nuestros compatriotas en relación a los vascos y catalanes, quisieron privar a aquellos de su lengua y sus derechos políticos. Consecuencias: el surgimiento de los Tigers Tamil que defienden su derecho de autonomía, y tras ellos, un movimiento ultraderechista, el JVP (Ejército de Liberación Popular), que considera todo intento de llegar a un acuerdo con los tamiles como un acto de traición. En consecuencia el JVP descalabra el suministro energético del sur de la isla como elemento de presión, y mata a políticos del actual partido en el poder, mientras que los Tigers Tamil emboscan al ejército.
Viajar hace inevitable ese intento de analizar y sintetizar lo que uno ve. Hoy, la visión de esos dos enormes enjambres que colgaban sobre nuestras cabezas en el arquitrabe de un templo budista me llevó a éstas consideraciones.

Mis disculpas por lo que pueda tener esto de meterse en camisas de once varas o en un terreno que puede corresponder al antropólogo social.